El 969 le he bautizado.
Mi cifra no pende de punteros.
Mi devenir, entre trovas apaño.
Pacífica mediadora
va y viene la luna calma
y el viento busca puerto
en el ramal de mi pensamiento.
Oh, luna y viento ¡cuánto los amo!
El escrito se hace emblema
la noche estremece al mármol
una mariposa, en mí, se desenrosca.
La verdad, de gala,
aguarda su carroza de plata.
Dispersas en el largo camino
flores silvestres, nacidas al alba.
Oigo el lamento de un piano
desde el rellano de una estrella.
La sonatina hipnotiza mi espíritu.
Subversiva me incita
a la virtopsia de tu mirada:
de desvaríos drogados
de imágenes empolvadas
de vacíos, llenos de imposibles.
Oh ¡cómo amé tus ojos!
presentes, ausentes, dormidos.
Cuántos goterones copiosos
resbalaron por tus laderas
que bebí a labios lentos.
Los amé -te amé-
como se ama el cielo.
Los amé
incluso con ira.
Nunca vi que tanta belleza
fuese forjada de pura indolencia.
Celo de cigüeña, sin descendencia.
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