Mi cabeza es un puente del que cuelgan cada uno de tus gestos, como nidos hambrientos de golondrinas despuntando en el amanecer del invierno.
En mi pecho redoblan las campanas del pecado como un réquiem en un domingo de celeste furor, donde susurras mi nombre en un silbido sin sonido o una nana sin candor.
Me desnudo dentro de tus ojos mientras van brotando por debajo de mi ombligo lagos plateados, erizados con el vaivén de mi mano. Bajo tu sombra mi espalda desploma su palidez. No quiero v
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