Me levanto como todos los días, me meto en el agua, ardiendo, como siempre, la piel me abrasa, y yo acepto ese calor como si fuera parte de mí. Cierro los ojos y dejo el agua correr por mi cuerpo. Hoy no me da tiempo a lavarme el pelo, y eso me da rabia, porque me siento como si no me hubiera duchado.
Salgo y me enfundo en mi albornoz rojo, dos tallas más grandes que yo. Lo huelo, y me siento en el filo de la bañera a mirar el infinito de las losas de mi cuarto d
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