Amada, ya volví de las montañas extranjeras,
que subí sediento, en busca de la zarza ardiente
de la pasión y el sexo.
Sí, ya volví de las selvas amazónicas
en las que libé el néctar de todas las flores,
ya volví de los desiertos amarillos
donde casi morí de sed,
ya volví de las cuevas negras, llenas de murciélagos,
que me chupaban la sangre.
Ya volví, amada, pero no te encontré.
Te dije que me esperaras,
al borde del puerto de la esperanza,
sentada, oyendo el murmurar
de nuestros corazones
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