Barcelona, 1933. El Barrio Chino respira humo y tensión prerrevolucionaria. Entre la bruma gris de los adoquines y la miseria, estalla una bomba anarquista. El objetivo no es un banco ni un cuartel, sino una vespasiana: un sucio urinario público que, para el resto de la ciudad, es un foco de inmundicia, pero que para las Carolinas —un grupo de hombres que desafían el género con sedas raídas y maquillaje teatral— es su único templo, su refugio y su ágora.
Despojadas de su santuario, las Carolinas no huyen. En lugar de esconderse, deciden responder al terror con una performance de dignidad absoluta. Lideradas por su matriarca espiritual, organizan un solemne y surrealista cortejo fúnebre.
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