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10113 results found for tag:"prosa".
https://valentina-lujan.es/alicia/asiquesupongo.pdf Que nos quedaremos callados, que es lo que yo escribo porque es lo que yo creo. Pero, Lola, que no me explico cómo ha podido encontrar la llave del cajón que ella llama siempre el que no quiere usted que abra porque con las prisas porque iba esta mañana con la hora pegada se me pasó decirle dónde la escondí ― y que a ella le molesta, por cierto, que más de una vez me ha regañado y que si vuelve usted a hacerme eso se quedará sin buscar y allá usted, que no puedo yo andar perdiendo mi tiempo con sus tontadas ― me había dejado sobre la mesa escritorio una notita que encuentro al regresar del trabajo en la que, aparte de advertirme de que el pienso extrusionado se está terminando, me enmienda la plana y, con su inveterada caligrafía inglesa, me escribe: Supone usted que se quedarán callados ― quiere pensar, para no... Sergio Escalante
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http://valentina-lujan.es/alicia/capituloprimero.pdf Este primer capítulo de las Versaciones de un chupaplumas podría, una vez pasado a limpio y desbrozado el primer borrador de las versaciones antedichas, compuesto, el antedicho, por: Palabras 2.725 Caracteres (sin espacios) 12.141 Caracteres (con espacios) 14.919 (sin incluir cuadros de texto, ni notas al pie, ni notas al final) comenzar diciéndose que la puerta se cerró con lo que — si no fuera por temor a incurrir en la deslealtad hacia el lector de tratar de mediatizarlo haciéndole concebir la idea de una Sonia que, entendemos, no tenemos derecho ninguno a proporcionarle al objeto de no obstaculizar su propia elaboración del personaje — podríamos denominar el sigilo, la suavidad y el cuidado con que la señora de Ramírez (hijo), con sus guantes de terciopelo, cerró la puerta para no despertar al marido (anciano e inmensamente rico) tras haberle administrado un somnífero o quien sabe si no arsénico o cianuro antes de fugarse con su amante. Pero (como ya decimos una vez desbrozado el borrador), entendiendo que no tenemos derecho a mediatizar al lector haciéndole concebir la idea de que Sonia tenga una mente asesina, creemos (mi amigo y yo) que vamos a optar por, como Lola me indicase (a mí sólo) a instancias de que mi amigo me encargara pensar (y me encargó), algo de índole más intelectual y que nuestra conversación se centre en aspectos psicológicos, caracterológicos o incluso temperamentales de los personajes dando, todo ello, lugar a un argumento de menos acción, es verdad — reconoce, arrepentida tal vez, la misma Lola (no sé si inducida por mi amigo o por su cuenta) — y menos trepidante, pero de contenido más filosófico y, por tanto, también posiblemente de más calidad literaria con el que podamos (mi amigo y yo, solos a ser posible si nos las ingeniamos para evitar a mi madre), sin apasionamiento y muy serenamente, plasmar negro sobre blanco nuestros desacuerdos que, para decirlo con propiedad y no inducir a error, ella dice “sus desacuerdos”, y yo/nosotros no sé/sabemos, entonces, si se refiere a los desacuerdos entre mi amigo y yo o entre mi amigo y Lola (lo que me/nos lleva a entender, pero no quiero/queremos afirmar nada antes de consultar con mi amigo, que “ella” es mi madre) que, si no me he hecho yo un lío, son, me parece a mí, muy diferentes en sus planteamientos y en su manera de concebir qué o cómo es una obra literaria, o, por lo menos, qué o cómo es la obra literaria que a mí (o a mi amigo) personalmente me/le/nos gustaría escribir y escribiríamos si no me/nos sintiéramos bloqueados, atrapados en la duda, de si me/nos conviene más la acción, {como dice ella (¿madre?) que dice él}, o en la psicología, {como digo yo que dice ella (¿Lola?)}, aunque, para decir la verdad, yo/nosotros, sin la ayuda del uno (u otro), en un caso, o sin la del otro (otra/s, en este caso) no sé si voy/vamos a ser capaz/capaces de abordar ninguna de las opciones porque, como dice mi madre, a quién habré salido tan irresoluto y pusilánime y con tan poquísima iniciativa como para no darme cuenta de que ese par de dos, dice ella (aunque a mí me salen más, pero Lola, o mi amigo, me/nos recuerdan que estoy/estamos desbrozando) que, dice también (infiero que mi madre), parezco no darme cuenta y que a quién habré salido con tan poquita vista de que lo que quieren es utilizarme/utilizarnos como brazo/s ejecutor/es — mi madre a veces utiliza un lenguaje un tanto excesivo — de sus respectivos fines. Y nos hemos reunido, todos, aunque sin contar con el vecino barbilampiño de los zapatos de tacón color pistacho, ni con los japoneses ni la pareja de argentinos del museo, ni con el novio polaco de la fisioterapeuta, ni otros tantos otros/otras ya que, unos (así, en general y sin concretar géneros) no han podido asistir a la reunión por hallarse inmersos en sus propios asuntos o respectivas ocupaciones y, otros (también en genérico e igualmente sin género), por ser considerados no sabemos (todavía) si personajes secundarios (en primera instancia) o, directamente, meros figurantes del todo, y por completo (y por tanto) prescindibles. Continuará1 1Cuando nos pongamos de acuerdo en cómo empezar. * Apuntes para un primer borrador de lo que será el capítulo primero de unas versaciones que pasarán a la Historia, con mayúsculas, no como otras, bajo el título de Versaciones de un chupaplumas Sergio Escalante
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2308064990199
Dejar las cosas como estaban
08/06/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/alicia/quefupapondificiles.pdf que fue, para ponerlas más difíciles por si no lo estaban ya bastante, exactamente lo que hice retrocediendo, regresando como integrante de uno de los grupos al escaparate donde el niño leyera lo de la mariposa revoltosa (tres velocidades) mientras el señor Ramírez, en el otro, charlaba animadamente porque yo, al parecer, le había devuelto el habla y, ahora, abandonada la silla de ruedas y la mantita a cuadros con que Celedonia le cubriera amorosa durante tantos años las piernas inmóviles para que no se quedase frío, concertaba con mucho entusiasmo (con una de esas empresas de esas que creo se llaman de trekking) un viaje al Aconcagua en tanto que, Sonia, en la cocina, preparaba una tila para la fisioterapeuta que, no poco atribulada y no menos confusa, lloraba y reía alternativamente no sabiendo si tenía, ante la nueva situación, que llorar a moco tendido porque se quedaba sin trabajo, o de alegría ante la situación (nueva también) de que terminaba de recibir un WhatsApp de Cris, muy cariñoso, pidiéndole perdón e informándola de que había roto con la abogada y rogándole le devolviese el hueco que, nunca, hubiese querido él perder en su corazón. Versaciones Selección Cris
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2308064987441
Diecisiete meses y catorce días
08/06/2023
Un caballero vestido de frac
http://valentina-lujan.es/alicia/diecisietemesesicat.pdf que, dice mi madre porque cuando todo se le viene a uno abajo lo único a que puede recurrir, en lo único que puede refugiarse o encontrar apoyo es en la madre, debiera — tan bien traída la cosa y tan sin buscarla “que como caída del cielo” Manolita me lo ha puesto en bandeja — yo aprovechar para “darle un toque a ese amigo tuyo” y, añade, en tono despectivo, “el escritor” como si tuviera yo una legión de amigos y pudiera pensar que me está hablando del astronauta o el torero o el arqueólogo tan afamados, quizás, todos, pero amigos de otro más aventurero, más bohemio o esperanzado en un Dios proveerá que yo que, por no disgustarla, y a mi padre tampoco, no esperé a que proveyera tan centrada toda mi atención en aprenderme el temario de las oposiciones que, sí, las saqué, pero… ¿soy feliz? No tengo tiempo de pararme a analizarlo porque mi madre sigue dando instrucciones de “en cuanto le veas, díselo hazme caso tal y como te lo estoy diciendo que tú no tienes nada que a quién habrás salido de mano izquierda”, como quien no quiere la cosa… – Pero, don Sergio — Ramírez, pienso llevado de la costumbre; pero caigo en la cuenta de inmediato de que el que me llama así es Gutiérrez —, usted, dígase a sí mismo la verdad, que no va a enterarse nadie, ¿quiere la cosa o no la quiere? Continuará Versaciones
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2308064987076
Dice una de las tías de las de Solorzano
08/06/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/D/diecisietemesesicat.pdf que, dice una de las tías de las de Solorzano que le parece muchísimo para un niño que, echando cuentas, pudo nacer todo lo más en julio o agosto del año pasado que fue cuando a Cornelio el del sordo se le ocurrió la idea de hacer madre a Manolita cuando ella toda su ilusión la tenía puesta en estudiar idiomas y, en cuantito cumpliera los dieciocho, dar la vuelta al mundo y vivir muchas aventuras apasionantes y conocer a algún jeque riquísimo que se prendara de sus encantos y, tras decirle te voy a tener como una reina (que le hubiera gustado mucho a ella “si no hubiera sido por ese imbécil”, dijo, por el del sordo), se casara con ella y la llevase a vivir a uno de esos palacios que se ven en las películas. Él, Cornelio, que no quería ser tildado de imbécil, se defendió diciendo que como era su primera intervención y estaba todavía a prueba se había puesto nervioso por culpa de los nervios y se había equivocado sin querer queriendo decir Julianita que, el de esa sí, ya debía de tenerlos porque según contaba su suegra ya daba no sus primeros pasos sino los que calculaba ella tenían que ser qué menos que los segundos, porque vino la vecina de tres pisos más arriba con él en brazos y diciendo que se lo había encontrado delante de su puerta en el descansillo; y, por congraciarse con Manolita que lo miraba con su naricilla arremangada y cara de pocos amigos, que claro que sí, y que él no tenía ningún inconveniente en retractarse de lo dicho porque, si era verdad que de verdad se había puesto nervioso con la prueba, también lo era que era por su natural dubitativo e inseguro, pero que en realidad no tenía por qué estar preocupado porque su madre era cuñada de uno de los componentes más influyentes del jurado que hacía el casting y sabía por su hermana, es decir su mujer, que cómo iba a quedarse el chico sin el papel debiéndoles, como les debemos — había comentado con su esposa mientras desayunaban unos huevos con bacon (así, sin acento) porque le gustaban mucho como era inglés — las maravillosas vacaciones que pasamos cuando nos invitaron, acuérdate, a aquel crucero por el Adriático en su yate. La tía de Cornelio, es decir su esposa, hacía unos esfuerzos que agotada la dejaban por hacer memoria, pero todo lo que podía recordar era la colchoneta hinchable en la que se quedó dormida cuando, de todavía soltera y de pocos posibles, pasó quince días de vacaciones en tienda de campaña con unas amigas en el pantano de Entrevías. − Entrepeñas, María — la amonestaba él, sorbiendo su café porque por la mañana, le pasaba desde siempre, era incapaz de tragar bocado —, que siempre te confundes en eso. − Bueno — ella —, puede que tengas razón porque a lo mejor me haya dejado llevar por la rima; pero lo que no irás a negarme es que, acuérdate tú, me quemé viva y tuvieron que llevarme a urgencias. Y él que sí, que se acordaba perfectamente porque, como dio la casualidad que le había cambiado el turno un compañero que tenía que marcharse al entierro de su abuela, fue él quién la llevó en camilla a su habitación 213 en la segunda planta del hospital. Y que lo que son los designios del Altísimo. Y se terminó el café y salió pitando a la cafetería, a servir croisanes con mantequilla y mermelada y pulguillas de jamón a los clientes que, no conseguía entenderlo ni lograba acostumbrarse, cómo podrá la gente comer tanto. Decía. Pero que mejor que el hospital; que tanta enfermedad lo deprimía. Papeles Selección Cornelio el del sordo
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2307234881145
boceto para un retrato
07/23/2023
Aurora Losa
texto para el Vinaria 2023 en homenaje a Lola Flores.
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2304244129991
002. DIA DEL LIBRO INTERMEDIO 19042023
04/24/2023
Aurora Losa
Textos para lectura en evento Liber-art de música, danza, escultura y poesía 20042023 en Biblioteca Manuel Siurot de La Palma del Condado
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
2304244129984
003. DIA DEL LIBRO SALIDA 19042023
04/24/2023
Aurora Losa
Textos para lectura en evento Liber-art de música, danza, escultura y poesía 20042023 en Biblioteca Manuel Siurot de La Palma del Condado
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
2304184081472
Sábado tarde
04/18/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/T/trescopasde.pdf Tres copas de vino y un Amaretto. Andrea se ofrece a cruzarme la calle. No hace falta, nena, yo sola puedo. Sí hace falta. Vale. Tres copas de vino y un amaretto. Un cortado, sí; pero tres copas de vino. ¡Y un amaretto! Que sí, joder, que ya lo sé. Lo que no sé es si dormiré la mona o devolveré. Nueve menos diez suena el timbre. ¿De la mañana? ¿De la noche? Y yo qué sé. Gaspar, ven con mamá. Miau. Gato cabrón. Ráscame. Y, ¿ese ojete, de ese culo? Ráscame. Y, ¿esa cola tan enhiesta? Ráscame. Encantador, delicioso, egoísmo tan limpio y tan sincero de los gatos. Mamá, nunca serás escritora. Ya lo sé. Diez menos diez. Regresa Jerry. Mamá, mi cena. Nunca serás escritora. ¿Y a mí qué coño me importa? Quiéreme. 1 de abril de 2023
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2304184081441
Perros perdidos y mecánica cuántica
04/18/2023
Alicia Bermúdez Merino
http://valentina-lujan.es/P/perrosperdidos.pdf Recibo con frecuencia en mi correo noticias como la de Vera, o la de Hada, y yo las copio y las pego en el Facebook, o las pego en mi blog o en mi web en la esperanza de que alguien las vea y ese alguien a su vez las pegue donde se le ocurra y se termine enterando el mayor número de personas posibles, y los perros perdidos aparezcan y vuelvan con sus dueños, a sus casas, que es donde quieren estar y lo que ellos entienden como su mundo. Digo "en la esperanza", pero la verdad es que tengo muy poca. Mi confianza en el ser humano es prácticamente nula. Pienso que la mayoría de las personas son egoístas, desalmadas incluso, y que sólo se preocupan de sus intereses. Así que pienso que la única posibilidad que los animales tendrían de terminar con bien y felizmente su peripecia sería que yo, nadie más que yo, los encontrase y les ayudara. No sé por qué esa manía de no creer nada más que en mi misma, y de no aceptar (desde la razón) que pueda existir alguien más que se tomase los desvelos que yo me tomaría. Leo, a todo esto — y de alguna forma algo tiene que ver — un libro de física que se titula La danza de los maestros de Wu Li, y encuentro en él cosas como que la mecánica cuántica se ocupa del comportamiento del grupo y que — copio literal —: "¿Qué es lo que describe la mecánica cuántica?" o dicho de otro modo: la mecánica cuántica nos describe el comportamiento colectivo y/o nos predice las probabilidades de comportamiento individual, pero ¿de qué? Lo que va en rojo es del libro, palabra por palabra. Sigo leyendo y aunque pregunta "¿de qué?" el autor se está refiriendo a partículas subatómicas, y a las probabilidades que hay de que dentro de un conjunto de partículas unos grupos se comporten de un modo y otros de otro modo. Y eso, por lo visto, se puede calcular (o, bueno, a lo mejor dice nada más "predecir", pero se puede); pero no se puede predecir cuál de los individuos de un grupo será el que va a actuar de una forma o de la otra... Pone un ejemplo de automóviles en un cruce; se puede predecir cuántos girarán a la izquierda y cuántos a la derecha, pero no se puede predecir cuál será el que haga lo uno o lo otro. Yo cambio entonces, en mi imaginación, las partículas subatómicas por personas; y en lugar de un cruce y coches me imagino al perro perdido y las personas que pasarán por su lado. Según el mismo cálculos de probabilidades por el que se rige la física cuántica parece evidente que habrá, entre todas las personas que pasen a su lado, una cantidad predecible de personas que se desviarán de su camino y harán a un lado sus propios intereses por ocuparse de él (de ella, en este caso, pues estoy pensando en Hada y en Vera) y otra cantidad de personas, también predecible, que pase de largo... Al amparo de esa teoría, que parece científica y constatada, quiero creer que — aunque yo no sepa cuántas personas van a pasar cerca de ellas ni sea tampoco capaz de calcular cuántas están dispuestas a ayudarla — el resultado del cálculo no puede ser cero. No puede ser cero en ningún caso. No es posible que el resultado de los cálculos sea ni que todos van a ayudarla ni que todos van a pasar de largo. Creo que lo he razonado bien, ¿no? Pues, bueno; a pesar de lo bien que lo he razonado y de que me creo que he entendido el planteamiento, en mi fuero interno sigo creyendo que no; que las personas son egoístas y que nadie se ocupará de ninguna de ellas, y que su fin tras vagar por las calles asustadas y hambrientas no será otro que el terminar atropelladas. Por eso, con todos mis respetos, no me sirve la ciencia, ni la mecánica cuántica, ni ningún aspecto del saber. Lo único que me sirve, y lo único que me importa, es el grado de bondad que haya dentro de cada ser humano. Y tengo la mala suerte y la fatalidad de creer que hay muy poca. 15 de enero de 2012 Etiqueta: Admistiquios Categoría: Prosa
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2304184081380
Para Antónimus
04/18/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/Q/quemedices.pdf Qué me dices qué me cuentas engarzadas en rosarios desgranados en la grana, roja sangre deslizada por venas por do transita la sabia virtud que enlaza en el ánimo abalorios de ignorancias que se ufanan entre perlas de saberes que humildes no se engalanan de altivez ni de soberbia y admiten, en su largueza, a su lado la quincalla. Qué te pasa, qué sucede, que no sé de qué te extrañas de que no quieran quererte los que de muy buena gana quisieran tal vez quererte decir por favor, ya basta, ya es suficiente el empeño de andar siempre a la que salta buscando por todas partes qué yugular se te tercia sin habérselo propuesto como objeto de tus uñas que se clavan como garras. Por qué esa amargura tuya, por qué esa tirria que emana de todas y cada una de las sarcásticas muestras de tu desdicha o tu ira prendidas de las palabras que deslizas sin cansarte, con denuedo y sin fijarte en que sería muy posible, de desear y agradable, el que resultara grato encontrarte y alegrarse al ir a dar en tus líneas el leerlas celebrando que te has dignado, por fin, ser un sujeto agradable. Por qué ese empeño tan tuyo, tan arraigado en tu trato, tan adusto, tan irónico, tan mordaz y tan sarcástico, tan caustico y corrosivo, tan virulento que tanto esfuerzo como se aplique a tratar de no irritarse, de transigir y de hacerse cargo de que existen modos muy diversos de expresarse, se estrella, se da de bruces, contra no sé qué que obstruye y obstaculiza y arrambla con toda la buena sombra que a la voluntad se zafa cuando se siente agredida por la tu muy tenaz saña. Por qué no probar, Antónimus, pues que nada va a perderse con tan sólo tener ganas de ganarse la partida que a cada quien se le encara invitándolo a ir dejando, de lado, o a la deriva, el engreimiento soberbio que si en las almas anida se hace dueño despiadado de qué pudiera ser vida destinada a mejor logro que incitar, sin ser preciso, a detestar sin motivo mayor que la antipatía a nadie que sin pereza en cuanto puede la lía. Nota aclaratoria: Con motivo del comentario de Antónimus del 30 de octubre de 2011 en https://www.aventurapensamiento.com/texto-3-7/ 30 de octubre de 2011
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2304174066618
Nécora o pasteles
04/17/2023
Alicia Bermúdez Merino
http://valentina-lujan.es/N/necoraop.pdf Era una tarde de verano y estábamos en Mugardos. Pasábamos unos días por aquella zona de Galicia y con frecuencia íbamos allí, a la caída de la tarde, incluso aunque no nos quedara demasiado cerca — nos movíamos mucho y la mayor parte de las veces sin haber establecido un rumbo, tirábamos por cualquier carretera y a alguna parte llegaríamos —, sólo por el capricho de tomar marisco. Han pasado no menos de treinta y cinco años, de manera que no sé imaginar cómo será en la actualidad el pueblo, pero, en mi recuerdo, sólo había un bar, un establecimiento pequeño y de aspecto bastante rústico en el que solíamos ser — quizá por la hora, intermedia, ni de comer ni de cenar — la única clientela. Debimos de aparcar un poco lejos — no sé por qué ya que por entonces no había tanto turismo, las carreteras de Galicia no eran de las mejores del mapa, y además ya estábamos en septiembre — y caminábamos, hablando, riéndonos, un tramo de acera… No habría sucedido si hubiésemos aparcado cerca. Nada sorprendente, ni pintoresco, ni especialmente digno de ser recordado; es tan sólo una anécdota que ha vuelto a mi memoria varias veces a lo largo del tiempo. Pocos metros antes del bar había una pastelería, muy cerca, casi al lado, y al pasar (siempre me ha gustado tanto el dulce) miré el escaparate. Debe de ser que alguno de los pasteles me resultó muy apetecible, y que hice el gesto de entrar, y pedirlo, y comérmelo. Ella, entonces, paró de lo que estaba diciendo para preguntar con algo de impaciencia, o sequedad, “¿quieres una nécora o quieres un pastel?”. Mis palabras no las recuerdo, pero sí que le contesté (juro que sin mosquearme y en tono perfectamente sereno) que no era incompatible; yo me comía el pastel en un momento, allí, de pie en la pastelería, y seguido nos metíamos en el bar y tomábamos la nécora, o lo que fuese, sentadas y conversando y riéndonos, como de costub… Me atajó bastante expeditiva replicando, con el grito en el cielo (que es una forma coloquial de decirlo, jamás gritaba y su voz era además muy pequeñita; costaba que la oyesen y cuando quería algo decía “pídelo tú”), que eso no era lógico y que cómo iba a tomar un pastel y de postre una nécora... Etiqueta: Armisticios Categoría: Prosa
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2304164065577
Extranjeros
04/16/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/E/extranjeros.pdf Es agosto y como ya no suelo leer en el metro ni en los autobuses porque tengo que estar cambiando de gafas cada vez que levanto la vista y termino por sentirme mareada, mi mirada, tras deambular un rato errática, fue a posarse distraída sobre una pareja de extranjeros. Eran de algún lugar de Suramérica, tal vez ecuatorianos, y su aspecto era el característico que tienen las personas que no nadan precisamente en la abundancia. Estaban sentados y hablaban entre sí no alto, mucho más bajo de lo que solemos hablar los españoles, pero sí animadamente; y se sonreían, la mujer gordezuela y con su brazo alrededor de los hombros del hombre que, bastante menos corpulento que ella, sostenía mientras conversaban un niñito de… no sé calcular edades de niños tan pequeños, pero tal vez cinco, o seis meses. Lo llevaban envuelto en una tela ligera, de color amarillo, no le veía por tanto la ropa y sí sólo la cara, medio cubierta la frente por una gorrita de visera que dejaba ver los ojos, la nariz, la boca, los mofletes… Todo ello con los rasgos inconfundibles de las gentes de aquellas latitudes. Y no pude evitar sentir, aunque en buena lógica no tendría por qué, una especie de congoja. Compasión, tal vez, y quizás sin razón, por ellos tan lejos de sus referencias y de sus afectos y de sus recuerdos; y tan condicionados, di en imaginar, por la privación de esa maravillosa irresponsabilidad que puede derrocharse a manos llenas cuando uno nada más ha de cuidarse de sí mismo. Quien sólo debe atenderse a sí mismo puede desentenderse de infinidad de servidumbres porque elige someterse o no, doblegarse y transigir ante las exigencias o imposiciones de otras gentes a cambio de un salario irrisorio o, porque puede, reírse del mundo y ser el único dueño de su propia hambre. Y compasión también por el pequeño, tan a expensas y tan en manos de padres tan maniatados por todo el cúmulo de aconteceres que los colocaron en su situación de desventaja, no ya sólo económica y social sino esencial en lo más íntimo ante el hecho, ineludible, de (algo tachado) Imaginé cuánto habrá de crecer esa criatura y por qué cantidad y variedad de experiencias habrá de transitar hasta llegar a ser adulto ― o adulta, si era una niña ― y tener un carácter, y una forma de entender la vida y de enjuiciar el mundo que será la que sus circunstancias le deparen y la que dé forma a su concepción de qué es dignidad, o respeto, y, desde esa concepción, cuáles de entre todos los ideales que el cada día le vaya brindando y moldeando en él ― o ella, ya digo ― serán los ideales nobles por los que merezca vivir y luchar en una tierra que, hay que admitirlo, siempre es hostil sea la que sea. Hostil no por maldad de sus gentes ― nosotros, los españoles, en este caso ― sino por lo muy poco que posibilita el hacer que se sienta ligado a ella por otro vínculo, otro arraigo que no sea el derivado del afán tan inmediato de la subsistencia. 22 de agosto de 2008 Etiqueta: Admistiquios Categoría: Prosa
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2304164063498
El perrillo negro de un jardín abandonado
04/16/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/E/elperrillonegro.pdf Negro, de tamaño mediano y pelo negro y rizado, con un collar rojo y un genio malísimo. Lo veía siempre cuando pasaba con Jerry. En lo que algún día fue una mansión, uno de esos chalets que hubo, y sigue habiendo, en esas calles tranquilas, sorprendentes un poco en pleno centro de Madrid, entre Velázquez y Serrano. En éste, donde yo lo veía, grande y tal vez abandonado ya que las ventanas se ven tapiadas y muchos de los ladrillos caídos o rotos, con un jardín grande que se atisba por encima del muro de piedra y la tela metálica que lo corona, él correteaba a lo largo de lo alto del muro, de un extremo al otro, pegando ladridos muy enérgicos a Jerry, que le respondía con no menos resolución. Su aspecto era bueno, saludable, se le veía bien alimentado, lo que me hacía pensar que ahí estaría viviendo alguien, que cuidaba el lugar, o gente sin hogar que se había metido ahí, y que él era suyo y ellos lo cuidaban. Hace cosa de un mes eché de menos los ladridos, y las carreras alocadas a lo largo del muro. Desde entonces, cuando he tenido a Jerry conmigo, he evitado pasear por ahí tratando de evitar el constatar que en efecto ya no está. Hace unos días que sí tengo a Jerry y, esta mañana, me he dicho “por qué no ir, que a lo mejor está, una sola vez que no lo has visto no es prueba de nada”. Y, sí, hemos ido, aun con la corazonada no sé por qué de que no lo vería. He querido imaginar que no pasa nada. Que las personas que estuvieran ahí se marcharon y lo llevaron con ellos. Pero, de cualquier modo, el “ya no” de sus ladridos, de sus carreras, de su energía y su mal genio y su viveza, me ha dejado, me deja, un no sé qué de vacío en la boca del estómago. Y pienso, sin saberlo evitar, cuántos pequeños retazos de la cotidianidad, de lo vivido y sentido cada día, aunque se sienta y se viva tan sólo al paso del “pasar”, van dejando muescas en el alma. Y qué grande y pesado resulta ese saco invisible que se lleva a la espalda cargado de innumerables “ya no”. 7 de diciembre de 2016 Etiqueta: Admistiquios Categoría: Prosa
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2304164063375
De ti, mi yo, a mí
04/16/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/P/porquemesigues.pdf ¿Por qué me sigues a todas partes? Vaya donde vaya siempre, eternamente estás ahí. ¿No te cansas? ¿No te aburres? ¿No encuentras insufrible y tedioso este peregrinar que te has impuesto? Si yo fuera tú no haría jamás algo tan... Seguiría, sí, pero no a ti. Iría tras alguien muy distinto. Detrás de alguien que no se pareciese a mí. Alguien que no me recordase a ti. Que no tuviera ni tus recuerdos ni mis olvidos. Que no soñara lo que yo sueño. Que no dijese lo que me cuentas. Que no me hablara con tu silencio. Que no gritase como tú callas. Que no riese cuando me enfado. Que no llorase cuando te ríes. Que no supiera que me conoces. Que no acertara que te persigo. Que se alejase cuando me miras. Que se acercara cuando... Pero, ¿qué importa, si me persigues? ¿Qué importa nada, si no te olvido? Si estás tan cerca, tan cerca siempre, que aunque me esfuerce no vas a oírme. 19 de diciembre de 2010 Etiqueta: Admistiquios Categoría: Prosa
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De la evolución
04/16/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/D/delaevolucion.pdf Dices que todas las especies animales tienen desarrolladas al máximo sus capacidades evolutivas ―‟la hormiga está al máximo de su evolución (o tal vez has dicho capacidad) hormiguil” ―, hacen en todo momento exactamente lo que deben hacer, sin equivocarse nunca. No van a evolucionar más. Todas las especies animales excepto el hombre; que tiene sí más capacidades que cualquier especie animal, pero capacidades que muchas son sólo potenciales, que están sin desarrollar. Lógicamente cabe preguntarse si las especies vegetales también, y, si la respuesta es que sí (y doy en suponer que lo es), la conclusión inevitable es que todo lo que existe y tiene vida, toda especie animal o vegetal ―de los minerales no has hablado (hoy)― tiene también cumplida su misión y saldada, por decirlo de algún modo, su responsabilidad hacia sí misma. Surge así la reflexión de que, si el sentido o el para qué de toda vida es evolucionar, para qué existen todas esas especies cuando ya no hay nada que puedan hacer que vaya a revertir en su propia utilidad o beneficio; ni en beneficio o utilidad de cualquier otra especie que no los necesita porque también está en su máximo. En términos puramente prácticos entiendo que sí, que la gacela es útil para el león porque va a alimentarse de ella, y que el león es útil para la gacela que se alimentara de los vegetales a que dé lugar el abono generado por el proceso digestivo del león que se comió a su hermana. Pero en términos más, se me ocurre “cósmicos”, no parece que se necesiten para nada unas especies a las otras. Y sin embargo existen, y, si todo cuanto existe tiene como fin último la evolución, se me cuaja a mí en mi cabeza que el destinatario de los paraqués de sus respectivo existires sólo puede ser el ser humano. Vamos, que (entiendo) la relación que el ser humano establezca con la Naturaleza será determinante para su evolución. A todo esto surge, en mi pensamiento y como si mi pensamiento fuera un cuadro aún sin pintar, una pizarra negra esperando que alguien dibuje algo, en una esquinita (la esquinita superior derecha, por concretar) un punto rojo, bastante grande y muy llamativo, que genera en mi mente la frase “propiedades emergentes”, tal vez porque Miguel la mencionó en algún momento y, cuando averigüé qué eran esas propiedades, me parecieron algo muy interesante y que daban explicación a muchos de los sentimientos y comportamientos de las personas. No tengo sensación sin embargo de que la relación del Hombre con la Naturaleza vaya hoy por hoy más allá de intereses meramente utilitaristas ―como el típico y tan repetido por los que se llaman ecologistas “tenemos que cuidar el planeta porque qué mundo si no heredarán nuestros hijos”―; o de valoraciones estéticas como “qué paisaje ―o qué perro, o qué gato, o qué guacamayo ―tan bonito”; o de la satisfacción de caprichos o carencias afectivas como “una mascota hace mucha compañía”; o, y en el mejor de los casos, el encomiable desde luego de tantas personas como se declaran “amantes de los animales” y, sí, se desviven por ellos. Pero, si algún sentido tiene (y que no sé si lo tiene) ese “propiedades emergentes” manifestado en forma de punto rojo en una esquinita de mi pizarra negra, me digo que desde que el mundo echó a rodar ya tenían tiempo las tales propiedades (sean las que sean) de haber emergido, y no parece sin embargo que lo hayan hecho. Llego a la conclusión, por tanto, de que la Naturaleza nos está enviando algún tipo de mensaje que nuestros sentidos no están entendiendo. Y que sólo se hará entendible cuando nuestra relación con ella sea muy otra y muy distinta de todas cuantas hasta ahora hemos acertado a establecer. Y de que esa relación desconocida con la Naturaleza cambiará radicalmente el sentido de nuestras vidas. Y nos abrirá unas puertas que jamás hemos pensado que hubiese que abrir porque ni nos hemos percatado de qué puertas. De todas maneras, y si pienso que voy a saber más o menos pasarlo a palabras sin tener que utilizar demasiadas ni hacerme un lío al exponerlo, te lo plantearé en la próxima ocasión que se tercie, y sólo cuando se tercie. 21 de septiembre de 2018 Etiqueta: Admistiquios Categoría: Prosa
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https://valentina-lujan.es/G/Aprender.pdf miércoles, octubre 23, 1963 Aprender Mi madre me decía con frecuencia cuando yo era niña que tenía que aprender a echarme el alma a la espalda. Nunca le pregunté qué significaba esa frase exactamente. Pero a veces, muchos años después, me viene a la memoria y pienso que, si aún la tuviera, le preguntaría “Mamá, ¿crees que aprendí aquello que me dijiste tantas veces siendo niña?”. No sé, Afrodita. Si también a ti te decía tu madre algo parecido y si te viene a la memoria alguna vez. Ah. Te vi el otro día y, no quisiera molestarte en caso de que, como yo, no sepas si has aprendido o no, pero estás engordando. Publicado por camila en 02:14:29 PM Etiqueta: Admistiquios Categoría: Prosa
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De amor y de entropía
04/16/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/D/deamorydentrop.pdf Hubiera, por qué no, podido muy bien asaltarme hallándome ocupada en cambiar el agua a los gladiolos, (que no tenía), del jarrón chino de la dinastía Ming (que tampoco poseo) colocado sobre la cómoda Luis XV (que no es mí cómoda) del salón azul (que haberlo lo habrá, pero en mi casa no está). Pero, por las razones que fuere ― o, bueno, “que fuere”; que qué ‟que fuere” cuando las hay, y bastante determinantes por cierto, en los hecho que vengo de enumerar consistentes (como he dicho) en que ni tenía gladiolos, ni jarrón chino, ni cómoda Luis XV (o de cualquier otro número) ni salón azul ―, hubo de conformarse, o ingeniárselas, para asaltarme cuando, de pie yo en la cocina, apoyada en la encimera, me acercaba a los labios un vaso normal, de cristal corriente, comprado en un chino (de los de sin Ming), que contenía el zumo de dos naranjas que terminaba de exprimir. Debía, considero ahora, al escribirlo, de ser una pregunta voluntariosa u obstinada que con tal de encontrar un resquicio por donde colarse se avino a renunciar a lujo o a glamur; o quizás, y que también puede ser, muy humilde (sencilla), o apañadita ella, de recursos, de esas que con cualquier cosita se las arreglan para salirse con la suya y plantearse aunque sea (y como fue el caso) con la zapatilla a rastras y la legaña aún puesta; y que por eso me asaltó en momento y gesto tan de la vida cotidiana como son los que acompañan al beberse por la mañana (legaña y zapatilla a tono) un zumo de naranja. Que me lo estaba llevando a los labios, recuerdo, y (ella) que qué si (por las razones que fuese) el vaso se me cayese de las manos y fuera a estrellarse contra el suelo. Y que si (que es a lo que ella iba, y que la vi venir), si no fuera por causa de la ley de la Naturaleza que se llama Entropía y que consiste en que todo en ella (la Naturaleza) tiende a y busca el desorden, el vaso no se rompería al estrellarse contra el suelo y el zumo no se desparramaría. Me contesté, o bueno, a ella, que no; que si no fuese por la ley de la Entropía tal cosa no sucedería ―aunque ello conllevase, pero qué le vamos a hacer, hay en tantas cosas daños colaterales, la ruina tanto para los comerciantes chinos como para los fabricantes de cristalerías ―, y que el vaso saldría incólume y el zumo indemne. Aunque sé que se lo dije utilizando palabras, digamos, menos cursis; pero grosso modo y en líneas generales ese fue el meollo de lo que muy bien hubiera podido quedarse en lo que viene llamándose un corto diálogo. La cosa, empero y sin embargo, se lió y complicó de tal manera que terminamos departiendo largo y tendido ―bebido ya el zumo y ella persiguiéndome mientras hacía mis abluciones y mi cama, y nos quitábamos la respectivas legañas, y me vestía (yo) y caminaba a la parada del autobús, y me subía, y luego me bajaba, y… ― acerca de si ocurrirá igual que con el vaso y el zumo con todas las cosas de la vida como, por ejemplo (y no sé si la ocurrencia fue suya o fue mía), la amistad y el amor; y de si se romperían porque, llevados de la tendencia al desorden que rige en la Naturaleza, amor y amistad buscan zafarse del orden que les impone el ser vínculo excluyente de cualquier otro ser que no sea el ser objeto de amistad o el ser amado. Y de si, por la misma ley que no permite que el cubito que se volvió charco de agua al derretirse vuelva naturalmente a ser cubito, ni amor ni amistad pueden volver a su ser, ni a sus seres amados que les dieron su forma y que los contuvieron o albergaron, ni a ser ya nunca más el amor o la amistad que algún día fueron. 18 de octubre de 2018 Etiqueta: Admistiquios Categoría: Prosa
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Ayúdame
04/16/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/U/ungatillonegro.pdf Había venido el hombre a cambiar el telefonillo y, mientras, miré sin buscar nada en concreto hacia la ventana. Al otro lado de la glorieta, en el centro de la calzada, sobre el adoquinado — debe de ser la única calle de Madrid que continúa siendo de adoquines, de los de antes, y no asfaltada — algo negro, o muy oscuro, que no podía distinguir. Probé con los prismáticos, y con el objetivo de la cámara fotográfica, pero seguía viendo una mancha a la que no podía dar forma. Y vino un hombre joven que hablaba con el hombre del telefonillo y le dije usted debe de tener buena vista puede hacerme un favor. Y le dije que mirase y dijo es un gato atropellado y dos que dan vueltas a su alrededor. Le pedí que se asegurase con los prismáticos de si se movía o no, y dijo no se mueve está muerto y, el otro hombre, terminó con el telefonillo y todo esto puede usted tirarlo. Gracias. Y se marchó. Me calcé los zapatos y cogí las llaves y bajé en el ascensor pidiendo ayúdame, ayúdame por favor y, al menos, los otros dos dejarán de dar vueltas, y en peligro también ellos, a su alrededor. Y rodeé con las piernas temblando esa media glorieta que me juré hace más de tres años no volver a caminar por ella nunca, que ni al Vips me acerco. El color de la tarde plomiza de otoño y un ambiente calmo, como adormecido y en sordina, me trajo a la memoria el tiempo en que la glorieta y todo lo demás era distinto. Y pensé otra vez la calle de los gatos después de tanto tiempo ayúdame y si está vivo lo cogeré e iré donde Carlos. Ayúdame. Pero estaba muerto, era negro y no tendría más de cuatro o cinco meses y estaba muerto; y volvió la perplejidad de ver fuera lo que tendría si se cumpliera la ley de Dios que estar dentro del cuerpo. Y ya no podía llevarlo a Carlos y tampoco podía dejarlo allí en el centro de la calzada aunque él ni aun habiendo estado vivo lo supiera. Y lo cogí y lo coloqué en el hueco de un árbol, allí, sobre la tierra, lejos de una patada ocasional que nadie fuera a darle ni con crueldad ni con indiferencia. Nadie le iba a hacer un daño que ya no iba a sentir y además nadie toca a los animales muertos. Y regresé no entendiendo una vez más el porqué de la elaboración tan cuidadosa en que la Naturaleza se esmera creando cada órgano y cada instinto de cada ser vivo tan en consonancia con el fin al que está destinado; ni el para qué de un proceso de gestación que ni se equivoca ni se detiene hasta ser, exactamente, lo que le corresponde para, cuando ya es, ver su razón de ser y sin razón truncada. Y me dije a pesar de lo que te juraste has podido, aunque no te lo creyeses, volver a la calle de los gatos. Cuando volví había una llamada que esperaba en el teléfono; debió de sonar, por la hora, cuando bajaba en el ascensor pidiendo ayúdame. 28 de septiembre de 2011 Etiqueta: Admistiquios Categoría: Prosa
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