Frente al piano negro, ella sonríe.
Dos gorriones, posados en la tapa, conversan en susurros sobre Casablanca —uno repite la escena del aeropuerto, el otro tararea “As Time Goes By”.
El gato los escucha con atención, con esa calma de quien ha visto muchas vidas… y muchas películas.
Entonces la mira a ella, la pianista de ojos brillantes, y con voz de humo le dice:
—Tócala otra vez, Sam.
Ella ríe. Y toca.
No importa si no se llama Sam.
Esta vez es por amor. Y por los gorriones.
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