La infancia se mide por los sonidos, olores y vistas, antes de las horas oscuras en que la razón crece. -John Betjeman.
El oscuro atardecer ya pintaba todo el horizonte de la ciudad, una ciudad que nos aborrecía. Lo único que nos cuidaba cada noche era la Luna, oh grandiosa Luna. Nos arropaba cada noche con su luz brillante. El frío nos empujaba a buscar cobijo debajo de alguna escalera o de algún puente. Al fin y al cabo nadie se apiadaba de nosotros. Ni siquiera nuestra propia gente humana, que decía tener corazón.
Creative Commons Attribution-NoDerivatives 4.0