Chema lleva años huyendo de todo y de todos. Pero cuando hereda la funeraria de su padre, descubre que no puede venderla, que no puede irse, y que su padre escondía un secreto. Los ataúdes no eran solo para los muertos. Ahora los clientes llaman a su puerta y el mayor escapista de México no tiene para dónde correr.
¿De qué nos reímos cuando ya no nos podemos reír de nada? De la muerte. No como provocación, sino como un acto de honestidad. Reírse de la muerte no es insensibilidad, es la única respuesta adulta ante algo que no tiene solución.
En México esto se sabe desde hace siglos. El Día de los Muertos no es folclore para turistas, es una filosofía de convivencia. Los muertos no se van, se acomodan. Se les pone su tequila, su foto, sus cigarros. Se les habla, se les reprocha, se les extraña. Esa relación tan particular con la muerte no es el contexto en esta serie. Es el tema y el argumento.
Porque en México, morir también es un trámite. El certificado, el acta, el sello, la ventanilla que atiende martes y jueves de diez a doce. Un Buen Viaje usa ese absurdo burocrático como otro motor de la trama. La muerte es un misterio, pero también es hacer una fila.
Y después están los muertos que no se van. El padre de Chema está más presente muerto que vivo. Los clientes del negocio clandestino son muertos que siguen vivos en algún lugar, con otro nombre. En esta serie los muertos pesan tanto o más que los vivos.
Una comedia negra, un thriller doméstico, un absurdo kafkiano. Pero, sobre todo, una serie bien mexicana. En el tono, en el humor, en la manera de pararse frente a la muerte y decirle, sin parpadear: ¿Qué onda, wey? Ya llegaste, siéntate, ¿quieres una chela?
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