Traté de varias formas, pero jamás pude lograr que Elena sintiera siquiera una pizca de agrado por Marcos. Salieron en repetidas oportunidades, pero ella, siempre que llegaba al juzgado, repetía la misma frase: No soporto a ese bibliotecario. Marcos, que creía tenía todas las de ganar y daba por hecho la conquista de Elena, me preguntaba hasta el cansancio cuáles eran las apreciaciones que ella tenía de él. Al principio oculté el verdadero sentimiento que Elena le profesaba, pero al ver que Marcos estaba haciéndose vanas ilusiones, tomé la decisión de decirle la verdad. Aproveché mi estancia en el viejo edificio central e invité a Marcos a un café en la cafetería más cercana, no sin antes recordarle a Eugenia que guardara mi espalda. Esa mañana vi a Marcos con una actitud muy diferente de la que acostumbraba a mostrar. Estaba más sonriente y se veía mucho más confiado no solo en su andar sino en la forma de expresarse. Caminaba con aire triunfante y aquello me producía una sensación de amargura, pues sabía que lo que iba a decirle, cambiaría de manera drástica su semblante.
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