Sabía que mi estancia en mi ciudad natal, ya no sería eterna, por eso aprovechaba cada momento. Y en ello, mi mamá, ocupaba gran parte de mi tiempo. Como cuando pequeño, siempre que tuve la oportunidad de regresar, la ayudaba en las preparaciones de la cocina y hasta la acompañaba a hacer mercado. Aprovechaba también, para encontrarme y compartir tiempo con mis amigos del colegio. Por esos días, Rubén buscaba cualquier pretexto para estar en la casa y hacerme un mar de preguntas, sobre la vida y el paisaje mismo de la capital.
Era consciente también, de que no podía ser ajeno al imperioso correr de la realidad. En aquellos tres meses en los que estuve de vacaciones, supe que siempre tendría que ser así. Disfrutar cada minuto, cada situación y reír siempre. En mis adentros quería que toda esa realidad, fuera diferente. Permanecer en mi casa y dejar que el tiempo se encargara de mi destino; pero también sabía que si quería hacer realidad mi sueño, tenía que someterme a un par de vueltas más de la vida y a la vez sonreírle al tiempo.
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