poema
Había una vez un circo
en el que, quien más y quien menos
fingía ser quien no era.
Unos se vestían de payaso
para camuflar las penas,
otros se sentían domadores
aunque no fueran capaces
ni de domarse a sí mismos.
Otros eran trapecistas
acostumbrados a caer sobre las redes.
Un circo cuya carpa sigue en pie
y donde todos los días hay función;
y hay sonrisas, frases hechas,
la vida expuesta en mil fragmentos,
secuenciada...
Cada uno interpretando un personaje,
un alter ego.
Queriendo ser, tal vez, mejor de lo que somos,
o tal vez menos...
Sale el mago al escenario
y saca de su chistera
un corazón abierto a la esperanza.
Y no parece darse cuenta, mas yo sí,
de la tristeza que asoma por su espalda.
Y el faquir, que no se quema con el fuego
¿por qué le teme entonces a las llamas?
¿Cómo vive cada uno
cuando la función se acaba?
Cuando, a solas, sin miradas complacientes
nos quitamos el disfraz
y desnudamos el alma...
Pido un aplauso para todos,
por el empeño en acoplarnos otros rostros,
por querer mantener ocultos los deseos
que a menudo proyectamos,
por alimentar las fieras...
Y por las veces
que confundimos esperanza con ceguera,
y tropezamos.
Sólo un buen equilibrista
comprenderá de qué hablo.
Yo no juzgo, ni te juzgo, ni me juzgo,
más bien lo acepto
porque conozco la debilidad humana
desde hace ya mucho tiempo...
Lorena Bonillo, 2020
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0