Dios, la Idea del Mundo, pensó cómo podía representarse en la realidad que conformaba la amalgama etérea de su existencia.
Así, primero nació el Vacío, con el fin de poder percibirse, pero este era tan denso como infinitas mareas de pliegues que se superponían entre sí.
Por tanto, para poder distinguirse, creó una singularidad en su centro, el Santo, que encandiló sus sentidos.
De la combinación de ambos, en la dimensión equidistante nación Eiyen, gracias a la cual por fin pudo contemplarse a sí mismo y sentenció: «esta es la idea de lo que soy y de, lo que seré a partir de ahora, lo decida mi fragmentación en infinidad de seres hasta que vuelvan a juntarse en Uno: el decaer y resurgir interminable de mi existencia».
Y entonces el ciclo vital tuvo lugar.
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