Fue una droga lo que desató El Desastre. La catinona sintética o, como normalmente le llamaban: «sales de baño», causaba alucinaciones en la gente, suprimía el dolor, les daba fuerza sobrehumana y liberaba sus ansias de sangre. Toda la brutalidad guardada en lo más profundo del inconsciente humano.
Nadie sabe en qué momento exacto nació ni por qué lo crearon. Los rumores dicen que algún cerebrito brillante pensó que sería una buena idea tomar los efectos de la catinona sintética e intentar imitarlos para concebir una "enfermedad", un virus, un arma que, en las manos indicadas, tenía el potencial para conquistar el mundo.
Pero las cosas en estos casos nunca terminan bien y lo sabemos. Dicen que una cadena farmacéutica se hizo cargo clandestinamente de la elaboración de este virus y comenzó a experimentar. Una pipeta se rompió y...
Ya todos conocen cómo termina la historia. La mitad de la humanidad sucumbe ante el virus, el virus muta y se hace altamente contagioso.
¿La otra mitad?
La otra mitad está en estos momentos luchando por sobrevivir. Y no sé cómo, pero yo soy parte de esa mitad. Peleando contra los muertos que andan, corren y comen, luchando contra los cazadores e incluso contra mí mismo, todos los días, teniendo que soportar este peso que me destroza la conciencia, este dolor, esta agonía.
¿Por qué? Simple, porque se lo prometí a mi hermano el día en que le mordieron y le vi desaparecer entre mis brazos.
«Debí haber sido yo, no él»
Estaba solo en este mundo colapsado. Solo, hasta que le encontré en medio del caos. A él y a esos profundos, insondables y aterradores ojos oscuros. Negros, como una noche sin estrellas.
Bienvenidos sean a La Ciudad de los Muertos.
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