A lo largo de su prolongada existencia, Louis había visto cosas que ningún ojo humano debería haber visto jamás. Había presenciado acontecimientos que ningún ser humano podría sobrellevar. Le había quitado la vida a unos cuantos, y unos cuantos intentaron arrebatar la de él.
Luego de ciento veintiocho años recorriendo la tierra, creía indudablemente que nada ni nadie podía sorprenderlo, que nada podía cautivarlo. De esa manera, habían transcurrido los años de su vida. Si es que Louis podía llamarlo vida... Tal vez existencia, por momentos padecimiento. Pero aquella noche, donde la luna llena brillaba en todo su esplendor, pudo encontrar un vestigio de esperanza.
Tal vez, haber nacido un siglo antes, haber sido convertido en vampiro inmortalizando sus veintitrés años, ¿había sido el propósito para que esa noche pudiera estar recorriendo aquellas tierras? Quizá era el tiempo correcto para el que la vida lo había preparado a lo largo de tantos años.
A lo mejor, fue obra de un obstinado destino desviar su camino aquella noche, para que hallara en el lugar menos pensado a quien se convertiría en la motivación para comenzar a vivir otra vez.
¿Lograría que su marchito corazón pudiera volver a latir? ¿Sería posible que uniera su solitaria existencia con la pasional, intensa y colorida vida de aquel que lo cautivó por completo? Él era su antítesis, pero por sobre todas las cosas, un enemigo, a quien por naturaleza debería odiar, despreciar, y si fuera necesario matar; ¿pero cómo quitarle la vida a tan bella criatura?
Si lo hacía…, si se atrevía siquiera, estaría acabando con su propia vida, firmando una segura condenación al mismo infierno. Y, por el contrario, él sería la esperanza para entrar al paraíso, si es que eso existía para alguien como Louis.
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