De pie, con las manos sobre su pecho, mira hacia la lejanía, delante de ella, hacia el más allá. No hay nadie en el cementerio. Hasta los pájaros parecen haber huido de aquel lugar, y tan sólo sopla una ligera brisa, que juega con los bajos de su largo abrigo de tela oscura. Vagas sinuosidades que recorren el suelo en pequeños hoyos en el césped, y que circulan por el nublado cielo, en descansada comunión. Está allí, como cada año, por las mismas fechas, en el mismo lugar. Trata de aliviar su co
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