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2308155067304
Continuará (escribí)
08/15/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/perotuve.pdf Pero tuve que esperar cuatro meses porque, cuando volví — le conté a mi amigo —, una chica que había muy mona pero tan nueva que le temblaban mucho las bandejas y me dio cortedad involucrarla en tanto lío como me traía, me dijo que la mía, mi camarera de siempre, había tenido un niño y estaba de baja por maternidad. –¿Tuviste que esperar ― dice mi amigo ― cuatro meses para seguir escribiendo sólo porque no estaba la camarera de siempre? –Pues claro. Esta, la nueva que se marchó en un coche rojo, no hubiera sabido de qué iba la cosa; y de ti nada más conocía la voz ¿Cómo habrías resuelto tú que pudiese ayudarme? Y quiero pensar que me habría contestado algo, que me habría dicho cómo él lo hubiera él resulto si no nos hubiéramos visto interrumpidos, de repente — le cuento a Lola —, por los gritos de las señoras enjoyadas que jugaban al julepe cuando entró aquel tipo mal encarado, con sombrero, empuñando un revolver… − Pero a mí — dice Lola, desde lo alto de la escalera porque está colgando una cortina que Grundtvig, tan joven y tan juguetón, había rasgado sin querer — me parece, y perdone, que era una pistola con cachas de nácar… Que no es que tenga demasiada importancia para el caso, pero el del revolver, repase sus papeles si quiere, era, si no recuerdo mal, y además encaja mucho mejor, uno de los personajes de la película del oeste. −Y te viene, sí, a la memoria — mi amigo, ahora, mezclándose en silencio en mi cabeza su voz con la de ella —, un vago recuerdo de una tal Shirley que no sabes localizar en la vorágine de tanta gente yendo y viniendo, buscando, buscándose, tratando de integrarse, de encontrar su propio lugar y su propio papel dentro de lo que les ha sido asignado imaginar, por exigencias del guion, como su propia historia. E Indalecio, con su voz tan inhumanamente humana, recita algo que, mañana, cuando le preguntemos, doña Gardenia identificará de inmediato como un fragmento del canto diecisiete, o del treinta y ocho, qué más da, del Orlando… − Y, Lola, ya a pie llano mirando satisfecha su cortina — mi amigo, que parece estarse divirtiendo —, que si furioso. − ¿Con Grundtvig? — yo — No, claro, le contesté ¿Qué sabe él? Además, si he de decir la verdad, creo que le estoy tomando cariño. Versaciones
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2308155065539
Sin acertar, por cierto
08/15/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/ydeunhumvers.pdf y de un humor horrible ― me sentí inclinado a imaginar a la vista de cómo entraba por la puerta sin besar a los niños, ni decir buenas tardes, y dando sí un portazo con los cabellos chorreantes y gruñendo “¡asco de lluvia¡” ―, a reconocer ni la estancia que debería serle tan familiar como la palma de su mano o como el par de adorables querubines a los que miró con extrañeza preguntado, dejándose caer sobre una silla, “¿y estos niños quiénes son?” para añadir, sin aguardar respuesta, que qué vida tan aperreada le había tocado vivir, y que si no había en aquella casa un poco de café, y “¡qué harta estoy!” y, a mí, que ya me podía ir largando porque detestaba, aborrecía, le daban cien patadas los tipos como yo… Ah… Y que eso del par de adorables querubines ― “entérese cantamañanas cursi del carajo”, gritó ― y una mierda… “¡Pero, hombre, por favor!”. Y que qué se habría creído este imbécil; es decir: yo.  Que habría sido una forma no menos airosa que cualquier otra de terminar pero yo, que siempre he sido un imbécil ― en eso ella tenía toda la razón de este mundo aunque en otras muchas cosas pudiera estar equivocada o por lo menos no poco confusa por culpa, entendí , del conflicto emocional en que se hallaba inmersa por causa de la tormentosa e ilícita relación que, según mi madre y que por cierto Lola ya me ha advertido de que se la llevan los demonios cuando se mete en su terreno, mantenía con aquel tipo maduro del traje azul, tan bien plantado ―, me quedé ahí, allí, con cara de tonto delante de la puerta cerrada de un golpe y la garganta seca frente a él, que me mira con cara de no comprender porque, fuera por cualesquiera de las diversas variopintas circunstancias aleatorias que pudiéranse por ventura o desventura terciar, o por cualquier otra que no acertase yo a prever, la continuación se negó a no discurrir por alguno de los cauces que tenía yo más o menos tanteados como del todo intransitables sino por uno nuevo, distinto e impensado aunque no menos extravagante, desde luego, como el que la señora de Ramírez hijo descubrió cuando, removiendo el azúcar del café que le había servido la señora de Ramírez padre, tuvo la extemporánea, descabellada ocurrencia, de ― ante el estupor de los pequeños, y de los mayores, y del pudiéramos llamar “intermedio” porque Ramírez era un hombre de estatura normal, ni alto ni bajo ― saltarse todas las normas de la urbanidad y de la elegancia y del decoro soltando, de sopetón y a bocajarro, que… ¡qué caramba!, que por qué no… ¡verdad! ― y se reía, muy contenta, mirándolos a todos de uno en uno en demanda de una aprobación que por qué no iban a darle… ¡qué bobada! ―, por qué no cuando era algo que le venía rondando por la cabeza y… bueno, dijo, encogiéndose de hombros y poniéndose con resolución en pie para, llegándose al menor de los niños ― entretenido, tal vez por la admiración y el cariño que profesaba al abuelo, en hacer una pajarita de papel ―, acariciarle amorosa los cabellos y declarar “¡pero si sois mis hijos!” y añadir que qué estupideces tan sin sentido se dicen a veces, en algún momento hay que tomar decisiones y este no es ni mejor ni peor que cualquier otro para invitarlo… no ya, por supuesto, a degustar uno de esos deliciosos platos en los que mi marido le habrá dicho soy tan diestra, pero sí a que… En fin, basta ya de rodeos: puede llamarme Sonia. – ¿“Puede llamarme Sonia”? ― él, mi amigo, cuando al fin reaccionó. – Sí. – ¿dijo que la podías llamar Sonia? Y se pone de pie, y camina hasta el ventanal y se queda, un rato, allí mirando los coches y las gentes y los escaparates del otro lado de la calle donde, recuerdo, novias de cartón piedra exhiben trajes blancos, sonrientes, inmaculados e impolutos contemplando, a salvo de las primeras gotas de una lluvia gruesa, cómo las formas de las nubes se van modificando, inmóvil, despacito, indiferentes, para dejar de ser el mapa... Versaciones
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2308155065232
Como luego explicase el señor Ramírez
08/15/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/coluegoexplisramir.pdf por señas y con muy buen criterio aunque con una traducción desastrosa porque la abuela ― cabría precisar si bien, y aun a riesgo de inducir a error a quien llegare alguna vez a tener conocimiento de estos hechos, no va el insignificante portavoz representado en la humilde persona de este mero amanuense a desviarse del camino trazado por el verdadero escritor que encomendole mostrar de qué modo, tan en apariencia inocente, se hace posible el trasmitir una realidad si no abiertamente tergiversada sí francamente desvirtuada ―, ignorante ella tal vez de la importancia tan grande que estaba teniendo el que se comprendiese con claridad meridiana una idea tan compleja como la que expresaban las manos del abuelo, se empeñó en que la hiciera el nieto pequeño para que se fuera soltando y se equivocó, el muy cabrón, cincuenta veces por lo menos que, luego, una vez pasado todo a limpio y tomado en consideración que el exagerar es abrir de par en par las puertas a la aprensión del receptor de que lo referenciado no sea en absoluto cierto, quedaron reducidas a no más de media docena para evitar que el lector (cuando lo hubiera) cayese en el escepticismo y cerrase decepcionado el libro. Versaciones
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2308155065157
Cielo-infierno
08/15/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/quemesalio.pdf Que me salió bastante torcido pero el padre de Ramírez dijo ― por boca de su nieto el mayor, un chaval de unos diez años muy espabilado que me tradujo los gestos que el abuelo hacía porque el padre de Ramírez resultó ser mudo ―, que no me preocupara, que esto era nada más el principio pero, más adelante, que ya vería... Que habría de ver, dijo, cómo día tras día me iba soltando y adquiriendo práctica, y la práctica me daría seguridad en mí mismo, y esa seguridad me pondría en camino de abordar, sin temor y lleno de alegría, empresas cada vez más complicadas, más ambiciosas si bien ― y que en eso no me equivocara, le insistió mucho al chiquillo por medio de movimientos muy vehementes de sus manos que él, el muchacho, me hizo llegar alzando la voz en tono excitado ― jamás y en modo alguno soberbias ni provistas de necia vanidad que envilecería su calidad e iría de forma lamentable e irreversible en contra del más elemental sentido ético que debe, siempre, regir todas las grandes obras salidas de la mano del Hombre con mayúsculas ; y que para mantener tan delicado equilibrio habría yo de permanecer siempre alerta, con mi mente y mis sentidos atentos a no dejarse engañar por modas pasajeras ni por efímeros intereses mundanos, ni por algo como en lo que tan fácil es caer en la tentación de dejarse comprar cual lo es el deseo desordenado de riquezas o de fama o de gloria. Y habría seguido perorando el abuelo, sin duda, pues se le veía enormemente animado, en torno a virtudes tan dignas de encomio como lo deben de ser la humildad y la modestia o la generosidad y la largueza de no haber llegado puntualmente y como solía cada tarde ― según me informó la señora de Ramírez madre tras escucharse el timbre y anunciar “ésta debe de ser la fisioterapeuta” ― una señorita provista de un maletín cuyo cometido consistía en ejercitar las extremidades del anciano que, siempre allí, sentado en la butaca, corría serio riesgo de terminar del todo inmovilizado. ― Si quiere ― le sugirió a la señorita la abuela ― céntrese hoy más en la pierna; porque lleva toda la tarde de cháchara. Y que “ya veremos si no va a tener luego agujetas”. La señorita se mostró de acuerdo porque, explicó, la conversación y, más aún, el prodigarse en extensos discursos cuanto más floridos mejor, era, en casos como el del señor Ramírez padre, una gimnasia buenísima que convendría practicase a diario y, así, ella podría dedicar más atención a las extremidades inferiores porque “y a pesar de que el día es tan soleado ― pues parece ser según explicó que los días lluviosos inciden negativamente sobre determinadas dolencias ― no hemos de perder de vista que estamos en otoño” y que las notaba ella, dijo, muy agarrotadas. Antes de marcharse ― le conté a mi amigo con tan sólo intención de prolongar en unas cuantas líneas mi relato ― indicó que habida cuenta de que diabético el señor Ramírez no lo era le podían dar agua azucarada para las agujetas; pero que si el mismo ejercicio que las había producido se repetía al día siguiente irían remitiendo paulatinamente y él, mi amigo, se mostró entusiasmado porque así, dijo, me sentiría yo al acudir a aquella casa cada tarde lejos de cohibido por estar quién sabe si molestando ― tímido y un poco acomplejado “como eres” ― reconfortado por estar colaborando con mis visitas a una mejor calidad de vida para el anciano aunque esto, lo último, lo del entusiasmo de mi amigo, no me animé a escribirlo porque si bien es verdad que valoré, y en mucho, lo muy satisfecho de mí mismo que me sentiría por mi buena obra no pude, sin embargo, esquivar el sentimiento de culpa que me asaltó al considerar que sí, que eso podía estar muy bien, pero que mi generosidad, mi buena obra, quedaría ensombrecida por el hecho de que mi verdadera intención era, por encima de todo, el tener las manos y la mente ocupadas jugueteando con algo que ― y teniendo, pese a todo, que dar gracias a Dios porque si en lugar de una servilleta para hacer que me interesase por la papiroflexia , cuando lo del hámster, hubiera tenido a mano cualquier otra cosa que me alentara a alguna actividad más extravagante la situación habría sido bastante más irresoluble; pero a Dios gracias, ya digo, fue una humilde servilleta ― ahora, y de la manera más irreflexiva del mundo, me podía estar poniendo ante el brete, tan enojoso, de no ya barquitos... Versaciones
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2308145063347
Y que sea lo que Dios quiera
08/14/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/medije.pdf Me dije, resignado a mi triste suerte. Pero ya fuese porque Dios no tuviera a bien intervenir o porque se desencadenara una guerra o una tormenta, o porque sufriera yo uno de esos estúpidos accidentes domésticos que lo mantienen a uno alejado contra su voluntad de la vida cotidiana y del mundo en el que sabe desenvolverse, o porque ― puestos a desbarrar, porque cuando uno se ve arrancado de su realidad de forma tan brusca, violenta e inhumana como lo es un bombardeo su consciencia sufre alteraciones que resulta imposible predecir ni controlar ― pese a lo mucho que Ramírez encomiase tanto las dotes culinarias de su joven esposa como lo enormemente amable y lo muy cordial que era, viniese a resultar que la comida de aquel día consistiera en unas latas de judías con chorizo y la señora de Ramírez hijo estuviera a años luz de ser una pizca de amable ni cordial y ni siquiera guapa, lo cierto vino a ser que, contra todo pronóstico, no continúe. (Continuará) Versaciones
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2308145063170
Los folios han resultado ser cuatro
08/14/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/siempretep.pdf – Siempre te pasa ― dice mi amigo, y sigue, un rato como hablando sólo: » Cuando te atascas es lo que haces. » En lugar de reconocer honestamente y asumiendo tu incompetencia que te has atascado y aceptarlo, eso es lo que haces: seguir. » Seguir a la buena de Dios y sin rumbo ni norte en la esperanza de que, a la palabra siguiente, o dos renglones más abajo, te venga la inspiración maravillosa… » ¿Pero y si no te viene? » Que en infinidad de ocasiones no te viene y, cuando no te viene, pero no en la palabra siguiente o dos renglones más abajo sino al cabo de tres o cuatro folios que no tienes la más remota idea de para qué van a servirte ni si vas a poder o saber hacer algo con ellos después de toda una tarde tirada por la borda, todo lo que puedes hacer para no desesperarte es ponerte tan contento y: “mira, entre unas cosas y otras ya tengo cuatro”… o cinco o seis o siete o los que sean y, si suena el teléfono llamándote tu madre o algún amigo que pregunta “qué tal” o “qué haces”, encogerte de hombros y, quitándote importancia muy cargado de resignación, contestar “aquí, escribiendo” y quedarte tan fresco. » Pero para eso, para ponerse tan contento y decir a la madre o a un amigo “aquí, escribiendo” y quedarse tan fresco, es necesario haber tirado toda una tarde por la borda con… pues eso: cuatro folios inservibles por lo menos. » ¡Si yo eso lo entiendo! » Cuatro folios y de ahí para arriba porque, en caso contrario, se te pondrá un humor espantoso y te angustiarás pensando que el teléfono sonará en cualquier momento y tú – que eres muy riguroso para con tu trabajo – no podrás decirlo con la cabeza bien alta o, si lo dices, será en un tono tan poquito convincente que tu madre, o el amigo, al escuchar esa voz gangosa y mortecina te preguntará que si es que te pasa algo; entonces tú responderás que no, que no te pasa nada… » – ¿Nada? » – Nada, nada; de veras — responderás… » – No sé — rezongará, si la que llama es tu madre —; pero a mí me parece que te noto un poco resfriado. » Y te recomendará que te tomes un ponche calentito con una aspirina y colgará. Pero si es un amigo insistirá. » Insistirá con “vamos, déjate de tonterías; sé perfectamente que algo te pasa” … – ¿Te será tan difícil, llegados a este punto y tan bien que va — y noto que ahora la pregunta no es ya de una madre o un amigo, que quien la formula es él personalmente y que me la está dirigiendo a mí —, tirarme con habilidad de la lengua para que yo, que soy quien tiene los recursos porque para eso soy el escritor, te dé una pista por lo menos de por qué estoy deprimido para que, desde ahí, puedas seguir sin necesitad de inventar no sé qué tontería de una novia que jamás he tenido? – No lo sé — le contesto —; es más: no me lo he planteado tan siquiera. Tú dijiste que no hablase… que no escribiese, y que me olvidase de tu humor ¿Es que ya no te acuerdas? – Pues no… De lo que sí conservo una idea, aunque vaga, en cambio, es de que tenía algo… una noticia, creo, que darte… – Ah, pues… No sé… ¿Una noticia? – Una noticia, sí: estupenda. Una noticia estupenda que creía, ahora te acuerdas bien (o revisa los papeles si no), que me haría gracia. (Continuará) Ver nota abajo, que aquí no va a caber y es importante. Nota: Hasta aquí, con su continuará con sus paréntesis y con su pie de página incluido, escribí yo como continuación y enlace a y los folios han resultado ser cuatro que el lector, si está siguiendo un orden lógico, habrá encontrado en el archivo anterior, o en cualquier otra parte si ha preferido seguir un orden ilógico. Pero, a Lola, que debió de encontrar la llave del cajón aunque olvidé como tantas veces decirle dónde la había escondido, debió de no gustarle o, al menos, no parecerle bueno del todo porque, cuando regresé a comer (y que no fueron lentejas porque me acuerdo que fue uno de los días en que se le pegaron; me había preparado, a cambio, una ensalada de mango con aguacate y rúcula, que estaba muy rica), encontré, sobre el escritorio, la siguiente nota que, aunque no sé si escribió ella como rectificación o como tan solo sugerencia, enlazo aquí al objeto de que sea el propio lector quien, de forma totalmente personal y subjetiva, se forme su propia opinión acerca de cuál de las dos soluciones, o versiones, le parece mejor. Versaciones
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2308145063040
Los folios han resultado ser cuatro
08/14/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/losfolioshanres.pdf que, aunque no sea lo que se pudiera llamar para tirar cohetes propiamente, tampoco tú ― y perdóname que te hable con tanta rudeza pero si no tienes novia no vas, como es natural, con ella a ninguna parte ni dices estando con ella nada de nada ― nunca pudiste expresar, ni ninguna camarera pudo oírte, deseo ni ilusión ninguna por tantas o cuántas página, a mí me habría dejado bastante satisfecho porque tenía la impresión de que mi razonamiento estaba bastante bien argumentado, sin ningún cabo suelto, y cuando en una argumentación no hay cabos sueltos que te puedan jugar una mala pasada discurriendo por su cuenta por rumbos por los que para nada contabas, tienes, por muy mal que se pongan las cosas y si no eres demasiado torpe, recursos suficientes como para poder salir no digamos “triunfante” y cubierto de una gloria que vaya a trascender más allá de un puñado de siglos, pero sí lo bastante airoso como para mantenerte en los primeros puestos del ranking durante un par de temporadas, así que ― continuaría, sin levantar la cabeza de los folios embebecido por el torrente de palabras afluyendo imparables a mi mente ―, lo siento en el alma y de verdad te digo que lamento el tener que expresarme con tanta dureza, pero tú solo te lo has buscad… – De acuerdo ― dice, de pronto, cortando con su tono cansino, desganado, el hilo de mis pensamientos ahora que precisamente y por fin parecía que empezaban a encarrilarse por derroteros medianamente prácticos; y con una resolución que no concuerda con el apático “de acuerdo” anterior ―: el escritor, acuérdate, ahora soy yo. – ¿A qué viene eso? ― pregunto, soltando contrariado el bolígrafo ― Tú has sido en todo momento el escritor. – ¿De verdad? ― me mira entornando los ojos de forma que me recuerda a aquella vez en que nos vi reflejados en el espejo, cuando lo del puñetazo, aunque ahora ninguno de los dos sonríe ni hay dedos clavándose en hombros causando el menor daño ― ¿Puedes asegurar sin mentir que el escritor he sido siempre yo? – Pues claro que sí. – ¡¡Eso es mentira!! ― Clama. Y como si hubiera perdido por completo los estribos agarra los folios y los arruga, iracundo; y los desgarra sin dejar de repetir “¡mentira, mentira y mil veces mentira!” cada vez más alto ― Mentira y la más vil y repugnante de todas las deslealtades porque a qué, si es que puedes explicármelo, viene si no aquel tu “y el escritor, acuérdate, ahora eres tú”. – Ah. Te refieres a eso… – A “eso”, sí. Y no lo digas con voz tan neutra, tan tranquilo como si no significase nada. A “eso” que es, ¡fíjate bien, so imbécil, en lo que te estoy diciendo!, el mayor de todos los errores que pudieras cometer porque… ¡Pero tú no te das cuenta!, el chupatintas arrellanado en su poltrona no se percata de nada, no ve más allá del cristal tras el que mira embelesado, enorgullecido su cara de idiota porque el señor ha escrito un best seller… – ¡Pero si todavía no he escrito nada! – ¡Ni lo escribirás en tu puta vida! ― Suelta un soplido largo, cómo expulsando toda una rabia que no puedo comprender cuando mis sueños son tan sólo eso, sueños que por más que puedan avergonzarme de tan ridículos son sólo sueños de alguien que garabatea (garabateaba, antes de que él los desgarrase) espejismos impensables para un funcionario sin más horizontes que un bien remunerado retir… ― O nada al menos que merezca la pena ― continúa, cortando de nuevo el hilo de mis pensamientos aunque esta vez no me contraría como son pensamientos tan tristes, encendiendo con parsimonia un cigarrillo ―; nada que merezca la pena hasta que no aprendas a no intentar meterte… ¡y conseguirlo, maldita sea! ― y suelta una carcajada casi festiva, que me desconcierta; y en tono afectuoso que me desconcierta más todavía “¡qué pedazo de mamón!” para, de nuevo sereno, concluir –: en los zapatos del escritor. Versaciones
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2308135058605
Ella tenía toda la razón de este mundo
08/13/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/ellatenitodal.pdf y había, por tanto y en justicia, que dársela por doloroso que pudiera resultarme porque, como le diría a mi amigo tan pronto nos viésemos, “¿quién que no sea un insensato habría aceptado meterse en semejante lío?”. Él, entonces, contestaría algo que de momento no me sentía yo lo suficientemente despejado para poderlo imaginar; así que opté por, desoyendo el rezongar de mi madre protestando para mi desconcierto “eso no se puede consentir” y que era una afrenta y “¡si tu padre levantara la cabeza!”, no pensar en eso aquí ni ahora y centrar toda mi atención en el movimiento de las manos del anciano. Pero mi madre, que no para en sus lamentaciones machacando con lo de la afrenta, logra desconcentrarme y hacerme perder el hilo de la traducción del niño; y yo me enfado, con ella — que también me desconcierta, porque por lo general no me atrevo, pero debe de ser que hoy estoy raro o la luna creciente, o menguante, o llena, como sé yo que alguna de las fases afecta aunque no sé exactamente cuál; pero el caso, que es a lo que vamos, es que me enfado con ella, mi madre, y que me pongo muy contento porque es la primera vez en mi vida que me enfado con ella — me enfado muy contento con ella y le digo… – Pero eso — ahora Lola, que se ha venido al despacho a, sentada frente a mí en una silla de tijera de esas de playa, quitar la hebra a un quilo de judías verdes —, entiéndalo recapacite un poquito, no encaja. – ¿Qué no encaja? – Enfadarse muy contento. No encaja. Y, debe de ser que ha terminado con las judías, se pone de pie y se marcha con su silla. Se marcha con su silla y sus judías y yo, tras emitir un ahogado oh que nadie ha oído y por supuesto no escribo, enfilo el pasillo detrás de ella. – Lola. – Dígame — ella, desde la cocina, con esa voz siempre serena y apacible. – ¿No debiera ser yo quien dice eso? – ¿Quien dice qué? – Lo de que enfadarse muy contento no encaja. Yo puedo, si usted no se opone, recapacitar muy deprisa, ¿me entiende?, y entendiendo que me daría más juego…, literariamente hablando, entiéndame, decirlo yo y seguirla hasta la cocina… ¿ve?, ya estoy aquí — apoyado, y eso tendrá que admitir que es rigurosamente cierto, en el quicio de la puerta —, apoyado en el quicio de la puerta para rogarle que, por favor, me ceda esa fras… – Ni lo sueñe — lavando al grifo las judías sin hebra —; si le cedo esa frase tendré que darle la réplica con algo inteligente, y esa es una responsabilidad que no pienso asumir. – Pero, Lola… – Que no que no. Yo estoy en esta casa para fregar, limpiar, cocinar, planchar, limpiar la plata, dar cuerda a los relojes… – ¿Qué plata?, Lola ¿Qué cuerda si en esta casa el único reloj es el digital que compré en el chino? Y, la plata, la plata tres tenedores y dos cucharas de acero inoxid… – No pretenda liarme. Estoy muy ocupada y todavía tengo que ocuparme de Grundtvig. – ¿Grundtvig? – El gran danés. – A. Un personaje importante, veo. Pero, ¿qué tiene que ver con nosotros? – Usted sabrá. Usted lo adoptó y usted le puso el nombre. – ¿A quién? – A Grundtvig. Y no se haga el tonto. – Si no me lo hago; es que… – Tengo que sacarlo, y no sé dónde dejó usted el collar cuando lo sacó ayer. Y que no me importa, que es muy bueno, pero que el collar no aparece y que, que no se le vaya de la cabeza ni me cambie de tema, no pienso decir algo inteligente. – Lola, ¿por qué me hace estas cosas? – Porque, ya se lo he dicho — ahora está llenando el lavavajillas que maltita la falta que nos hace y encima no cabe—, es una responsabilidad muy grande. – Mas grande es él, que termino de buscarlo en la Wikipedia, de 65 a 80 kilos. Y, en este apartamento, tan pequeño. – No me cambie de tema. Además lo de enfadarse muy contento me empieza a gustar; me pareció una tontería pero me empieza a gustar; tiene su puntito, ¿no cree? – O sea, que le parece inteligente. – Sí. Creo que sí. Sugiere un algo así como choque de emociones que invita a, no sé, reflexionar… – ¿Reflexionar? – Sí. Qué se desea y qué se desearía desear, qué se querría querer hacer y qué se hace. Cómo querría uno quererse sentir y cómo se siente… – ¿Y? – Pues, que sí. Que pruebe usted a enfadarse muy contento con… ¿era su madre o era su amigo? Pruebe y a ver qué tal resulta. Y si sale mal no será nada más que una más de tantas cosas que todos los días salen mal. Pero la vida sigue, ya lo verá… ¡Vamos, Grundtvig! – Pero y a mi madre qué le digo. – ¡Vamos, Grundtvig! – ¡No sé para qué la quiero! — le grito por el hueco de la escalera. – ¡Ni yo a usted! — ella, con su voz siempre serena y apacible. Versaciones
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2308135058568
Ella tenía toda la razón
08/13/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/alicia/ellateniato.pdf de este mundo, y así hubiera quedado la cosa de no ser porque Lola ― y por motivo de que olvidase yo en un descuido (o adrede, la verdad, visto lo bien que Lola se las ingeniaba para sacarme de situaciones incómodas) cerrar con llave el cajón que no quiero que ella toque (y que lo escribo así, en presente, porque por una especie de acuerdo tácito continuamos los dos llamándolo así) ―, tomándose unas libertades impropias de una simple fámula , me ha dejado, sobre mi mesa escritorio y pisados con un pisapapeles que es una de esas bolas de cristal que cuando las pones del revés hacen nieve, un par de folios que, escritos con su impecable caligrafía inglesa, rezan exactamente así: Ella tenía, sí, toda la razón del mundo y no hubiera sido, por tanto y en justicia ― cometió usted la ingenuidad de confiarle este pequeño pormenor a su amigo ― ninguna tontería el dársela; pero a usted se le metió entre ceja y ceja que no, que no le daba la gana darle la razón en algo tan ofensivo e insultante por mucho juego que le hiciese… –¿Te parece que hice mal? ― le preguntó; aunque como él no respondió, no respondió pero usted se dio cuenta de que lo miraba como lo miró a la coronilla cuando lo del rifirrafe y temió que, como entonces, se pusiera de pie y le terminara diciendo, también como entonces, así como que mñe, mñe, mñeñe, “¿te parece que hice mal?” y “pedazo de memo” entre dientes, opto por no insistir y, como si no hubiese preguntado nada, continuar con lo que, de momento y tendrá usted que perdonarme, pero entienda que yo no vivo solamente para sacarle a usted las castañas del fuego, tendrá que esperar hasta mañana porque, precisamente esta mañana ― y por culpa de que, por motivo de estar yo tan inmersa en cuestiones que en nada deberían, si usted supiera defenderse sólo, interferir en mi trabajo, rebasó el fregadero que estaba llenando para fregar los platos ―, que por qué no habría podido ser, me pregunto, cualquier otra mañana en la que estuviera yo menos inspirada, pero me contesto que pues que porque Dios quiso que tuviera que ser precisamente esta, he tenido que armarme de cubo y fregona para recoger el agua; y cuando he terminado de recogerla eran ya la una y cinco, de manera que mañana vendré a las nueve y cinco (para compensar, acuérdese), pero (acuérdese también), en el tema de su amigo compórtese como si no le hubiese preguntado nada y, siga, siga con lo primero que se le pase por la cabeza y ya veré yo luego cómo lo arreglo. Imagino que se está usted ocupando del asunto de la cocinera, porque ha llamado una mujer preguntando si le gustan a usted los zancarrones de faisana rellenos de trufas malosporum en salsa de vino tinto y, cuando yo le he dicho si no estaría queriendo decir macarrones con tomate, ha insistido en que no, que zancarrones de faisana. Yo le he dicho que no sé, pero que a mí me parece que no es usted de gustos tan refinados. Y que a ver si aprendo a ser un poquito menos inocentón, que para decir que soy un imbécil seguro que tiene usted, dice ella, toda una cohorte de detractores; y que, si no, a mi misma madre sin ir más lejos, o, incluso y si es para unas prisas, puedo con total y absoluta libertad contar con ella. A modo de posdata me comenta que qué bonita y qué original la bola de cristal que hace nieve. Pero lo escribe en rojo, y en letra más grande que la del resto, y con rotulador de punta gorda y subrayado en verde; que conociendo a Lola y sabiendo que es incapaz de expresarse de modo que pueda resultar hiriente me ha dejado un poquito pensativo. Mañana le preguntaré si es una indirecta, y que si quiere que se la regale no tiene más que decirlo. Versaciones
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2308135058537
Rifirrafe
08/13/2023
Lola
https://valentina-lujan.es/alicia/rifirrafe.pdf Que me puede preguntar usted, si quiere, que si es otro. − ¿Otro “qué”? ― Puedo, pero ya le digo que sólo si usted quiere, contestarle yo. − “Rifirrafe” ― me dirá usted, sí, como no voy a repetirle porque resultaría innecesariamente reiterativo, es que quiere ― ¿Qué va a ser? − Sí, otro ― le diré yo. Y que si pasa algo por eso. − No ― usted, que lo noto por cierto un poco distraidillo hoy ―; si pasar no, pero que como ya llevamos dos, pues, que a lo mejor… − ¿Le parecen muchos para una amistad tan larga como la de ustedes dos? ― le preguntaré yo ― No debe olvidar que se conocen desde niños. − ¿Cómo voy a olvidarlo ― usted ― con la de patadas que nos habremos dado jugando al fútbol en los recreos? − ¿Jugando al fútbol? ― Y puedo, si a usted le parece bien, mirarlo con cara de extrañeza, el gesto algo despectivo (que no sé si me saldrá bien, pero si usted piensa que va a darle juego puedo intentarlo) como de “pero y éste qué dice”. − Sí. El fútbol es un deporte — me explicará usted (y que convendría, por esta vez, que sí que quisiera, para que no se me descabale el resto del relato; pero allá usted con sus elecciones) practicado por adolescentes en el patio del colegio. − Ya, pero a usted ― yo, en el caso de que haya usted querido, y si no ya veré cómo lo arreglo ― siempre le han gustado más los juegos de mesa. − ¿De mesa? ― usted ― ¿De dónde saco entonces las patadas? ¿Quién me las daba? −Y yo le puedo contestar, por ejemplo, que Teodorico; o que Teodorico por ejemplo… − ¿Teodorico? — usted — ¿Seguro que he conocido yo a algún Teodorico? − No es necesario — le explicaré, y perdone pero hoy está usted, que no sé que le pasa, un poquito espeso — que lo haya conocido; que es tan sólo un ejemplo para explicar las patadas, o un ejemplo de nombre si quiere usted elegir otro. − Bueno — dirá usted. Y que como ejemplo puede valer, pero (y que me viene mal, la verdad, porque ahora tendré que inventarme algo para refrescarle la memoria, hoy precisamente que tengo que planchar siete camisas y mire usted la hora que es) que no conoce a ningún Teodorico. − ¡No lo va a conocer! ― haré aspavientos con los brazos y los ojos muy espantados (que lo tengo ya un poco ensayado ―. Aquel chico bajito que tenía un antojo en forma de fresón, le parece estarlo viendo (concéntrese, por favor, que tengo prisa), en la mejilla izquierda. Y usted se queda pensativo, y parece que se aviene, pero (hoy parece que tiene usted ganas de incordiar) que baloncesto. − ¿Qué baloncesto? ― Yo, que estoy empezando a ponerme nerviosa. − Pues las patadas ¡Joder! — que no me gusta que diga usted tacos, pero no tengo tiempo de discutir — Jugaba muy bien al baloncesto. − Ah ― me esforzaré, aunque planche sólo dos camisas ―, aquel chico alto que quería ser notario y tenía una hermana que tenía pelo largo, rubio… − Teodorico era moreno — dirá usted —, y lo de la hermana no sabría asegurarle nada. Pero quería ser trapacista. − Ya, pero digo la hermana. Trapecista, sí; pelo largo rubio, ondulado, muy bonito… − Puede ser ― admitirá usted, me parece que a regañadientes, no sin objetar, sin embargo ―: aunque siempre estuve en la idea de que lo que a ella le gustaba era la natación sincronizada. Pero Teodorico era, insisto, bajito. − ¿No me termina de decir que jugaba al baloncesto? − Sí, pero era bajito. A veces pasa o mire usted si no a Muggsy Bogues. − Vale ― diré yo ―. Nos olvidamos (y su amigo también, pero váyase haciendo a la idea de una sola camisa) de las oposiciones a notarías, pero ocurre que al baloncesto usted no ha jugado nunca. No sabe. − Y qué más te dará, digo yo ― dirá su amigo ―, si nadie lo va a saber. Y que poniendo inconvenientes a todo no hay quien avance ni saque nada en claro de manera que, dice “vamos a dejarnos de tonterías y a seguir con lo que estábamos que, por cierto, ¿qué era?”. − El tercer rifirrafe — Usted. − Exageras — Su amigo. − ¿Exagero? — Usted. − Sí. Sólo es el segundo — Él. − Es el tercero ― usted ―, estoy totalmente seguro. − Pues entonces ― irritado casi, él — debo de estar yo tonto hoy, que sólo recuerdo el del puñetazo en la mesa… Versaciones
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¿Otro rifirrafe?
08/13/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/rifirra.pdf – ¿Otro rifirrafe? ― Pregunta, apartando los ojos de la lectura para mirarme. – Bueno… Es una posibilidad que puede mantenerse ahí, como en reserva, ¿no te parece? – Si es eso lo que quieres ― hablaba en tono triste, ahora ―, sea. Pero… – No te gusta. No dice que sí ni que no sino, en tono triste, “pensé que aspirarías a algo más”. − ¿Qué mosca te ha picado? – ¡“Qué mosca me ha picado”! Bebe del vaso de cerveza, regresa a la lectura, permanece en silencio un rato, vuelve a dejarla y permanece otro rato en silencio golpeando ― acompasadamente, como llevando el ritmo de alguna melodía que esté teniendo en la cabeza, dando lugar a casi dos renglones que agradezco (aunque en silencio me acuso de “miserable” y me prodigo una larga serie de denuestos que, por no cargar las tintas, no trascribo; avergonzado e irritado conmigo mismo por estarme aprovechando de un gesto tan espontaneo e inocente para ilustrar lo que empieza a anidar en mi ánimo como “mi obra”) ― con el mechero sobre el mármol antes de, cerrando los ojos y echando un poco la cabeza hacia atrás, declarar “pero por hoy vamos a dejarlo”. – ¿Tan pronto? – No es tan pronto ― responde, y noto que está de mal humor ―; ya es más que anochecido y el local está vacío. – El local ha estado vacío toda la tarde y en invierno anochece temprano; pero de todos modos lo que quiero decir es que apenas hemos avanzado, poco más de medio folio en el que no ha ocurrido nada nuevo, nada que abra una posibilidad a que suceda algo con lo que no se contaba… – ¿Y qué tenía que suceder ― rezonga y, con desgana, alza la voz y una mano pidiendo a la camarera otro café por favor y, a mí, que yo qué; asiento sin hablar y corrige “que sean dos”, a ella, y a mí otra vez que qué tenía que suceder ―, o te piensas que la literatura tiene que ser forzosamente una sucesión de hechos fantásticos? – No forzosamente. No hechos fantásticos ― respondo ―. Pero parece lógico que cada palabra, cada frase, contenga la intención de conducir a alguna parte, insinúe al lector que tal vez merezca la pena el continuar leyendo. – ¡Fíate de la lógica! ― la camarera ha venido y deposita sobre la mesa su bandeja con dos vasos y dos botellines de cerveza que, al destaparlos, dejan escapar el sonido sibilante característico que todo el mundo reconoce como el sonido sibilante que hace un botellín de cerveza cuando se lo destapa – Fíate de la lógica ― repite, mirando cómo la espuma alcanza el borde del vaso para, a punto de rebasarlo y chorrear formando un pequeño charco sobre el mármol parecer reprimirse, contenerse, y empezar poco a poco a replegarse mientras los pasos de la camarera se alejan. Aparta la vista y se queda callado, sin terminar ninguna frase de la que yo creyese que “Fíate de la lógica” era sólo el principio mientras, en la distancia, el sonido de los pasos se extingue. El sonido de los pasos se extingue creando un cierto clima que se me antoja muy adecuado para dar paso en la imaginación del lector a eso que en cine se llama “fundido encadenado” y facilita que, en ese irse extinguiendo de los pasos, empiece a tomar cuerpo un nuevo plano mostrando, tal vez, una situación distinta también nueva que, mientras se termina de plasmar, da un momento de respiro al espectador para cambiar de postura en su butaca, o para carraspear, o para liberarse un poco de la tensión de los últimos acontecimientos contemplados y, una vez con la mente despejada y el interés renovado, sumergirse de nuevo en la acción con nuevos ánimos que a mi amigo, muy por el contrario, le parece, cuando se lo comento ilusionado, una temeridad cuando no y abiertamente una mamarrachada porque, dice, “y qué te garantiza a ti que se te vaya a ocurrir algo nuevo” porque, dice también, si no se te ocurre, ese extinguirse tan sugerente no habrá servido para absolutamente nada; y el lector, que no espectador, se llevará una grandísima decepción, un enorme chasco que, por fortuna, ni ha lugar ni viene al caso porque ― “y ahí está si no ella”, dice ― la camarera ha regresado con paso muy vivo lamentándose con ademanes impacientes y tono muy alterado de haber extraviado su abridor y preguntando muy nerviosa si por casualidad lo habremos visto porque, de lo contrario, su cliente ― un individuo musculoso, de aspecto un tanto fiero y cara de pocos amigos ― montará en cólera cuando sea informado de que tendrá que tomarse un batido o, como mucho, un café con leche; y si monta en cólera agarrará una silla y destrozará iracundo el local o, quién sabe si no incluso, desenfundará su revólver y se liará a tiros con toda la clientela, y se organizará una tremenda masacre… Versaciones
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Continuará
08/13/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/alicia/porquelai.pdf Porque la intención había sido en un primer momento esa, la de continuar; pero ahora ― recordando cómo había, de pie ya él y yo sentado recogiendo los papeles aun, notado su mirada burlona clavada con mucho desprecio en mi coronilla mientras me remedaba en tono zumbón repitiendo un “rifirrafe” que me resultó terriblemente hiriente porque sonaba a “memo” o “gilipollas” ― no estaba seguro de si de verdad lo deseaba; o no por ese camino, por lo menos. Me quedé mirando a la ventana ― ventanal, en realidad, bastante grande como suelen ser en esos sitios ― pensando cómo lo harán, en las casas nunca están tan limpios… Te digo que no y punto; sé que dije en voz baja y, a mí mismo sólo en el pensamiento porque, vamos a ver: ¿tú qué quieres? Ya lo has oído. Me contesté: Algo más. Garabateaba, mientras tanto, en el reverso de algún papel absurdo, un ojo, una casita, un árbol y redondeles y palabras… sitios, limpios, una debajo de la otra y otra vez hasta cinco, o seis, o siete veces; y otro ojo, y una chimenea y humo… ¿tú, que quieres? Que llueva. Imaginando que sería bonito; y si no lo era se ajustaría a algún tipo de esquema… era, esquema, complementándose, apoyándose, reforzándose, el ánimo sombrío y goterones, gruesos, rebotando contra los cristales… ¡lástima! Te digo que no y punto. Pero de llover no estaba. No estaba de llover, y el cielo azul; pero y qué si, de fondo, el runrún incansable de una hormigonera. Así no hay manera. Y lo escribí también hormigonera, manera, pensando en trinos de pájaros que, rompiendo el aire frío de la mañana azul, pondrían el contrap… ¡Mierda!, ¡mierda, mierda, mierda dos veces “azul”! ¡Mierda! Hice una pelota con el papel y lo tiré a la… al cesto de los papeles no más mierda. Llamaron a la puerta. ¿Más mierda? Anda que, qué mañanita. Pensé no contestar, hoy no he venido, pero en qué otro sitio podrías estar, so imbécil a las once de la mañana en jueves. Así que dije pase y, una voz desconocida: aquí lo tiene. Mie… – Su expediente, sí ― atajó ―: el 27459. – ¿No había otro? ― repliqué, sin poder contenerme. – Sí, claro ― repuso ―, pero el que usted necesitaba era éste, pero traspapelado como estaba y, yo, en mi primer día de suplente… – ¿Qué pasa ― quise cambiar de tema por no perder los nervios definitivam… Carraspeé y seguí, como si nada ―, por cierto, con Gutiérrez? – Tenía ocho días de vacaciones pendientes. – Estará usted, por tanto, con nosotros hasta el próximo… – Viernes. Depositó el expediente sobre la mesa y me preguntó si quería algo más; le contesté con bastante sequedad que no, gracias. Se dio la vuelta, caminó erguido hacia la puerta y, con la mano ya en el picaporte se giró y ah, se me olvidaba. Dijo. Y que tenía que comer ― explicó ―, pipas, algo de grano y, muy de tarde en tarde, algún mendrugo… No continuará, lo juro. Versaciones
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Palabras
08/13/2023
El cartero
http://valentina-lujan.es/L/lasenoacracia.pdf La señorita Acracia las detestaba. Decía que todo lo lían y todo lo embrollan y que son, en definitiva y conclusión, unas biliosas; unas amargadas enredadoras que con sus una que si aquí me alargo, otra que si allí me elevo, aquella que si me quedo en suspenso, la de más allá saturada de ironía y aquella otra con cara de mosca muerta haciéndose la tonta con su tono inocente, eran todas muy falsas y muy engañosas y que no debiéramos las personas de bien tratarnos ni con ellas ni con sus sílabas ni con sus acentos ni con sus mayúsculas ni con sus diéresis ni con su nada. Que lo decía, con poquísima delicadeza, sin cortarse ni un pelo delante de ellas mismas, que allí, con sus vestiditos y sus pamelitas con puntillas, aguantaban en fila y orden alfabético el chaparrón lo mejor que podían haciendo, las infelices, verdaderos esfuerzos para no venirse abajo y deshacerse en lágrimas aduciendo — entre moquear y muchos hipos que no servían más que para irritarla aun más hasta el punto de sacarla de sus casillas y gritar “¿pero os dais cuenta de cómo no callan?” — que ellas no eran responsables de su ser y sólo víctimas desdichadas de “nuestro propio karma” que habrían de soportar, se lamentaban, mientras el mundo fuera mundo. Al final tenía que venir el director y hacerla entrar en razón “porque, Acracia, entiéndalo, necesitamos aun con todos sus defectos las palabras”; y a regañadientes la señorita terminaba por ceder y, “bueno, que se queden” pero, que por favor, no quería una sola insubordinación entre las esdrújulas, ni ninguna pálida entre las llanas ni que, entre las agudas, se le colase de rondón o de perfil ninguna flaca. Papeles Palabras
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