De un certero bocado, le arrebató el pincel de rímel, de un manotazo, le giró la cara golpeándosela contra el espejo, luego, mientras las otras la sujetaban sobre el húmedo suelo del baño, le garabateó la piel, ya que la dignidad hace tiempo que se la fundieron a negro.
No soportó más aquellos silencios estruendosos de sus profesores, ni aquellas miradas ciegas de sus compañeros, nadie oía, nadie veía. Se levantó, por última vez, asida a aquella botella, mantuvo fija su mirada en ellas,
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