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10113 results found for tag:"prosa".
2308135056120
¡Vaya chapuza!
08/13/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/R/Chapuza%20vers.pdf – ¿Chapuza? Porque me he armado de valor y le he enseñado, por fin, y un poco más optimista gracias a los ánimos que el señor Ramírez me ha infundido, mis pequeños progresos. – ¡Pero si es la verdad! Y nos enzarzamos en una discusión tal vez acalorada planteándonos qué es la verdad; cuánto o a quién importa la verdad; cuáles son los valores estratégicos o artísticos de la verdad; hasta dónde se puede llegar esgrimiendo tales o cuales verdades… No logramos llegar a un acuerdo y nos disponemos a separamos, un poco cabizbajos. Ya hemos terminado el último sorbo de las consumiciones y estamos recogiendo las pocas cosas que hemos puesto hoy sobre la mesa. Él dice entonces “¡Joder, no tengas tanta prisa! Anda, tómate otra”. Y bebemos en silencio sin que suceda nada, sin que ninguno de los dos encontremos la palabra mágica que logre romper el hielo hasta que, transcurridas un par de horas , se acerca la camarera y me dice que lo siente, pero que es hora de cerrar. Yo lo lamento; no que sea hora de cerrar ― porque la verdad es que me duele bastante la cabeza y entiendo que me vendrá bien irme a casa y, atendiendo a los consejos de mi madre, tomarme una aspirina y meterme en la cama ― sino porque, estratégicamente, o artísticamente, me habría venido mejor que dijera cualquier otra cosa que me diese pie a entablar conversación, más cuando el local había estado toda la tarde prácticamente vacío , y preguntarle “¿a usted que le parece?”. Ella, entonces y a muy poquita buena voluntad que le echase, habría podido aportar su punto de vista y darme su opinión sobre si me haría más juego que la chapuza fuese el cielo y el infierno ― que no estaría siendo ningún disparate porque, eso era cierto, me había salido algo torcido ― o el hecho, intrascendente tal vez, de sacar a relucir la edad del chico, tan espabilado pero y qué, o la circunstancia obviable en un principio de que el abuelo fuese mudo o yo fuera huérfano. Luego, ya en la calle, me vino a la cabeza que en lo concerniente al tema de la verdad y tantas consideraciones en torno a ella como pudieran hacerse no habíamos entrado; y estuve por regresar. Pero no regresé. Y aquí vuelve a asaltarme la duda porque no sé si lo hice ― o no lo hice, o si sería más adecuado desistí ― porque ella había echado ya el cierre, o porque era una mujer francamente antipática, o porque ya tenía yo bastante emborronados los papeles y bastante ensombrecido el ánimo a causa de la mudez — tan irreflexiva e innecesaria y que tan culpable me hacía sentir — del pobre señor Ramírez como para seguir enredando. Continuará… (Escribí) … “y que sea lo que Dios quiera”. Me dije, resignado a mi triste suerte. Pero ya fuese porque Dios no tuviera a bien intervenir o porque se desencadenara una guerra o una tormenta, o porque sufriera yo uno de... ---- por entonces pensé que lo hacía nada más por asustarme y como en broma ― la de papeles que tiene que emborronar un escritor que medio se precie”. Pero tuvo que esperar cuatro meses porque, cuando volvió — le contó a su amigo —, una chica que había muy mona pero tan nueva que le temblaban mucho las bandejas y le dio cortedad involucrarla en tanto lío como él se traía, le dijo que la suya, su camarera de siempre, había tenido un niño y estaba de baja por maternidad. Circunstancia, por cierto, que le vino lo suficientemente mal como para que su ánimo, ya bastante ensombrecido etcétera ― del que su amigo, quizá porque leyera por encima o deprisa, podía caber la posibilidad de que no se hubiera percatado pero también la de que le importase un rábano ―, se oscureciese más (si cabía) y pudiera, así, ser una posibilidad más entre las posibilidades a tener en cuenta para entregarse no tenía él ni medio claro todavía si a una tragedia o a un sainete. Firmado: Nosotras, las palabras
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2308135053952
Le importase un rábano
08/13/2023
Lola
https://valentina-lujan.es/alicia/oleimportaseunrab.pdf muy torticeramente interpretado por parte de usted bajo los efectos de la confusión en que se hallaba sumido, porque luego su amigo lo sacó del error explicándole que, muy por el contrario, lo llenaba de alborozo y de unas jamás anteriormente sospechadas esperanzas porque, dijo, eso les podía estar abriendo de forma providencial una puerta para, al amparo de una prosa un tanto preciosista o, si lo prefería usted, recargada o incluso barroca al estilo como si dijéramos dieciochesco francés, adentrarlos en un mundo de oscuros nubarrones cerniéndose sobre aguas embravecidas rompiendo contra abruptos acantilados de Bretaña o Normandía o, estirándose un poco consultando un atlas o folletos de esos que dan en las agencias de viajes, de algún paraje solitario de las tierras altas de Escocia como debían de serlo, seguro, le parecía a él, los alrededores de Inverness, o de Thurso o de Wick para, desde ahí, hacer una incursión en la tan para ambos novedosa y nunca antes intentada novela negra. – Pero es que yo ― le expuso usted ―, con el desasosiego que me traigo con el asunto del papel para el pingüino del padre de Ramírez, no creo que pueda concentrarme en algo tan… – ¡Olvídate del viejo y del pingüino! Pero usted le contestó que no podía. – ¿No? ― Y que qué lástima con lo divertido, lo emocionante, el subidón de adrenalina que podía ser un asesinato en una noche ventosa y sin luna. Además, agregó, se lo tenía prometido a Celedonia, que le hacía muchísima ilusión; y que no quería por nada del mundo fallarle. ‒ No me fallarás ― le dijo ― si tienes la suficiente sangre fría como para planearlo bien. Y que no es que quisiera meterle prisa pero que se lo fuese pensando; que así, en caliente y sin dar demasiadas largas, todo saldría mejor. ‒ Pero… ‒ Déjate de peros. Además ― le prometió ― él le ayudaría y “estaremos juntos en esto”. Pero, bueno. Es sólo una idea; una especie de borrador un poco apresurado porque esta mañana ando yo muy liada sacando brillo a la plata y, como comprenderá, entre tantos candelabros y cubiertos y bandejas como usted almacena, no tengo tiempo de dejarle algo más elaborado; así que, como lo he escrito, ya le digo, sin poner todo el esmero del mundo y sin mucho entusiasmo porque tengo la mente en mis quehaceres, no me molestará que usted no lo tome en cuenta y siga con lo de la maternidad a su manera o, porque entiendo que tirar de nueve meses de embarazo y un parto puede ser complicado para usted o darle pereza, no mencione el asunto y cambie la baja por la de un accidente laboral, por ejemplo, que la tuvo postrada en cama justo los cuatro meses que usted que usted necesita — para no tener que echar otras cuentas ni hacer tachones — porque, regresando del trabajo una noche a muy altas horas, un chaval desde un coche le dio un tirón del bolso y le rompió la pelvis. Que si tampoco le gusta puede cambiarlo por cualquier otra cosa que, a usted, o a su madre o a Ramírez, pueda venirles mejor. Y ahora voy a seguir con lo mío y, cuando termine — ya le he comentado que tengo la mañana muy liada —, subiré al piso de arriba a limpiar las arañas de Murano del comedor y a dar cera al piso de la biblioteca. Versaciones
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2308135053778
O le importase un rábano
08/13/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/O/oleimportas.pdf muy torticeramente interpretado por mi parte “bajo los efectos” ― minimizó, empero y quizás por suavizar ― “de la confusión de que eras presa” porque luego me sacó del error explicándome que, muy por el contrario, lo llenaba de alborozo y de unas jamás anteriormente sospechadas esperanzas porque, dijo, eso me podía estar abriendo de forma providencial una puerta para, al amparo de una prosa un tanto preciosista o hasta ― si me apetecía ― recargada o incluso barroca al estilo como si dijéramos dieciochesco francés, adentrarnos en un mundo de oscuros nubarrones cerniéndose sobre aguas embravecidas rompiendo contra abruptos acantilados de Bretaña o Normandía o, estirándonos un poco consultando un atlas o folletos de esos que dan en las agencias de viajes, de algún paraje solitario de las tierras altas de Escocia como deben de serlo, seguro, los alrededores de Inverness, o de Thurso o de Wick para, desde ahí, hacer una incursión en (resumiendo dijo) la novela negra. – Pero es que yo ― le expuse ―, con el desasosiego que me traigo con el asunto del padre de Ramírez, no creo que pueda concentrarme en algo tan… – ¡Olvídate del padre de Ramírez! – No puedo. – ¿No? – No. – Y ¿se puede saber, si es que me perdonas que sea tan indiscreto, qué tiene de especial el padre de Ramírez para que no puedas olvidarte de él? – ¿No te he hablado, acaso o por ventura, de la papiroflexia? – ¡Sí, sí; y del papel de envolver! Pero, eso… – ¿Envolver? – ¡Envolver, sí, diantre ― creo que se está impacientando ―; blanco y negro! – ¿Bacalao? – ¡No; de envolver! ― Y debe de ser que porque él mismo nota que se está enfadando trata de calmarse; y resopla, y se mete los dedos entre el pelo y dando, acto seguido, un palmetazo en la mesa, se arma de paciencia hasta los dientes y me dice ―: Mira, voy a explicártelo: papel para envolver para regalo que te regaló, muy gentilmente, una chica de la mesa de al lado. – ¿A mí? – En tus propias palabras. – ¿Seguro? – Exactas o… ― moderándose porque, me parece, se empieza a calmar ― muy aproximadamente; por lo menos. Yo no me doy mucha cuenta de qué me está contando, pero aprovechando que se empieza a calmar aprovecho para eludir el escollo que tan cuesta arriba se me hace de las tierras altas y centrarme, que es lo que me preocupa, en el señor Ramírez padr… versaciones
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2308135053495
Entre las explicaciones posibles
08/13/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/entrelasxpicposi.pdf Esas que todos estamos seguros de tener guardadas – dice, extendiéndose en unas consideraciones pseudofilosóficas que maldita la falta que me estaban haciendo – por si se presenta un por si acaso que luego, a la hora de la verdad, hay que reconocerlo, si comparece es a deshora o fuera de contexto. Porque los por si acasos no son, le parece a mi amigo, dice Lola pegando el botón de una camisa sentada junto a la ventana y lamentándose de que en esta casa no haya un dedal, aunque ella no está del todo de acuerdo porque, opina, ser un poquito previsor no está de más y, así, ahora, no se terminará seguro pinchando y yo, como todos los hombres, me marearé cuando vea en su dedo una gota de sangre; y que el que guarda halla, y que encontrar explicaciones olvidadas da casi tanta, o más, alegría que, al abrir un bolso que lleva un par de temporadas sin usarse, un billete de, qué me diría ella — dice, qué le diría yo, terminado de pegar el botón sin haberse pinchado —, ignorando, como ignora, dice, en qué momento de la historia reciente tengo yo pensado ubicar mi relato, si me van a hacer más avío mil pesetas o cincuenta euros. – Pues el caso es, Lola — le digo — que estaba yo pensando, a ver a usted qué le parece, trasladar la acción a algún lugar lejano; un país remoto, con otras gentes de costumbres muy distintas de las nuestras, que hablen otras lenguas, y coman otras cosas, y adoren a otros dioses. – Yo como de todo, y donde fueres haz lo que vieres. Pero me acabo de dar cuenta de que falta otro botón, y quiero pegárselo mañana sin falta, pero a lo que yo no estoy dispuesta es a… Y que si vamos, resumiendo, a Sentinel del Norte aunque sea sólo por poner un ejemplo, me documente, esta misma noche, mientras los anuncios cuando miro la tele, de cómo se escribe mercería en sentinelés para que podamos acercarnos y decirles que queremos, por favor, un dedal y, ya puestos, una bobina de hilo blanco de La Hilandera, que se nos está terminando. Versaciones
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2308135053280
Intenté sí sobre la marcha
08/13/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/alicia/intentesisobre.pdf y así se lo confié a mi amigo, paseando, por el Retiro, una tarde que nos vimos porque – recuerdo – le telefoneé angustiado y confuso diciendo necesito verte, tienes que ayudarme y él respondió con un lacónico no sé si podré. – ¿Y mañana? — pregunté. – Me parece que tampoco — respondió. Así que, concluyó, para qué dar largas. Y que nos veíamos esa misma tarde si es lo que yo quería. Así que nos vimos, sí; y después de pasear y de contarme que ahora (entonces) había conocido a una chica no demasiado mona pero sí muy simpática y que estaba bastante ilusionado — que por eso no podía mañana porque a ella le gustaba mucho la pintura y habían quedado después de comer para ir juntos al museo del prado — cuando nos sentamos en una terraza y quiso conocer los motivos por los que me sentía angustiado y confuso porque, dijo, tu ya sabes, no hará falta que te lo repita, tan amigos como somos de toda la vida, yo podía contar con él para todo lo que necesitase, menos, y que eso tampoco haría falta que me lo repitiera porque ya lo habíamos acordado en nuestra primera cita y figuraba en el contrato que firmamos en el Coffe&Shop la tarde de la lluvia, en algo o en nada que tuviese que ver con la literatura ni con las preocupaciones o sinsabores que esta pudiera causarme. – Pero, ¿de qué me estás hablando? — exclamé — ¡Yo no recuerdo en absoluto que firmásemos ningún contrato! – Pues, ¿para que otra cosa estoy yo aquí sino para recordártelo? Porque, añadió, lo que no hacía falta que me recordase no sé pondría, jamás en la vida, pesado ni machacón repitiéndomelo; pero, para lo que si fuera necesario que me recordase, podía contar con él siempre que lo necesitara, a cualquier hora del día o de la noche, con entera libertad y sin el menor problema. Y, poniéndose de pie, que ahora (entonces) tenía que marcharse porque tenía el coche en el taller y debía recogerlo antes de que cerrasen. – Pero si ni conduces — le contesté —, ni tienes coche. – Y, por qué, vamos a ver, no tengo yo que tener un coche. – Pues, no sé, imagino que porque no se habrá terciado. – Pues si no se ha terciado, y que será porque te dispersas mucho y no estás a lo que tienes que estar, que se tercie. Y que un coche, rojo, grande, de los buenos, no puede ser tan difícil para una persona tan creativa como yo. – Pero, es que — yo, no voy a negar que algo titubeante —, yo… – No me vengas con peros ni esques — y me soltó un palmetazo en el hombro, muy relajado y sonriente — que yo sé muy bien que tú puedes. Y, volviéndose a sentar cigarrillo en ristre y pidiendo otra ronda de cervezas, que ¿y sabes qué?, dijo, ya no tenía prisa porque he pensado que me apetece más con chofer. Pero que, ahora (entonces) que caía, para con chofer iba a quedar más elegante en negro, o granate muy oscuro. Y que qué me parecía un Roll Royce, por ejemplo. Versaciones
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2308105018554
Dile al viento que
08/10/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/D/dilealvientoque.pdf Dile al viento que se pare1 que no sople y que se calle2 en los oídos de los niños3 y en las bocas de sus padres4; de sus padres de sus madres5 sus abuelos y quién sabe6 si algún amigo lejano7 de la suegra de un viandante8 o cercano de un sobrino9 de un pariente navegante10. Díselo díselo al viento11 que no silbe y que se pare12 que se calle y que no sople13 secretos en los oídos14 de los torpes tontos necios15 insensatos y mendaces16 que no saben y no quieren17 dar los pasos que los lleven18 a ser algún día más listos19 más buenos y más audaces20 y a aprender la voz del viento21 y a sentirlo y a escucharle22. Díselo díselo al viento23 dile al viento y a su padre24 el Dios que todo lo envuelve25 y la madre que lo pare26 lo detenga y no lo deje27 de su mano desviarse28 lejos del soplo divino29 que divinamente yace30 tan tranquilo y tan sereno31 en el silencio que pace32 sobre los campos abiertos33 las montañas y los mares34. Díselo díselo al viento35 y que se lleve de calle36 por atajos y veredas37 oscuros e intransitables38 la insensatez insolente39 que se mece y que subyace40 adormecida y perpleja41 asombrada e insondable42 entre las sombras sedientas43 de vientos que las arrasen44 y liberen las candelas45 que velan por alumbrarles46. 24 de febrero de 2012 Rap
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2308105017854
Caminando por la arena
08/10/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/C/caminandoporlarena.pdf Caminando por la arena1 de la playa de Marbella2 vi llorar a una sirena3 que cantaba a las inmensas4 soledades de las densas5 profundidades que aterran6 al que con temor contempla7 la oscuridad con que acechan8 las pupilas de las gélidas9 estrellas que se embelesan10 en la enormidad que encierra11 la eternidad siempre alerta12 a envolver sin darse tregua13 el pasado y lo que venga14 de la vida y sus torpezas15 los pesares y las penas16 de las almas que se entregan17 a liviandades y afrentas18 ignorando que tan necias19 tan vacuas y tan sedientas20 las lágrimas derramadas21 deslizándose serenas22 por mejillas de mujeres23 hombres niños y cornejas24 impiden la verdadera25 visión que no desalienta26 y aguarda ser descubierta27 y a brillar con mayor brillo28 que la más brillante estrella29. Y en la densidad etérea30 de su llanto la sirena31 derramaba la tristeza32 que corriendo por sus venas33 amenazaba envolverla34 en las redes de la inercia35 que destierra y que condena36 a la luz de las estrellas37 que brillando con sus gélidas38 pupilas que nos contemplan39 alientan a ir tras las huellas40 de promesas irredentas41 que se niegan a la cruenta42 ignominiosa insolencia43 de las gentes de la Tierra44 y quizás de otros planetas45 que se obstinan y se obcecan46 en mil pequeñas miserias47 que empeñan y que amedrentan48 la mirada del que observa49 con los ojos empañados50 por desidias y tibiezas51 el devenir del que espera52 hombre mujer o corneja53 o niño que verá un día54 cuál es la acertada senda55 titilando en el destello56 de la luz de las estrellas57. 8 de noviembre de 2015 Rap
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2308105016543
Yo te conocía
08/10/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/Y/yoteconocia.pdf Yo te conocía. Querías llevar el pelo suelto Y aborrecías los calcetines blancos. Querías ser mayor Y llevar el pelo corto Y calzar zapatos de tacón muy alto. Yo te conocía. Querías estar siempre en otra parte Y soñar sueños que nunca soñabas. Querías querer tener esperanza En que llegara un tiempo que borrase el pasado Y que al mirar atrás no hubiese nada. Yo te conocía Cuando querías ser mayor Cuando querías llevar el pelo corto Cuando querías zapatos de tacón muy alto Cuando querías soñar sueños distintos Cuando querías creer que había esperanza. Yo te conocía… … pero te he olvidado. 09/12/2009 Country
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2308105016376
Oh mi pequeño Sánchez
08/10/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/O/ohmipequenosanchez.pdf Oh, mi pequeño Sánchez de mirada tan triste y orejas largas. De orejas largas, Sánchez, y tu mirada, tu mirada tan triste que se me clava, en las noches de invierno, allá en el alma, donde duermen los sueños que tú soñabas en tu mundo canino y despertabas roncándome en la oreja cada mañana. Oh, mi pequeño Sánchez de mirada tan triste y tus manchas blancas. Tus manchas blancas, Sánchez, y tu mirada, y la mañana triste, sin esperanza, en que se fue la vida que se llevaba un trozo de mi historia y de las mañanas en que con tus ronquidos me despertaba. Country
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http://valentina-lujan.es/alicia/elmenornin.pdf que organizó, por cierto, una buena escandalera antes de partir negándose a separarse aunque fuese nada más un ratito del abuelo, con el que tan encariñado estaba. Se consideró entonces la posibilidad de que fuera el mayor quien nos acompañase ― en la señora Ramírez madre, tan atenta siempre a sus obligaciones y hora que estaba siendo ya casi de preparar la merienda a su esposo, no había ni que pensar ―, pero hubo que desistir porque el chico había perdido tanto tiempo con la traducción de las explicaciones del abuelo, primero, y luego traduciéndole a él todo cuanto había ido diciendo la vecina, que iba enormemente retrasado con sus deberes y no quedó más alternativa que la de que fuese él (el pequeño) con los padres para que, así , los grupos quedaran igualados y por doble partida, encima; porque además de quedar equilibrados tres y tres había, en ambos, dos adultos y un niño de manera que, cuando luego se echaran las cuentas de cuánto había retrocedido un grupo y cuanto había dejado las cosas como estaban el otro, el resultado fuese que las fuerzas habían estado niveladas. ―――――― Desde que tenemos cocinera no deja Lola de hacerme sugerencias. A veces sus versiones no son sustancialmente muy diferentes de las mías; pero les da tal vez otra perspectiva, ve las cosas con otro criterio, y a mí me falta en muchas ocasiones la objetividad necesaria para discernir si me sería más conveniente quedarme ― para cuando lo ponga todo en limpio ― con su forma de hacer o con la mía. A veces hago una especie de refrito, entre lo suyo y lo mío; pero hoy, no sé, estoy cansado.; así que me quedo con sus papeles y con los míos y ya decidiré qué hacer en otro momento. Versaciones
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http://valentina-lujan.es/T/tocuanhabi.pdf Con la dificultad añadida, además, de que al tratarse definitivamente de la de abajo (y no de la de al lado que, por cierto, había sido hasta hacía no más de un par de años una señora poco agraciada y un tanto taciturna pero “de un tiempo a esta parte”, me explicó la señora de Ramírez madre en voz baja y tono recatado, venía siendo un señor algo barbilampiño, sí, pero bastante más afable que antes de la operación), la tacita de harina y el bizcocho quedaban suprimidos para ser remplazados por el vestido de organdí desteñido de rojo de la niña y… he ahí el problema, el maldito “centrifugado” que el chiquillo no hallaba forma ― y eso que estamos hablando del mayor, con su inteligencia tan despierta y habituado como estaba a expresar con sus pequeñas manos conceptos tan complejos como “disparatados” ― de trasmitir al abuelo ni aun de forma muy somera (y por más que la vecina se aviniese a restar algo del dramatismo que en verdad tuvo el percance, habida cuenta de que la propia damnificada consintió en pasar por alto el agravante de que la prenda causante del desaguisado era ni más ni menos que un edredón, “¡con lo que eso chorrea!”) o reducida, en el mejor de los casos, a la mínima expresión que, en su extrema pequeñez, aun con la buena voluntad del muchacho y poniendo la máquina al máximo de revoluciones no habría servido ni para centrifugar un pañuelito del moco con el que, al menos, enjugar las lágrimas de la fisioterapeuta, afligida y consternada ante la perspectiva de dejar de prestar un servicio tan humanitario como lucrativo porque, aunque en negro y sin IVA, los Ramírez le pagaban muy bien y en los meses de agosto la llevaban de vacaciones a Villajoyosa si bien, y aunque nunca se quejó, le habría hecho más ilusión la Riviera francesa o, por lo menos, Ipanema o, como le gustaban mucho los mojitos, Varadero. Versaciones Felipe
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2308095014048
El menor de los niños
08/09/2023
Lola
https://valentina-lujan.es/alicia/elmenordelos.pdf que organizó, por cierto, una buena escandalera antes de partir negándose a separarse aunque fuese nada más un ratito del abuelo, con el que tan encariñado estaba. Se consideró entonces la posibilidad de que fuera el mayor quien nos acompañase ― en la señora Ramírez madre, tan atenta siempre a sus obligaciones y hora que estaba siendo ya casi de preparar la merienda a su esposo, no había ni que pensar ―, pero hubo que desistir porque el chico había perdido tanto tiempo con la traducción de las explicaciones del abuelo, primero, y luego traduciéndole a él todo cuanto había ido diciendo la vecina, que iba enormemente retrasado con sus deberes y no quedó más alternativa que la de que fuese él (el pequeño) con los padres para que, así , los grupos quedaran igualados y por doble partida, encima; porque además de quedar equilibrados tres y tres había, en ambos, dos adultos y un niño de manera que, cuando luego se echaran las cuentas de cuánto había retrocedido un grupo y cuanto había dejado las cosas como estaban el otro, el resultado fuese que las fuerzas habían estado niveladas. --- Y aunque a lo mejor se habría podido evitar si, como usted bien dice, que eso lo dice bien, hubiera usted sido un tipo con más recursos o por lo menos más seguro de usted mismo y capaz de, con sus propios medios y valiéndose tan sólo de sus dotes de improvisación, urdir una historia con que mantener ya que no en ascuas puesto que el tema no podía — según usted, que siempre se las has apañado y perdone que se lo diga para eludir la molestia de buscar las vueltas a las dificultades — pese a sus denodados esfuerzos por sentirse optimista — y perdóneme otra vez que vuelva a decírselo pero es que es la pura verdad, que usted habrá hecho esfuerzos denodados en la vida, que no voy a negarlo yo, pero ninguno por sentirse optimista, reconózcalo — dar para tanto sí por lo menos entretenido a su amigo mientras lo estuviese leyendo de manera que, una vez un poco desorientado él, confundido entre la realidad suya y la ficción de usted, perdida la noción de dónde exactamente estaba la línea divisoria del tiempo y del espacio suyos y los que le mostraba usted, se viera (otra vez él) inducido a considerar que si había algo que no terminaba de resultarle... ... Lo siento, pero aquí tuve que dejarlo porque debió de hacerme efecto el Alka Seltzer y al sentárseme el estómago me relajé, y como ya más tranquila me fui adormilando y las ideas se me fueron oscureciendo no tuve la cabeza ya para seguir y me metí por fin en la cama. Así que no sé si le habré servido de mucho. Cuando quiera algo más déjeme los papeles en el cajón de siempre. Y la llave en el sitio habitual, no haga experimentos porque si la encuentro en otra parte no sé si es para mí ni qué tengo que hacer. Versaciones, Lola
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https://valentina-lujan.es/alicia/conocimientoalguno.pdf de cualquier acontecimiento doloroso del pasado, que es lo que tú elegiste siempre cuando, en tu desmedido afán de protagonismo y con ese deseo enfermizo de querer ser el propio único Dios y la propia criatura única de aquel mundo tan tuyo y tan absurdo, tirabas con una desfachatez apabullante por la calle de en medio y te dejabas a la gente — y no ya a la directamente implicada en lo que no quisieras recordar, sino a cualquiera que cometiese la torpeza de estar “allí”, por azar o tan sólo de paso y sin conocimiento alguno de… — sin pasado, o sin familia, o sin historia, o sin de nada y, si por algún incomprensible error de su azaroso destino, alguien tenía de algo ya te las ingeniabas tú para arrebatárselo o hacérselo olvidar o, caso de tener algún futuro, tranquilamente y sin la menor piedad truncárselo. Nota: Perdone por lo del tuteo, pero me he debido de dejar llevar, por un impulso meramente literario porque por qué otra cosa podría ser — y es que ya le tengo dicho que a mí todo esto me sobrepasa, que me está quitando la vida y el sueño, que no sirvo yo para mirar las cosas con distancia y lo mejor va a ser, que ya se lo he dicho con el permiso de usted (aunque aún no se lo he pedido, recuérdemelo con uno de esos papelitos amarillos en la nevera) María de los Dolores márchate y no vuelvas más, y que yo me volveré a ocupar de las comidas, (que es por lo que le digo que si pega el papelito en la nevera lo volveré a ver, pero si no no) —, imbuida del temperamento maternal de la suya, de su madre, con la que he soñado por efecto posiblemente de la resaca por lo del Alka Seltzer, que me causa siempre muchas pesadillas. Ah, y que perdón por lo del tuteo, pero que estaba muy nerviosa o muy cansada o las dos cosas. Versaciones, Lola
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2308095013744
Todo cuanto había ido diciendo la vecina
08/09/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/tocuanhabi.pdf Con la dificultad añadida, además, de que al tratarse definitivamente de la de abajo, la tacita de harina y el bizcocho quedaban suprimidos para ser remplazados por el vestido de organdí desteñido de rojo de la niña y… he ahí el problema, el maldito “centrifugado” que el chiquillo no hallaba forma ― y eso que estamos hablando del mayor, con su inteligencia tan despierta y habituado como estaba a expresar con sus pequeñas manos conceptos tan complejos como “disparatados” e, incluso, “abstrusos” o aun “subyacentes” ― de trasmitir al abuelo ni aun de forma muy somera (y por más que la vecina se aviniese a restar algo del dramatismo que en verdad tuvo el percance, habida cuenta de que la propia damnificada consintió en pasar por alto el agravante de que la prenda causante del desaguisado era ni más ni menos que un edredón, “¡con lo que eso chorrea!”) o reducida, en el mejor de los casos, a la mínima expresión que, en su extrema pequeñez, aun con la buena voluntad del muchacho y poniendo la máquina al máximo de revoluciones no habría servido ni para centrifugar un pañuelito del moco con el que, al menos, enjugar las lágrimas de la fisioterapeuta cuando, afligida y consternada ante la perspectiva de dejar de prestar un servicio tan humanitario como el que venía realizando con su trabajo de proporcionar una mejor calidad de vida al anciano, se echó a llorar a lágrima viva protestando, con voz entrecortada “porque es una profesión que requiere muchísima abnegación, ¿o se han creído ustedes que atender a viejos decrépitos y latosos es moco de pavo, eh?; para que venga a resultar que todo ha sido tan sólo una farsa”. – No ha sido una farsa — tratando, con su natural afable Ramírez, de serenarla preguntándole si quería un terrón de azúcar o dos en la tila —, no ha sido una farsa sino un cúmulo de circunstancias sumamente lamentables… – ¿“Lamentables”? — Su madre —, ¿se puede calificar de “circunstancias lamentables” el que tu padre, tanto como ha padecido, pobrecito mío, y yo con él, esté ahora mismo hecho una rosa? – No, mamá, si eso sí. A lo que me estoy refiriendo es a todo este desafortunado peregrinar para el que nos metió en canción doña Isidora; que para al remate no encontrar a la chica no nos habría hecho falta ninguna andar toda la noche por ahí, pateando calles. – Una chica — Sonia — que visto lo visto lo mismo hasta ni jamás existió; y yo, como una tonta, que tentada estuve de dejarme embaucar, queriendo hacerme creer que, si era yo, tan mona… – ¿Tú? — Su marido. – Sí, yo. – ¿Y cuándo fue eso? – Oh, “¿cuándo fue eso?”. Me acuerdo perfectamente; una tarde que andaba yo de limpieza, con los guantes de goma… – Pues entonces — Ramírez — debería acordarme yo también. – Pero como nunca te fijas, ni atiendes, ni me haces caso… – Vamos, vamos — el señor barbilampiño que fuese alguna vez vecina de al lado, aunque bastante más afable , que hoy había venido no a pedir harina sino a devolver unos zapatos de tacón color pistacho — no discutan por algo que ya pasó y que no fue, en realidad y en definitiva, más que una trastada de críos… –… hecha — intervino con voz potente y paseando a grandes zancadas por la pequeña estancia el señor Ramírez padre —, por añadidura, con la mejor de las intenciones. – Sí, claro — en un tonillo reticente la abuela, que ya se sabe que no bebía precisamente los vientos por el chico mayor —; una intención buenísima. Y, al menor — que se presentó en pijama a pedir un vaso de agua y, una vez allí, con todos nosotros hablando a la vez, llevado él de la costumbre que adoptan tantos hermanos pequeños de imitar a sus hermanos mayores se puso a hacer muecas y jerigonzas con sus manitas para hacer la traducción al abuelo —, le alborotó con mimo el remolino de la coronilla y lo conminó con dulzura a “pero deja eso, mi cielo, ¿no ves que ya no hace falta?”. Y, como para sí doña Celedonia y en tono contristado, que había que ver qué lástima con tantas aptitudes como se le veían al niño y lo que prosperaba, que podía de mayor haber hecho de ese lenguaje su profesión y colocarse en el congreso de los diputados, a traducir desde ese cuadradito que sale en la esquina de abajo en los televisores las discusiones de los parlamentarios. Sergio Escalante
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https://valentina-lujan.es/alicia/conalguayud.pdf si bien, y en honor a la verdad, no me sentía obligado a deberle por ello gratitud alguna ya que esta, la mía, “mi Sonia”, se estaba aprovechando muy poco del temperamento dulce y sereno que, a juzgar por el esbozo muy en esquema que me proporcionara en el Cofee & Shop la tarde lluviosa de nuestro reencuentro, adornase a una moribunda que, por otra parte — y no es que pretenda yo poner paños calientes a mi posible deslealtad, pero entiendo que se debe ser realista —, qué arrestos, ni qué energías, ni qué capacidad de soltar exabrupto ninguno, cabría esperar de quien está exhalando su último suspiro. No me fue posible el dejar de considerar, sin embargo y tan pronto cruzó por mi mente — o, siendo más preciso, “tan pronto tuve consciencia de que cruzaba por mi mente”, porque tal vez había cruzado más veces pero yo, embebecido en mis quehaceres, no supe darme cuenta — la idea de que Sonia era exclusivamente mía, que ella, Sonia, bien podía estar siendo en cierto modo hija de su Camelia y que, como sucede en la realidad con los hijos biológicos, tan distintos tantas veces de los padres y que hacen exclamar “¡no sé a quién puede haber salido!”, en Sonia, en sus genes, en la esencia más ínfima y remota de su ser, tenía que estar habiendo un algo de aquella criatura que mi amigo — desesperanzado de poder llegar a algo con ella porque cada vez que le intentaba meter mano se le escapaba de… pues, eso exactamente, de las manos — me encomendase para ver si con mi mediación era posible (que recuerdo palabra por palabra la frase “¿Y no te has parado un momento a pensar cómo te sentirías de orgulloso si con tu buena industria sentara la cabeza?”, y es por lo que acepté ) meterla en cintura y sacarla adelante. Versaciones
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2308085007326
¡Vaya chapuza!
08/08/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/chapuzavers.pdf – ¿Chapuza? – dice. Porque me he armado de valor y le he enseñado, por fin, y un poco más optimista gracias a los ánimos que el señor Ramírez me ha infundido, mis pequeños progresos. – ¡Pero si es la verdad! – digo. Y nos enzarzamos en una discusión tal vez acalorada planteándonos qué es la verdad; cuánto o a quién importa la verdad; cuáles son los valores estratégicos o artísticos de la verdad; hasta dónde se puede llegar esgrimiendo tales o cuales verdades… No logramos llegar a un acuerdo y nos disponemos a separamos, un poco cabizbajos. Ya hemos terminado el último sorbo de las consumiciones y estamos recogiendo las pocas cosas que hemos puesto hoy sobre la mesa. Él dice entonces “¡Joder, no tengas tanta prisa! Anda, tómate otra”. Y bebemos en silencio sin que suceda nada, sin que ninguno de los dos encontremos la palabra mágica que logre romper el hielo hasta que, transcurridas un par de horas , se acerca la camarera y me dice que lo siente, pero que es hora de cerrar. Yo lo lamento; no que sea hora de cerrar ― porque la verdad es que me duele bastante la cabeza y entiendo que me vendrá bien irme a casa y, atendiendo a los consejos de mi madre, tomarme una aspirina y meterme en la cama ― sino porque, estratégicamente, o artísticamente, me habría venido mejor que dijera cualquier otra cosa que me diese pie a entablar conversación, más cuando el local había estado toda la tarde prácticamente vacío , y preguntarle “¿a usted que le parece?”. Ella, entonces y a muy poquita buena voluntad que le echase, habría podido aportar su punto de vista y darme su opinión sobre si me haría más juego que la chapuza fuese el cielo y el infierno ― que no estaría siendo ningún disparate porque, eso era cierto, me había salido algo torcido ― o el hecho, intrascendente tal vez, de sacar a relucir la edad del chico, tan espabilado pero y qué, o la circunstancia obviable en un principio de que el abuelo fuese mudo o yo fuera huérfano. Luego, ya en la calle, me vino a la cabeza que en lo concerniente al tema de la verdad y tantas consideraciones en torno a ella como pudieran hacerse no habíamos entrado; y estuve por regresar para tratar de, si aún estaba a tiempo, arreglar las cosas. Pero no regresé. Y aquí vuelve a asaltarme la duda porque no sé si lo hice ― o no lo hice, o si sería más adecuado desistí ― porque ella había echado ya el cierre, o porque era una mujer francamente antipática, o porque ya tenía yo bastante emborronados los papeles y bastante ensombrecido el ánimo a causa de la mudez — tan irreflexiva e innecesaria y que tan culpable me hacía sentir — del pobre señor Ramírez como para seguir enredando o porque, desde lejos y habiendo echado ya el cierre, la escuche decir “espera un momento, por favor” y correr tras de mí para, apenas la pobre sin resuello, decirme ah, disculpe, que olvidé decírselo, su amigo telefoneó diciendo que hoy no podía venir pero que, añadió sonriendo y con voz de quien quiere hacerse perdonar, parecía que me había defendido bastante bien yo solo, y que no ha parado usted de escribir en toda la tarde. Y, tras una nueva sonrisa y un adiós, desanduvo lo andado y vi que entraba por la puerta derecha ― que alguien debió de abrirle desde dentro ― de un coche rojo, grande y muy bonito, que me llamó la atención porque me pareció muy lujoso para una camarera aunque ― pensé ―, eso no tendría por qué ser impedimento para que pudiese ella tener, quizás, un novio (o un amante) que gozara de una de esas economías que suelen denominarse saneadas. Y como sonrió ―y dos veces, además ―pensé que, en justicia, debería suprimir la posibilidad de que fuese una mujer francamente antipática. Continuará… (Escribí) … “y que sea lo que Dios quiera”. Me dije, resignado a mi triste suerte. Pero ya fuese porque Dios no tuviera a bien intervenir o porque se desencadenara una guerra o una tormenta, o porque sufriera yo uno de esos estúpidos accidentes domésticos que lo mantienen a uno alejado contra su voluntad de la vida cotidiana y del mundo en el que sabe desenvolverse, o porque ― puestos a desbarrar, porque cuando uno se ve arrancado de su realidad de forma tan brusca, violenta e inhumana como lo es un bombardeo su consciencia sufre alteraciones que resulta imposible predecir ni controlar ― y pese a lo mucho que Ramírez encomiase tanto las dotes culinarias de su joven esposa como lo enormemente amable y lo muy cordial que era viniese a resultar que la comida de aquel día consistiera en unas latas de judías con chorizo que envió a comprar la señora de Ramírez (madre) a uno de los chiquillos a la tienda de la esquina y la señora... Versaciones
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Caminos más convencionales
08/08/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/alicia/caminosmascon.pdf que fue, para ponerlas más difíciles por si no lo estaban ya bastante, exactamente lo que hice retrocediendo , regresando ― mientras el señor Ramírez tomaba la merienda que su esposa le sirvió en una bandejita ─ al Cofee & Shop de mis desdichas y tan infausto recuerdo donde creí, me pareció, verla con sus botas con vueltas de piel dejando, para ocasión más favorable que a saber (tan caprichosos como se muestran a veces los designios del destino) si alguna vez volviera a presentarse, el juego tan prometedor de los pequeños engaños o ― caso de que mi ego, mi indomeñable instinto creador se rebelase y eligiera, abandonando todo buen propósito de humildad y de prudencia, tirar por lo alto ― de las grandes falacias tan pésimamente expresadas por el “adorable querubín” de marras para intentar, con poquísimas ganas de andarme con contemplaciones ni prodigar sonrisas o requiebros, hacer las paces como quien se agarra a un clavo ardiendo con la camarera que tan poquito interés había mostrado en, con una frase sencilla y así como que de pasada mientras se hacía la entretenida simulando limpiar la mesa de al lado pese a que en verdad hasta yo me daba cuenta de que se empezaba a hacer tarde, echarme una mano. Y es que, o que me quite la razón si no — que siempre me ha parecido una frase ciertamente chocante, porque cómo puede nadie quitarte lo que no estás teniendo — cualquier lector versado en ficciones si es que yo no la tengo, un personaje secundario puede, muchas veces, hacer un papel del todo brillante e imprimir un giro de ciento ochenta grados (hay personas que dicen “trescientos sesenta”, pero que se fijen un poquito, por favor, y vean en qué posición se quedan) a los acontecimientos. Pero a esta camarera mía no parecía que le sedujera ser un personaje secundario; creo más bien que utilizaba su trabajo como anzuelo con la esperanza de que un día entrara en el local un tipo que la descubriese como actriz, o cantante o modelo. --- Porque una vez decidido a cambiar de rumbo me pareció que lo más inteligente iba a ser hacer borrón y cuenta nueva y volverme donde estaba. – “Será sólo un momento” — recuerdo que dijo esbozando una sonrisa tímida, como si se excusara; y, a él: Anda, tómatela. Tirando por lo bajo, porque escarmentado a fuerza de vicisitudes pretendiese yo costara lo que costase ser modesto.
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Aunque no sé muy bien cómo lo haré
08/08/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/aunquenose.pdf No lo sé. Porque, al marido, por ejemplo, sí; a Ramírez sí lo conozco un poco, o, si alguna vez me despisto porque ando con preocupaciones en la cabeza, no tengo más que bajar a la cafetería a eso de las nueve y veinticinco, y, allí, de pie en la barra, veré al individuo que desayuna porras y en el que no tuve la perspicacia de fijarme en el momento en que me hubiese resultado conveniente, y me diré a mí mismo ‟¡ah, claro, es que es el otro!”, y recordaré de inmediato que Ramírez es el del croissant, aunque sin tenedor ni cuchillo ni traje sino con su uniforme de subalterno que le confiere, con sus galones y sus botones dorados, ese aspecto de militar con mucha graduación, si bien, para no inducir a equívoco al lector y pueda pensar que es Ramírez persona de talante adusto o severo, he de aclarar que es un hombre muy cordial, o, recuérdese como prueba de ello, cómo me invitó a su casa, a comer, apenas él llegado para hacer la suplencia de Gutiérrez. Al marido sí, pero a los niños muy poco; y a los suegros no más aparte de lo de la papiroflexia del anciano y la simpatía de la abuela por el pequeño, mucho más que por el mayor, que salta a la vista. De los padres, si es que aún viven, y que es muy posible porque Sonia debe de andar por los treinta y cinco, no sé nada y, no, seguro, porque tenga ella algún interés en ocultarlo, que por qué habría de tenerlo, sino porque no se ha terciado nunca en las conversaciones el mencionarlos; y es lástima porque, de entre todas las posibilidades que mi amigo me ofrece, pienso que estos serían los que mejor, y con más fundamento, aportasen matices y aspectos de su yo. De amigos o compañeros de colegio no sé tampoco nada; y de enemigos, aunque no sé tampoco nada aunque, en este caso sí, cabe la posibilidad de que alguno tenga, o ‟alguna”, mejor dicho, porque el asunto del pelo mojado pudiera, sabiéndolo llevar (y si no sé mi madre podrá echarme una mano, como ve tantos seriales), dar mucho juego y mucho morbo, y eso suele enganchar mucho a los lectores, lectoras, mejor, que los hombres, además de leer menos, suelen preferir o bien ensayos o tratados sesudos (los intelectuales) o, los que solo buscan pasar el rato, las novelas de acción. Pero en de qué vaya a ser mi novela es algo en lo que todavía no nos hemos parado a considerarlo ni mi amigo ni yo; o, en realidad, mi amigo. Mi amigo que es, como si dijéramos, mi dios o mi creador. Pero, vamos, que, y centrándome en qué a mí me ocupa, no tengo ni medio claro a cuál de entre todos elegir ni, metidos (por ahondar más en la herida, que me tiene en un sinvivir) en el laberinto de la confusión en que me encuentro, quién es mi amigo, que tampoco eso lo sé, porque echando cuentas, y barajando fechas datos, y memorizando cómo estaban colocados los pupitres, y desde dónde llegaba la luz de la ventana, y a aquella señorita que no me acuerdo de cómo se llamaba de pelo tan lacio — y ojos bonitos, porque eran bonitos, de color, sí, bonito su color azul, y grandes, también, pero de azul desvaído que hacía que la mirada resultase apagada, mortecina —, no termina de encajarme que el chico gordito del que todos se reían fuese jamás mi amigo, y no porque fuese un poquito gordo, que a mí eso no me habría importado ya que, aunque lo traté poco, me caía muy bien porque siempre estaba de buen humor, sonriente como si no le importasen sus burlas (y que siempre pensé que de verdad no le importaban), y teniendo, siempre que la ocasión la requiriese, a flor de labios la frase ocurrente, aguda e incisiva pero jamás sarcástica o hiriente; pero que fuese amigo mío no termina de encajarme porque, como digo, al no concordar su presencia en mi recuerdo con la disposición de los pupitres, ni con desde qué ángulo entraba la luz por la ventana, ni con el pelo de la señorita de los ojos azules tan lacio, más me inclino a pensar que, aunque me habría gustado ser su amigo, estaría siendo mayor, o de otra clase, o el recuerdo de alguien que estuviera pensando en otra cosa y, éste, mi amigo de ahora con el que hablo y me pregunta, estuviese pensando, precisamente, que qué casualidad, en ese otro alguien a quien, como no conocí, podría por qué no tomarme la libertad de imaginar… Pero, como tampoco eso sé, no ya muy bien sino ni tan siquiera regular, cómo lo haré, corto en “imaginar” — con sus tres puntos suspensivos, que ahí están — en la esperanza de que otro día, si las musas se muestran favorables, estaré más creativo. Versaciones
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Atentar sin motivos probados
08/08/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/atentarsinmot.pdf contra la honorabilidad de Sonia; aunque a mi amigo no le confié este pequeño pormenor bien por no manchar la memoria de Camelia o, posibilidad que me entristecía sobremanera admitir, porque abordar la empresa de estructurar una historia coherente con su planteamiento, su nudo, su desenlace y su epílogo, se me antojase una tarea demasiado ardua, excesivamente laboriosa para alguien tan poco instruido como yo, que tendría, quién sabe, si que ponerme a estudiar psicología para dar a cada personaje su forma particular de ser sin que incurriese, el personaje, en contradicciones o conflictos consigo mismo que lo pondrían un poquito desquiciado cuando yo, tenía que reconocerlo y sigo reconociéndolo, he sido siempre poco aficionado al estudio y, además, nunca he conocido a personaje alguno desquiciado — porque mi madre, que podría servir, no cuenta porque cuando se leyese por encima del hombro se pondría hecha un basilisco y montaría un drama tremendo clamando y exclamando a los cuatro vientos que si soy un mal hijo desagradecido y que “si tu padre levantara la cabeza”, que la conozco — y no acertaría a dar con los comportamientos (que deberían de ser, entiendo, más bien disparatados) que aplicarle ni a encontrar los motivos lógicos, o sensatos, que dieran lugar a tales comportamientos. A esto último objetó Lola, cuando se lo comenté mientras se afanaba ella en hacer una maleta — y que se lo comenté, también, “no sé qué hace usted Lola haciendo una maleta”, a lo que, enfrascada como estaba en lo suyo, respondió “pues una maleta, ¿es que no lo ve?” —, que encontrar motivos sensatos o lógicos para comportamientos disparatados era del todo absurdo, o, si yo lo prefería, “una contradicción”, dijo, y que luego, mientras yo no estuviese y ella tuviese por lo tanto más tiempo que dedicar a revisar los escritos y hacerme las correcciones pertinentes, ya vería con calma qué y cómo quedaba mejor redactado y más literari… − Pero es que, Lola — le interrumpí, mirando con aprensión como colocaba en la maleta unas bermudas con barquitos y un anorak que saltaba a la vista que debía de abrigar mucho —, no entiendo eso de que cuando yo no esté; ni, puestos a abundar, el porqué de esa maleta tan… ¿puedo escribir “disparatada” otra vez, o queda demasiado cerca de los “disparatados” anteriores. − Escriba lo que quiera, que ya le he dicho que yo lo arreglaré. Y, sí, un poco disparatada puede que sea; pero es que yo ni conozco Australia ni sé cuánto tiempo va a estar usted allí; imagínese que está un año enter… − ¿Un año yo en Australia? − Pues claro. − Lola, debe usted de estar estresada, o algo, porque dice usted unas cosas… ¿No le convendría, tal vez, tomarse unas vacaciones y marcharse, un par de semanas, con su hermana a ese chalecito que tienen en la montaña? − No pretenda liarme — protestó, metiendo en la maleta una raqueta de tenis y una gorra, de esas que llevan los que montan a caballo —; sé perfectamente que no tengo ninguna hermana ni ningún chalecito en ninguna montaña. − Si a eso vamos — repliqué — también yo sé, y también perfectamente, que no sé jugar al tenis, y de montar a caballo ni hablem… − Ya — me cortó impaciente — pero yo soy una mujer sencilla, un poco ignorante si usted quiere y bastante poco viajada, la verdad… − Lola, por Dios, ¿cómo se le puede pasar por la cabeza ni por un instante que pueda yo querer que sea usted ignorante? − Pues aunque usted no quiera, lo soy y qué le vamos a hacer; pero también lo bastante previsora como para suponer que, a lo mejor, un cambio tan grande de vida puede inducirlo a un cambio de aficiones y de costumbres, así que, por eso… − ¿Qué cambio de vida? − En Australia. Y no me agote la paciencia que estoy muy atareada. − Y dale con Australia ¿Qué se me ha perdido a mí en Australia? − A usted nada, sí. Pero ella, pobrecita, sí que se perdería allí sola y con la cabeza tan…, pues, eso, perdida. − ¿Qué cabeza? ¿Quién es “ella”? − Celedonia. Acuérdese de que la perdió, al poco tiempo, creo recordar, de que el marido rompiese a hablar. − Ah, bueno; pero eso fue una ocurrencia puramente accidental, me había atascado, no sabía cómo seguir, y, por salir del paso… − Pues ella, pobre mujer, se lo tomó al pie de la letra y, allá que se va, sin rechistar siquiera. Debió de pensar que cómo desobedecer los designios de su creador. − ¿Su creador? ¿Yo el creador de Celedonia? − No pretenda sacudirse las pulgas, que decía mi padre, ni eludir su responsabilidad. El escritor es, siempre, el Dios creador de sus personajes y debe acompañarlos siempre, llevarlos de la mano, vayan donde vayan. Así que… Versaciones
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http://valentina-lujan.es/alicia/vercapiprime.pdf Este primer capítulo podría comenzar diciéndose cómo la puerta se cerró con lo que — si no fuera por temor a incurrir en la deslealtad hacia el lector de tratar de mediatizarlo haciéndole concebir la idea de una Lola que, entendemos, no tenemos derecho ninguno a proporcionarle al objeto de no obstaculizar su propia elaboración del personaje — cualquiera que la conociese hubiera denominado “la inveterada suavidad con que se cerraban las puertas cuando era Lola quien las cerraba” y que yo, que quizás por no haber hablado todavía con mi amigo de las indicaciones que dejando a medio limpiar el polvo del respaldo del sillón me diera bajo el argumento de que al no ser ella de la profesión aportarían un toque de originalidad a mi trabajo no me percaté del móvil, corrí a abrirla de nuevo para preguntarle qué apuntes eran esos; pero que como ella no estaba ya en el descansillo la cerré de nuevo y que, no queriendo echar a perder la mañana atascado por algo que debía de ser puramente anecdótico habida cuenta de que yo no había oído hablar de ese hombre en mi vida, coloqué un folio nuevo en la máquina y traté de aplicarme a zanjar, de una maldita vez si era posible, un viejo dejar las cosas como estaban que se empecinaba en resistírseme so pretexto de que, por alguna razón que ya no recordaba, estaban difíciles. Podríamos continuar con que empero o sin embargo y llevando escritos apenas cuatro renglones mi propósito inicial se vio abortado cuando hube de levantarme para acudir a contestar el teléfono y con que, si continuásemos — que no vamos a continuar porque estamos hablando de cómo pudieron ser las cosas que no fueron —, al enfilar el pasillo sonó también el timbre; y decir que dudé, recuerdo, a qué atender primero y que me decidí recuerdo también por la puerta aunque no llegué a abrirla porque en el suelo encontré un sobre pero al mirar por la mirilla no vi a nadie; y que retomé con él en la mano el camino hacia el teléfono y que, cuando contesté, ella, sin saludarme siquiera — pero entendiendo yo que no lo estaría considerando necesario puesto que sólo hacía unos minutos que se había marchado —, me espetó en tono muy vivo un escueto “¿lo ha encontrado?”. Hubiera yo sin el menor empacho podido responderle que sí pero que “pero”; y nos habríamos colocado, tanto ella como yo aunque cabiéndome el mérito de haber sido el que diera pie al desarrollo de los acontecimientos, frente a la situación — tan en exceso explotada por tantos escritores que ya no causa sensación a lector alguno por tan enteramente previsible — de mantener un diálogo completamente absurdo basado en la errónea interpretación que ella diese a mi “sí” dando por hecho que yo me estaba refiriendo al destornillador por el que en realidad ella me estaba preguntando y replicando, a su vez, que habida cuenta “de lo torpe, y perdone, que es usted para todo lo que tenga que ver con la tecnología” le parecía del todo prodigioso. Y que me felicitaba. Pero, ya digo, proceder de ese modo nos daría la sensación de estar echando mano de un cúmulo de lugares comunes; de modo que no vamos a hacerlo o, yo por lo menos, no voy a hacerlo (y creo que ella con sus ideas innovadoras estaría de acuerdo caso — que no va a darse por cierto y porque al no ser ella de la profesión qué necesidad tendría de verse involucrada ni embargada su atención en una forma de hacer de la que no tengo yo seguridad de que fuera justo ni necesario el hacerla partícipe — de tener noticia del cambio de rumbo que he decidido implementar en este primer capítulo de este nuestro ambicioso proyecto) antes de estar absolutamente seguro de que no somos capaces, entre todos, de encontrar una solución que nos permita salir con la cabeza alta del embrollo... ... De este capítulo primero de las Versaciones de un chupaplumas cuyo texto se compone de 7 páginas que contienen: Palabras 2.725 Caracteres (sin espacios) 12.141 Caracteres (con espacios) 14.919 Párrafos 51 Líneas 237 (No se incluyen cuadros de texto, ni notas al pie, ni notas al final). Detalles todos ellos que se hacen constar para que no sea, este primer capítulo de las Versaciones de un chupaplumas cuya seña de identidad es la primera oca de agua enmarcada en distintivo consignado como marquito p1, confundido con ningún otro capítulo primero de ninguna otra de las distintas versaciones de los diferentes chupaplumas que, esté el tal capítulo llevando ésta o cualquier otra oca no importa con qué distintivo, hayan podido, estén pudiendo o puedan en lo sucesivo plagiar las únicas y auténticas versaciones verdaderas de este chupaplumas verdadero, único y auténtico.
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