En un pueblo no identificado se celebra un fiesta muy tradicional y popular que incluye la práctica del black face (pintarse la cara de negro para imitar a las personas negras). Al finalizar la fiesta, dos de los participantes, un joven de 17 años llamado Javi y una chica de 25 años llamada Ana, descubrirán que la pintura se ha transformado en un tatuaje y que por lo tanto no se puede quitar. En ambos domicilios familiares y amigos se quedan atónitos ante esta situación. Inmediatamente se abren varias líneas de investigación al respecto, que van, desde verificar a cada uno/s de los maquilladores que participaron del evento, la fábrica en la que se adquirieron las tintas, a investigar a activistas antirracistas que durante años habían venido exigiendo el fin de esta práctica racista. Por otra parte se abren líneas de investigación con profesionales del sector médico, dermatólogos, psiquiatras, psicólogos, así como de la industria química para entender qué ha podido pasar y buscar la manera de revertir este hecho y ayudar a los afectados. Lo que hasta entonces se consideraba algo divertido e inofensivo cambiará para siempre las vidas de estas personas y de todos en el pueblo.
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