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Hacía un calor infernal, no soplaba el viento y parecía que el mismo aire estaba hirviendo. El sol caía a plomo sobre las casas grises y las calles desiertas, el polvo llegado desde el Sahara tupía la atmósfera dándole al cielo un color beige. Al este apenas podían distinguirse en el horizonte los altos edificios apelotonados de la capital, el mar más allá era un sutil trazo de azul titilante tras la capa de tierra marrón y contaminación del aire.
Cuando Ann jadeaba tratando de intr
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