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Exitus
11/21/2018
Introito
Sean veintiuna o siete las puertas que podamos encontrar para pasar al otro lado, según el Libro de los Muertos, dudo que en el momento de morir tengamos que recitar texto alguno a ningún guardián ni mencionar el nombre de la puerta o el del pregonero. ¿Será equilibrada la balanza con idéntico peso: el del corazón del difunto y la pluma del avestruz? Es apasionante y enigmática la idea de esta civilización quimérica, carente de la coherencia que se aplica a todo hoy en día, porque la realidad que conocemos es muy dispar a estas ficciones o quizá no.
Una puerta, de las veintiuna o siete, según la fórmula común, -aparte de las peticiones personales y sofisticadas en algunos libros elaborados con esmero durante toda una vida, como es el caso de Kha y su esposa Merit- de El libro de los muertos, solo una puerta que se abre hacia esa descrita luz blanca que va inundando tu mente. Espesa niebla circundante alrededor de un impenetrable intersticio, cuando se acciona el rebobinador mental acelerado con instantáneas fijas en segundos, momentos claves, para deshacerse en el acto. Orificios sagrados por donde mirar, cómo espectadores los fotogramas de nuestro pasado. O quizás sea una entrada a una forma superior de existencia. A algo arcano, a un terreno inexplorado o llanamente a la nada. Si se supiera científicamente que existe otro tipo de vida tras la confirmación de que eres solo un cadáver, quizás, muchos se anticipasen a tomar el misterioso vuelo o, todo lo contrario, buscarían una manera de postergar el momento, un ejemplo de ello, son las terapias rejuvenecedoras celulares y neuronales... Aunque el fin –la consumación concluyente de todo ser vivo- no se podrá evitar. De momento.
Hay miles de maneras de fenecer, repasaremos algunas más o menos significativas. A mi parecer, curiosas como mínimo. Desde un punto de vista morboso y como humanos que somos, de fisgones remordidos que, aunque aparentemos discreción y formalidad ante el hecho, nuestro instinto nos hace espiar, escudriñar, husmear lo ajeno. La muerte es indigna a ojos- si vieran- de los propios muertos: ser visto por todos en ese último lapso, sin defensa ni escrupulosidad. Una lamentable exposición de uno mismo. Desencajados y despojados de todo lo íntimo. Un ser inanimado que iniciará el deterioro de todo su organismo en pocas horas. Si sintieran vergüenza y pudieran manifestarlo, lo harían. Sí, creo que sí.
A uno puede que le acabe el plazo en un hospital, pero antes ha tenido que padecer unos síntomas y un cuadro clínico específico para ser ingresado. A veces entras por una nimiedad y resulta que te encuentran lo que no recelabas después de confirmar pruebas y diagnósticos. Eso puede que alargue tu estancia en la clínica o que te den el alta pronto ante las nuevas circunstancias. Cuanto antes recibas el alta, mejor, no explicaré por qué, es algo obvio, supongo. Y en otras ocasiones, se convierte en un ir y venir de tu casa a urgencias por posteriores complicaciones a una intervención, un proceso oncológico irreversible u otra afección incurable. Miles de aspectos pueden hacer que tu final sea tras ser ingresado. O quizás nunca.
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