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2308265149914
Alterego 3
08/26/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/Z/alteregconticuatro.pdf … este tipo de trampas: − No sé a qué se refiere con “ese tipo de trampas” ¿Qué pretende con ellas? Recuerde que usted está en su casa y yo en la mía. No podemos vernos… Usted lo ha dicho. Eso es verdad. Lo que no recuerdo es si nos movemos en el mismo plano de… ¿qué dijimos? − Bueno, eso depende. Aquí dijimos motivaciones y aquí dijo usted intereses. Lástima que, pero así son sus órdenes, no puedo mostrárselo. ¿En la casilla 30? Me temo, amigo mío que está usted en un error; no he estado nunca en la casilla 30. − ¡Lo sabré yo! Pero mal. Lo que es, y no quiero asustarlo, peor que no saber. − Pero como yo lo sé bien… En fin, no voy a insistir; usted mismo se caerá del burro cuando… En fin, ya lo verá con sus propios ojos. − No, sí, entiéndame. Le creo aun sin mirar porque estoy seguro de que usted tiene razón. Pero deme, por favor, la mía, la que me corresponde, para que yo ejerza mi derecho a defenderla y pueda darle la réplica convencido, tranquilo y en la seguridad de estar siendo con usted todo lo veraz que usted se merece. ¿Pero, y si todo lo que me merezco fuese poco? Yo, sinceramente, no me conozco tan en profundidad como para poder asegurar el poco o el mucho, de manera que… Porque pasa un poco como con la sal, para que usted me entienda; si te quedas corto siempre puedes añadir, pero si te pasas la habremos jodido… − No, claro, visto así y bien pensado, va a ser mejor que sea poco veraz, por aquello del por si acaso; y luego, si vamos viendo que usted se merece más, me iré si a usted le parece sincerándome. No sé si esa solución me convence. − Tampoco yo lo sé, no se crea; pero según vayamos viendo… Podría ser; pero imagínese que según vayamos no veamos lo mismo. − ¿Es una orden? El qué. − Que imagine que según etcétera… Porque, habiéndolo ya, como resulta obvio, imaginado usted. Tiene razón ¿Para qué imaginar los dos lo mismo teniendo usted, seguro, tanto que imaginar y por su propia cuenta? − No tanto, le advierto. Hay días en los que no imagino absolutamente nada. ¡Hombre algo imaginará! − No, si algo sí. Pero sin querer. Un poco así como que a lo tonto; no sé si me entiende. Y como me parecen, pues, lo que le digo, tonterías… ¡Las desimagina! − Digamos que lo intento, sí, pero fracasando casi siempre. No se puede usted imaginar el esfuerzo mental que representa el desimaginar. Eso de que no puedo es mucho, perdone que le diga, imaginar por su parte, porque qué pasa si sí puedo. − Pues que me habré pasado en la sal. Que no hombre, que no; que era una broma ¿Cómo ha podido usted imaginar que pueda yo imaginar el esfuerzo mental que representa el desimaginar? − O sea, que no puede. De momento al menos, y que yo sepa, me parece a mí que no voy pudiendo. Pero me gusta imaginar que lo conseguiré algún día. − Eso está bien. Hay que ser optimista. ¿Cree usted, de verdad, que hay que ser optimista? ¿Debo, o puedo al menos, creer yo que está usted siendo del todo veraz? (continúa) Alter
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2308265149884
Alterego 2
08/26/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/Z/altercontitres.pdf … no se convierta en un caballero, que quiero saber en todo momento con quién me estoy gastando los cuartos. − En un caballero nunca podré convertirme. Salvo en el caso de que lo hiciera sin querer; que viene usted de decirme, y repáselo para comprobar que no le miento, que puedo deber o poder o entender, pero de querer ni pío. Pues añádalo usted mismo ¿O tengo que dárselo todo bien masticadito? Además, lo que sí le he dicho es que estamos todavía en una primera toma de contacto, y que si lo nuestro prospera y llegamos a ir en serio etcétera, etcétera… ¡No me irá a decir que no se acuerda! − Si usted no quiere, no. ¿Qué me lo va a decir o que no se acuerda? Pero, bueno, eso no me preocupa mucho. Me importa más eso, que no se me convierta usted en un caballero sin avisarme. − Saldría usted ganando, le advierto. Que los caballeros… ¿Ha leído usted el Quijote?, trabajan de balde. Ah. Por lo de los cuartos. Es una expresión antigua que se utilizaba, antes, al menos, cuando yo era niño, en el pueblo de la Mancha del que soy oriundo pero, mire usted lo que son las cosas, el Quijote no lo he leído; y es que ya se sabe que en casa del herrero cuchara de palo. Viene a ser, para que me entienda, lo mismo más o menos que lo que vale un peine… − ¿La cuchara de palo? No sabría decirle. Tengo un cajón lleno, aunque son salvando las distancias de acero inoxidable, así que hace siglos que no compro cubertería. − De todas maneras lo que vale un peine debiera de corresponderme a mí, en buena lógica; que si lo traicionase y me convirtiera en caballero sin su permiso usted se enfadaría y adiós muy buenas. O tendría que cargar con ganas o sin ellas con su caballerosidad. Sabe perfectamente que lo necesito; le ruego, por tanto, que no se aproveche de ello haciéndome… (continúa) Alter
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2308265149839
Alterego 9
08/26/2023
Valentina Luján
http://valentina-lujan.es/A/alteregocintirep.pdf … mientras que a mí, y para que usted comprenda cabalmente mi proposición y pueda ― continuó ― darme la primera de sus réplicas aunque me hago cargo ― puntualizó ― de que así bote pronto, sin previo aviso ni haber ensayado, tal vez no se le ocurra ninguna; pero no se preocupe que ya se irá soltando, yo soy persona paciente, comprensiva, que además quiere que seamos amigos, de manera que le daré en todo momento el tiempo que necesite, me parecerá un ejemplo absolutamente sensato… o “razonable” si le gusta más, que no vamos a empezar discutiendo por un detalle tan menor, porque argumentaré que se lo estoy poniendo, precisamente, ese y no otro menos estrafalario, para que usted pueda confiar plenamente en mí entendiendo que lo he hecho para que no le quepa la menor duda de que estoy totalmente convencido de que es la persona despierta, de mente ecléctica que yo necesito… ¿le ha quedado claro, o hay algo de lo hasta ahora expuesto en lo que considere que sería conveniente profundizar? ¡Conteste, hombre de Dios! ― exclamo ante mi silencio, en tono que me pareció impaciente, algo crispado ― Su misión consiste, creí que lo había entendido, en… − Ya sé ― le dije ―, en rebatir, contradecir, impugnar, refutar todo cuanto usted diga… Sí ― él ―, pero… ¿está seguro? − De que no tenga que estarlo no hemos aún hablado nada. Pero si usted quiere… No. No quiero nada. Pero lo que quiero decir… − Así que sí que quiere. Y si quiere también que lo nuestro funcione será mejor que ya desde el principio lo diga abiertamente. Necesito saber a qué atenerme… Ya, pero corre usted tanto que… ― hizo una pausa que utilizó en sacar un cigarrillo que hizo el gesto de ir a alargarme, pero por alguna razón se le escurrió de los dedos y cayó al suelo; lo recogió, se lo colocó entre los labios y sacó otro para mí, que no se cayó, y con el mechero bic que sacó del bolsillo de su americana me dio fuego y encendió luego el suyo ―; pero, en fin, a mí me parece que quedaría mejor “rebatir, impugnar, contradecir, refutar”… Por lo de la rima, la cadencia, encuentro que resulta más armonioso… ir – ar – ir – ar. Pero tampoco es que quiera yo imponer ningún criter… aunque, sólo a modo de inciso, no ha dicho de qué color es el mechero. − ¿Importa eso? ― pregunté. Si quiere que le diga la verdad… − Quiero. Quiero ― yo, poniendo énfasis. Pues la verdad es que a mí nada; pero si a usted lo que le tira es el realismo, los detalles, me conviene saberlo para que nos movamos en un mismo plano de… qué palabra utilizaría usted, ¿”intereses”? − “Motivaciones”. Es más bonito. Estupendo. Utilizaré “motivaciones”. “Motivaciones” para mí e “intereses” para usted ¿Le parece bien? − La verdad es que no. Qué contrariedad. A mí tampoco ¿Quiere que cambiemos? − No. Pero si “motivaciones” le gusta más. − Ya, pero si usted se queda con los intereses a mí me corresponderá la… La mejor parte, es verdad. Y usted prefiere, como es muy comprensible, que la mejor parte sea para mí… Un gesto altruista que lo honra. Creo que vamos a llevarnos bien. − Yo no. ¿Y eso? − Quiero que se quede con la mejor parte porque ello implica asumir mayor responsabilidad. Mira qué listo; pero, ¿sabe?, termino de decidir que ni lo uno ni lo otro. Nos olvidamos de motivaciones e interés y lo sustituimos por “orden de prioridades”. − Me parece bien, y así cada uno ordena las suyas. Sigue usted siendo el listo. − ¿No le parece justo? Usted sólo tiene una. La de darme la réplica, que considerando encima que la mitad del trabajo se la daré hecha… − Vamos, y para no andar con ambigüedades ni medias tintas desde el principio, que no le parece justo. ¡Exacto! − Entiendo, así las cosas, porque muy listo no es que sea pero tampoco tan tonto como para no comprender, que lo procedente es que me olvide de todo este asunto y regrese a mi pastelería. ¿Y eso por qué? − Pues porque soy pastelero. Que qué le ha hecho pensar eso, quiero decir. − Es lo que se me ha venido a la cabeza. Resulta comprensible, después de todo porque, como usted muy bien discierne, si a mí me pareciese justo a usted le correspondería el cargar con la parte más ingrata, la de tener que considerar una suerte, una deferencia de las Moiras, el estar llamado a ser alguien grande cuando, y créame, que sé de lo que hablo, qué necesidad tiene si… Pero, en fin… (continúa) Alter
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2308255144813
Bernardina la del quinto
08/25/2023
La maquilladora
http://valentina-lujan.es/P/porquepasoaden.pdf Porque pasó a denominársela así, Bernardina la del quinto, al objeto de unificar de “una puñetera vez”, dijo Purificación uno de los días en que se le concedió el permiso —que tantas veces se le denegaba bajo el pretexto de que, como cuando Melinda tan fina preguntaba y por qué yo, no quería o de si era rara— correspondiente y firmado y con sello y su timbre de deleitarnos con su presencia tan inestimable, como siempre fue tan deslenguada, criterios porque ya estaba ella “hasta los mismísimos huevos”, tan apasionada, tan vital, que (aunque Clotilde fuese fiel a la esencia de lo que fuera propiamente el argumento no era lo mismo oírla, en sus propia voz y en sus propias palabras , que su tan neutro “Purificación esto, Purificación lo otro” o “Purificación se puso así o asá y dijo tal o cual cosa”) cuando entraba en acción en persona se entregaba a fondo y era la Purificación, de los pies a la cabeza, de la que todos gustábamos y en su propia salsa que, decía el suplente de Gervasio el de la sastrería aunque con infinita menos sorna ésta, lo mismo que el cerdo, no tie desperdicio “de andar siempre que si la de Gargayo, que si Albertina, que si Ernestina y que si doña y que si la…”. Así que Bernardina, para todos, y la del quinto aunque viviese en cualquier otro piso y, Amada la del de parques y jardines que también tenía su puntito en la lengua lo zanjó muy bien, punto pelota y a hacer puñetas y me marcho pitando que tengo yo hoy una montonera de cosas que hacer. Papeles
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2308255142512
Que ya veremos si va a resultar o no
08/25/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/querresnorre.pdf – Que resultó no resultar porque resultó — le explico, porque quiero que entienda que si las cosas no han prosperado por esa vía no ha sido por causa de algo de lo que yo sea responsable — que, ella misma me lo confesó, había sido muchas cosas en esta vida tan destartaladísima que llevo, y que, alg… – Algún día, cuando tuvieseis más confianza — sigue él, como si recitara, como si estuviese repitiendo de memoria algo requetesabido —, si vuestra relación no se iba a pique como se habían ido a la mierda tantísimos otros buenos principios… ¡sí yo le contara!... ¿Verdad? ― Me pregunta él a mí, como queriendo significar “¿es cierto lo que digo o no lo es?” ― Pero que siguieras, con lo tuyo, con lo suyo, que no lo quiero entretener que ya tiene usted hoy bastante lío porque fue una tarde…, lo recuerdas bien ― asegura, apuntando a los papeles con su índice mientras habla ― muy complicada, de mucha tensión y enormes dificultades técnicas por culpa de un avión que no te salía. – Un sombrero ― rectifico. – ¿Un sombrero? ― Él. – Un sombrero, sí ― insisto ―; no me salía, pero era un sombrero. – Como quieras ― él, como deseando zanjar el asunto de cualquier manera ―: un sombrero. Pero… – Un sombrero samurái; concretamente. – Tú sabrás ― él, un poquito impaciente, como contrariado –, pero… ¿Ya sabías hacer para entonces la pajarita y el dado? Porque yo no es que quiera desanimarte ― dice ― pero a mí me parece que el sombrero, samurái encima, para un principiante… – Pues no sé… A lo mejor es que aprendo muy deprisa… – Puede ser – concede, aunque me parece que de mala gana. Y zanja ―: te contaría, dijo, pero que una chica así, tan mona, y con aquellas botitas tan coquetas que tú le describías, le parecía que no… ¿Verdad, cariño? – “Verdad, cariño” … ¿A qué viene ese sarcasmo? – Ella; ella ― golpeando con el dedo él sobre los papeles. Y, algo irritado, me explica ―: ¡ella, al marido, desde lejos, que está en otra habitación y le habla, desde lejos, ella, con la mano en el picaporte de la puerta levantando la voz verdad, cariño…! ¿Es tan difícil escribir algo tan sencillo? – No; claro ― yo. – Pues entonces… ¡joder! – Lo que no entiendo ― arguyo, un poco balbuciente porque a veces me pone nervioso ― es por qué hay que ponerse así. – ¡Así o de cualquier otra manera! ― Responde, en el mismo tono ― Lo que quiero que entiendas es que… – Está bien ― le digo ―; está bien… – Al marido ― él otra vez ―, que se quedó un poco pensativo y terminó por decir “pues fíjate que yo diría que a mí me suenan”. – ¿Te suenan ― ella, dice, arrugando con incredulidad la nariz y mirándome, dices tú, con cara de “no le haga caso” ―, te suenan de verdad unas botitas con… perdón: cómo ha dicho usted que eran? – Con vueltas de piel, contesto ― escribes. Dice. – “Vueltas de piel”, ella. Escribes ― dice ―, “cariño”. – “Puede que un poco vagamente”, él, “pero sí, querida”. – Tonterías… – ¿Tonterías? – Ella, hombre ― yo, que parece que lo voy pillando ―; ella dice “¡Tonterías!”... ---- –Porque ahora ― dice ―, por aquello de que lo vas pillando y empiezas a tener las cosas claras, parece que me siento más animado. Pero cuando muy pocos días después volvimos a vernos lo encontré deprimido. – ¿Qué te pasa? ― le dije, cerrando la carpeta y dejándola a un lado. – Nada ― repuso ― ¿Qué quieres que me pase? – Nada… – ¡Pues a ver si es verdad! ― contestó, con un algo de sarcasmo y pidiendo “a ver esos malditos folios” que hoy, dijo, tengo poco tiempo que perder. ---- –Porque ahora ― dice ―, por aquello de que lo vas pillando y empiezas a tener las cosas claras, parece que me siento más animado. Pero cuando muy pocos días después volvimos a vernos lo encontré deprimido. – ¿Qué te pasa? ― le dije, cerrando la carpeta y dejándola a un lado. – Nada ― repuso ― ¿Qué quieres que me pase? – Nada… – ¡Pues a ver si es verdad! ― contestó, con un algo de sarcasmo y pidiendo “a ver esos malditos folios” que hoy, dijo, tengo poco tiempo que perder.
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2308255140358
En la caja del microondas
08/25/2023
Una cuñada
http://valentina-lujan.es/P/pqlapagvevalen.pdf Porque la página que usted ve en la actualidad es una especie de puzzle que he procurado armar lo mejor que he podido a partir de los papeles que aparecieron en el lugar que debería estar ocupando el pequeño electrodoméstico con el que no pude calentar unos canelones de los que ― creo que en alguna otra parte lo he mencionado ― no quiero nunca más volver a hablar. Y eso, fíjese, que no puedo quejarme porque ya le conté que cené bastante bien; y, en cuanto a ellos ― los canelones ―, y ya por zanjar el tema de los malditos canelones de una condenada vez, habida cuenta de que calentarlos no era posible, los freí a la mañana siguiente. Sí; los freí. Después de echar a perder la mañana sentada frente al ordenador los saqué de uno en uno con una cuchara de su bandejita original, los pasé por harina y los freí. Y bueno; no resultaron mal. Quedaron como una especie de híbrido entre rollito primavera, empanadilla y croqueta que me comí, luego, a mediodía, sentada en la cocina bastante contrariada ― aunque, ya le digo, estaban ricos y me satisfizo el encontrar para ellos una solución tan sencilla, que le recomiendo porque… pues porque soy bastante chapucera, poco exigente, la verdad, y me conformo en determinadas cuestiones con cualquier cosa hecha de cualquier manera ― porque, decía, bastante, ya lo he dicho, contrariada porque, entonces, todavía, no sabía que terminaría por comprender que lo mejor era dejar las cosas como estaban y que no había nada, nada absolutamente más que hacer. Papeles
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2308255140235
Jamás lo escribiría
08/25/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/versaciones/jamas.pdf Y no por lo que en aquel momento quise entender como virtud que me adornaba al querer imaginar que no lo haría por no dejar constancia de un mal pensamiento que pudiera atentar sin motivos probados contra la honorabilidad de Sonia pero que se manifestó de inmediato como un error de interpretación por mi parte sino porque apenas trascurridos unos instantes me di cuenta de que los motivos para no escribirlo deberían ser muy otros que por su trascendencia y la forma en que incidirían en las vidas de todos nosotros mereciendo constituirse en separata y argumento de lo que si las musas se mostraban propicias habría de pasar a la historia como el capítulo primero de este muy ambicioso proyecto o magna historia sino porque, no sé si debido a una cierta precipitación o porque mi amigo me incitase a hacer un experimento que a él se le antojó novedoso aunque yo tenía una idea aunque vaga de que ya lo habían utilizado escritores célebres, olvidé, en el primero de los supuestos, poner las comas y, en el segundo, las omití con plena consciencia de estármelas comiendo aunque con más de cierta desgana y muy escaso — puestos a hacer experimentos — apetito de gloria, o de fama o de… inmortalidad, dijo mi amigo, viendo que me atascaba. − ¿Y ahora qué pasa? — preguntó mi amigo viendo en este punto me atascaba. − No sé — le contesté —, pero hay algo que no me gusta, que no está bien. Echó él mano del papel, arrancándolo de las mías, y, tras leerlo despacio y en silencio parándose por instantes para dedicarme entornando los ojos miradas fugaces, lo dejó sobre la mesa y encendió, con parsimonia, un cigarrillo. − Tienes razón — habló al fin —, hay algo que no está bien. Y que pero menos mal que me había dado cuenta antes de darlo a imprimir, aunque, que también lo dijo, el escritor puede, por qué no, reservarse el derecho de mostrarse… sin querer, por supuesto — se apresuró a añadir — más o menos, y siempre a juicio del lector, sincero de lo que en realidad es o no es; o, que también puede darse, el de renunciar a él. Versaciones
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2308255139499
Pequeña historia increible
08/25/2023
La tía abuela Rosa Julia
https://valentina-lujan.es/A/andalocortarse.pdf Andaba loca por cortarse las trenzas; odiaba las trenzas que tenían que ser siempre e indefectiblemente trenzas. No podía ser un pelo suelto, o una cola de caballo, o lo que fuera. Tenían que ser las jodidas trenzas que odiaba. Después de muchas súplicas, ruegos y pataletas, había obtenido de su padre la promesa de que cuando cumpliera catorce años se las podría cortar y llevar el pelo como quisiera. Según se iba acercando la fecha miraba el calendario cada día… Pero aquella mañana de verano, sentada estudiando en la habitación pequeña, frente al armario negro de puertas desvencijadas y dos lunas, todavía tenía las malditas trenzas… No podía, por tanto, considerando que su cumpleaños es en primavera, estar teniendo más de trece cuando, una de las veces que levantó la vista del libro, vio su imagen en el espejo. Se le ocurrió pensar que tal vez lo que creía estar viendo era nada más un espejismo, que quizás ella nada más existía en su propia imaginación. La madre no estaba en casa, había ido al mercado y regresaría con la bolsa de cuero rojo – unas bolsas que había entonces siempre de color rojizo, que se utilizaban siempre para la compra, hechas de pequeños retalitos cosidos recortes, suponía, de la fabricación de bolsos – llena de verdura, o fruta, o carne congelada o pescado o patatas y todo aquello tendría sus colores, y sus formas, que serían una prueba de su veracidad. Y antes habría oído ella el ascensor subiendo, y el timbre de la puerta, y visto a su madre con sus ojos tan verdes entrar y… Pero el problema continuaba siendo el mismo; su imaginación podía estar creando a alguien a quien ella llamaba “mi madre”, y considerando peras o manzanas, o incluso cerezas, lo que ella – su propia imaginación – le venía mostrando desde siempre como peras o manzanas o cerezas. Se levantó de la mesa y se acercó a una de las lunas, y allí estaban sus trenzas; e hizo guiños y muecas y se dijo existo porque puedo hacer guiños y muecas. Y trató de canturrear un poco por lo bajini y se dijo a lo mejor sí existo porque puedo cantar, y cantar porque quiero y elijo cantar, y puedo oírme… Pero volvió a replicarse que su imaginación forjaba su voluntad y su canto, y el sonido desafinado de su canto. Y se pellizcó las mejillas, y se propinó pequeños cachetes, sin ningún resultado irrefutable. Hoy, tantísimos años después, recuerda el color del cielo de verano, y el color de la luz de la media mañana, y la ventana abierta y el rumor de las hojas de los árboles y el piar revoloteando de los pájaros. El ruido del tráfico era distinto, se ha ido modificando sin sentir desde entonces, y recuerda el zumbido ocasional de algún coche que pasó – muchísimos menos que ahora –, o alguna bocina, o las pedorretas tucu, tucu, tucu, tu de algún camión sin dirección asistida ni frenos de disco, que eran los camiones de antes. Y recuerda al cabo de tantos años los colores y los sonidos y los rumores y el piar de los pájaros de aquella mañana; y que su madre regresó al cabo de un rato… Y que no le preguntó mamá yo existo o nada es verdad y entonces qué podrías tú contestarme porque qué hubiese podido contestarle su madre. Papeles
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2308215110360
Historia de Lola
08/21/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/historiadelola.pdf Ayer, tomando el primer café de la mañana, vi, donde habían estado anteriormente las excavadoras y los jubilados con las manos cruzadas a la espalda, atracadas dos embarcaciones de recreo. Entré a contárselo a mi marido: “hay dos yates ahí abajo”. Él preguntó escéptico “¿dónde?”. – ¿Dónde iba a ser? No se acostumbra a que ahora vivimos aquí y parece sorprenderse, cada día, cuando se asoma a la ventana y se encara al panorama refrescante. A veces pienso que añora el barrio ruidoso, de calles estrechas y fachadas ennegrecidas por el humo, donde vivíamos antes; pero si se lo digo contesta que qué tontería, que está encantado y que, de haberlo sabido, hubiésemos debido mudarnos hace tiempo. – ¿“De haber sabido” ― le pregunto ―: qué? Responde entonces que ha hablado sin pensar, que ha dicho “de haberlo sabido” sin estar considerando seriamente que hubiera algo que saber. Pero no sé si termino de creerlo sintiéndolo, como lo noto, tan ausente y con deseo de regresar al interior donde, imagino, se encogerá de hombros e ignorará haber visto nada. Sospecho que lo que de verdad le desagrada son los cambios, sin importarle en absoluto que sean para mejor. Pero, bueno, miró aunque fuera sin muchas ganas y dijo: – ¿Yates? ¿Son yates de verdad esos barcos? –Sí. Quedaba un poco de café en el fondo de la taza y lo bebí de un solo sorbo; él opinaba, sin embargo, que eran veleros. Dejé la taza a un lado y dije «puede ser». No tenemos hijos. Si los tuviéramos quizás nuestras conversaciones fuesen distintas; no demasiado pero un poco más parecidas tal vez a las que mantienen los matrimonios que han de velar por seres de los que son responsables. Entonces diríamos, él o yo, «este chico o esta chica, no sé, pero lo encuentro raro o rara»; y el otro respondería: – ¿Tú crees? – Sí; parece triste últimamente… o distraído o, por qué no, un poquito absorta. – ¿En qué quedamos? – ¿Qué importancia puede tener eso? ― Alguno de los dos, un poco irritado ―: el asunto puede ser serio y, nosotros, aquí, parándonos en detallitos… – No veo la necesidad de dramatizar. – Tampoco yo; pero si te parece menos catastrófico lo podemos dejar en «sin terminarse de centrar, con la cabeza en otra parte», o algo así. No pretendo afirmar rotundamente que… Bueno: no sé. – A mí, en cambio, me seduce más imaginar que se trata de una persona alegre. – ¿Alegre? – Optimista. – ¿Por algún motivo en concreto? – Pues, así, al pronto… Pero alguno habrá. – Ya, pero sin ni una noción siquiera… Me refiero a, por precisar, esos diálogos mediante los que aun a base de desacuerdos se llega a conclusiones vitales por las que merece empecinarse y batallar aunque, cuando antes o después los ánimos se calman, se termina admitiendo que se siente lo siento y que no era para ponerse así. Pero no es el caso, ya digo; no al menos en la actualidad. En el pasado, sí: tuvimos un hijo. Nació y creció y durante unos años siguió siendo nuestro sin que se nos ocurriera ni por un instante sospechar o temer que algún día… Fue una imprevisión, ya lo sé, pero las personas normales y corrientes no se pasan la vida sospechando y temiendo; o no al menos constantemente y sin tomarse jamás un respiro. Había sido, creo recordarlo bien, un fin de semana complicado y no porque se acumularan contrariedades nada más y una tras otra; no: cuando los acontecimientos que se van encadenando muestran todos un perfil adverso se les coge el tranquillo y, yo siempre lo digo, se tira para adelante con una relativa facilidad. Lo malo de aquel fin de semana fue su discontinuidad, el que sin ningún criterio previsible se entremezclasen distintas piezas de diferentes puzles que tendrían que estar cada cual en su caja respectiva y, quien inocentemente levanta la tapa, intenta armarlo sin saber que va a ser imposible hacerlas encajar. Ya sé; ya sé que puede no intentarse, y dejar que las piececitas del puzzle o los varios puzles revueltos se mueran de aburrimiento esperando a que alguien abra la dichosa caja en la idea de encontrar una mantelería para doce o una manta eléctrica que en toda su vida buscará… Pero sé también, igual que todo el mundo, que… no se me ocurre nada especialmente ingenioso ahora mismo; no me importa ninguna caja ni qué pueda contener aunque mañana, o dentro de un rato, me dé de bofetadas porque necesito algo que no logro recordar en cuál está. Lo que quiero decir es que ni su padre ni yo estábamos de un humor del todo bueno ni decididamente malo, ni locos de contento ni al borde de la desesperación, ni tronchándonos de risa ni deshaciéndonos en lágrimas, ni aburridos como ostras ni… Bueno: el caso fue que mató al hámster. El niño tenía siete años, y sus manos... Versaciones
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2308215109494
Pensé que era mi madre
08/21/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/P/pensequeramim.pdf entendí enseguida que me convenía más que no lo fuese porque ― ella misma me lo recordaría y si no al tiempo, como siempre le gustó tanto darme sustos en su afán irreprimible de tenerme sometido y, más aun, cuando quería que yo dejase de hacer cualquier cosa en la que me viese muy interesado ― aquella tarde, precisamente aquella tarde, tuvieron que llevarla los vecinos a urgencias “porque como contigo, después de todo lo que yo he hecho por ti no se puede contar para nada” y, de paso, aparte del susto, hacerme sentir culpable a pesar de mi firme convicción de que lo que estaba haciendo era chantajearme; y, con una madre en el hospital, uno no puede centrarse y llevar a buen término una labor tan fina como lo es el sacar — y cualquiera que haya vivido tan angustiosa situación lo sabrá — indemnes de un tiroteo a todas sus criaturas. Así que, por eso, porque supe darme cuenta a tiempo de que era un error — o, bueno, “era”, no, mejor “habría sido” porque como no llegué a pensarlo ni fue ni cuenta —, dije (“escribí”, mejor, porque además recuerdo que no abrí el pico en toda la tarde) que había sido Celedonia. Pero ella, la señora de Ramírez padre, no se mostro molesta por mi acusación aunque un poco contrariada sí que estaba porque, explicó para justificar su cara larga, “¿qué pinto yo aquí si este insustancial (por el marido) agarra y va y dice que anda?”; y que si a ver si no era indignante después de haberle dedicado su juventud y toda su vida. Pero que ella quería rehacerla — su vida, dijo, porque su juventud le parecía ya irrecuperable a menos que se sometiese a una operación de estética, o a un lifting, por lo menos, y ella “no tengo a estas alturas yo cuerpo ni ganas de someterme a nada” nuevo — y que, por favor, me rogó, le proporcionase otro destino que le gustaría, a ser posible, de soltera o viuda sin hijos, ni nietos, “porque en esta familia nunca he estado, y aunque esté mal el decirlo, del todo a gusto”. Y, a mis esfuerzos por convencerla de que debía de estar equivocada o confundiéndose de hoja porque lo del señor Ramírez padre andando estaba yo en la idea de que venía mucho después, me respondió con mucha sequedad que a ver si es que yo, un recién llegado como quien dice, le iba a contar a ella cuando echó a andar su marido. – Intentaré solucionarlo — le dije —, y la tendré al tanto. – Vale. Pero que siga andando y, por favor, que no se le olvide a usted ni me haga trampas. Porque lo cierto es que me siento, no sé si se podrá imaginar usted cuánto, muy, pero que muy liberada. Versaciones
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2308215109302
Ha gritado socorro
08/21/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/hagrisoc.pdf y él se ríe cuando se lo digo y dice que no me cree; pero yo le digo que sí, y que se ha puesto en pie de un salto agarrando su bolso y apretándolo contra su pecho y que — una vez metido en faena, como suele decir mi madre, el comer y el rascar todo es empezar — con los gritos ha sobresaltado a una joven que, interrumpiendo bruscamente la conversación que entre susurros mantenía con el joven que la acompaña, se ha puesto de pie también ella de un salto derribando (sin querer) el vaso de refresco que tenía delante. – Ah — dice él, en tono burlón mirándome con escepticismo —, nuestra joven amiga ha derribado un vaso de refresco. – Sí — respondo —, sobre la mesa. Y que sin atender a los ruegos del enamorado… – ¿El joven que la acompaña está enamorado? – ¡Pues claro! – ¿De ella? – ¿Y de quién, si no? – Pues, no sé… — ahora mi amigo parece inseguro —; puede que la haya citado para decirle que no está seguro de sus sentimientos y prefiere romper su compromiso. – ¿Y por qué habría de querer romper su compromiso? Además — pongo en su conocimiento — es una chica monísima ¿Quieres que te la describa? – No. Puedo imaginármela yo solo — dice, en tono seco. Luego enciende otro cigarrillo y recita —: ha derribado el vaso de refresco que tenía delante sobre la mesa y, sin atender a los ruegos del enamorado… Y se me queda mirando, inquisitivo. – Sin atender a los ruegos del enamorado —reanudo — instándola a volver a su lado porque todo ha sido un estúpido malentendido por culpa, dice, de ese par de cretinos a los que alguien tenía que haber partido la cara hacía, según él, ya mucho tiempo — ha corrido despavorida hacia la puerta… – Pero la chica no alcanza la puerta — apunta, taxativo mi amigo. – ¿La chica no alcanza la puerta? — Objeto, molesto — ¿Y qué se lo impide? – Se lo impide un tipo rechoncho, que parece un poco harto, con camisa de manga corta a cuadros y gorra de visera. – ¿Lleva un arma? – No, olvídate del arma; sólo se rasca con gesto cansino la entrepierna. – Eso es ridículo. – No sé si es ridículo pero ese tipo es, respondiendo a tu pregunta, exactamente lo que rascándose la entrepierna con una mano mientras con la otra se seca con un pañuelo el sudor de la frente se interpone entre la chica y la puerta. – ¿Y por qué se interpone? — Pregunto. – No lo sé todavía — responde, acariciándose ensimismado la barbilla —; no sé por qué se interpone, pero se planta delante de la chica, y se rasca la entrepierna con una mano mientras con la otra se seca con un pañuelo el sudor de la frente y, en tono paternal, amable, casi tierno, le dice “alto ahí, muñeca, no vayas tan aprisa”. »– ¿No tan aprisa? — La chica, que parece irritada — ¿“Aprisa” cuando llevo semanas intentando salir de una maldita vez por esa jodida puerta? » Se ha dejado caer, con aire abatido, sobre una silla cualquiera y, acodada sobre una mesa cualquiera, sujeta su cabeza entre las manos lamentándose de que no va a conseguirlo nunca y ella lo sabe; de que llegará a vieja y morirá sin haber logrado zafarse de no sabe qué maldición a la que parece irremisiblemente condenada… »– Vamos; serénate un poquito, ¿quieres? » Y se quita el hombre la gorra de visera, y la deposita sobre la mesa, y da a la chica unos golpecitos afectuosos en el hombro, y le pregunta... Versaciones
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2308215097487
Ella se volvía tan feliz a su pueblo
08/21/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/versaciones/ellasevolvia.pdf Que describió como de montaña, o, bueno, casi mejor de valle porque las montañas estaban alrededor; un pequeño pueblo de valle — que me dio un poco de rabia, porque un pequeño pueblo suele quedar más literario de montaña, pero no me pareció ético sacrificar la realidad en beneficio de mi prosa —; pequeño pueblo de valle flanqueado por altas montañas milenarias por el que discurría un riachuelo, no muy caudaloso pero con sus pececillos y todo, que hasta alguna trucha creo que dijo, que regaba la verde campiña en la que pacían vacas y corderos y, al atardecer, los rayos oblicuos del sol poniente se reflejaban en las cristalinas aguas arrancándoles destellos cristalinos e irisados de rosas y anaranjados tonos malva… − Vamos a ver — mi amigo — si puede ser que nos centremos un poquito, que ana… − Ánades — me apresuro a rectificar —; ánades con sus plumaje azulado, y patas anaranjadas, que es, por lo que te decía… − Vale, patas y plumaje y cabeza verde y pico amarillo tan comunes, como todos sabemos, en los ánades… Pero, ¿cantan?, ¿vuelan?, ¿se posan en la ramas de los árboles alegrando la verde campiña con sus trinos?... alegres también, imagino… − Bueno, yo es que de zoología no entiendo mucho… − Yo tampoco — él —, pero así un poco a bulto me parecen, no sé, un poco grandes, y aunque cantaran o cantasen, como que no me los veo yo en la rama de ningún árbol… Y que mejor hubiera sido dejar que los anaranjados siguieran siendo violeta y, en las ramas, pues por ejemplo gorriones. Me muestro de acuerdo y me dispongo a continuar con la descripción del bucólico paraje, pero él me sujeta la mano y dice es suficiente. Suficiente porque, dice, para hacernos una idea de cuán pintoresco es el pueblo le parece que tenemos bastante; pero que, remontándonos a las primeras líneas de tu relato — que suele decir nuestro, pero esta vez, no sé por qué, se queda al margen — te sugeriría que, tal y como están las cosas (que puedo, si quiero, escribir el panorama) cambiases un pequeño pueblo por, simple y llanamente, un pueblo pequeño. Que, sí, puede que tenga razón y que lo cambie, antes de pasarlo a limpio; pero con el panorama y las cosas no sé qué hacer. Y, él, que pero eso ya lo puedo yo pensar tranquilamente en casa. Y, cuando ya estamos de pie para marcharnos, que si estoy seguro de que la chica dijo atardecer y sol en vez de ocaso y astro rey, que ya metidos en harina podría, por qué no, ser Helio y a lo mejor hasta con ese o Megisto. No sé qué hacer. Versaciones
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2308215095742
Había logrado recordar
08/21/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/habialogradorecordar.pdf con asombrosa nitidez a la fisioterapeuta dando un salto y poniéndose como loca de contento de pie y, secándose los últimos restos de lágrimas con el kleenex que arrojó luego con descuido — y “acertando a la primera, y no como otrosss” dijo mi madre , que cuando quiere zaherirme pronuncia unas eses muy largas — a la papelera del rincón, se volvió con los ojos radiantes de júbilo hacia el chico y preguntó si era aquello verdad porque, si de verdad era cierto y no una imprevisión más de “este sin fuste” , ella se volvía tan feliz a su pueblo y se olvidaba del apartamento y, antes de que las cosas se complicaran y se viera metida en una historia de amor “que podría ser muy bonita, sí, pero enamorarme no entra del todo por lo pronto en mis planes” — dijo ya muy tranquila —, hasta del polaco. – Pero, pequeña — doña Celedonia se llegó hasta ella y, retirándole con el pañuelo los restos de rímel que quedaban en sus mejillas, dijo en tono triste —, no es necesario ya que disimule. Y que era ya una labor, además de en exceso penosa, inútil el empeñarse en no querer reconocer que se había fijado en su marido pero — le dijo también — era ella, “es usted”, además de una jovencita encantadora llena de posibilidades y con toda una vida por delante, una profesional muy competente a la que no habrían de faltar ancianos a los que rehabilitar. ---- Con esa costumbre tan antipática que tiene de mirar mi trabajo por encima del hombro y traer a colación, tanto si viene al caso como si no, que podía yo muy bien haber sido otra cosa “tanta ilusión como le hubiera hecho a tu padre, toda su vida de mono, entre motores y aceites y embragues, el verte hecho un economista, o un abogado, pero dijiste «yo no quiero mancharme las manos» y, míralo al niño, hombre de letras”. Y con la misma cantinela siempre. Que luego, claro, me di cuenta en seguida de que tendría que cambiarlo porque era muy poquito probable que aquella joven a la que apenas conocía utilizase — y menos para referirse a mí, tan poquísima confianza como teníamos, habiéndonos visto no más de un par de veces — una expresión que era tan genuina (en su caso sí para referirse a mí) de mi madre. Porque después de haberlo centrifugado el chiquillo y con tanto esfuerzo me negué, en un tal vez último intento de salvar mi dignidad tras el nuevo y estrepitoso fracaso cosechado en las verdes campiñas, del profundo valle, tan perdido entre elevadas cumbres y los pajarillos etcétera del pueblo de la chica y tal— que me gustaría borrar del mapa, sí, pero no puedo porque, mi amigo me lo hace notar, no sé cómo se llama — que se quedara sin utilizar y sirviera, por lo menos, para enjugar sus lágrimas; que no sé si quedarían mejor dulces o amargas, pero escarmentado como estoy va a ser mejor (también por indicación de mi amigo) que no me atreva con ningunas. ---- que no tuvieran — “como éste”, dijo dedicando a su esposo una fugaz mirada resentida — el inconveniente añadido de no saber asumir que hay que ser fuerte, y valiente, y representar con alegría y hasta sus últimas consecuencias el papel que a cada uno “porque todos en esta vida tenemos el nuestro” — puntualizó — nos asignó nuestro creador incluso ya antes de nuestro nacimiento.
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2308205094045
Fuerzan a que la atención del observador se desvie
08/20/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/fuerzanaquelat.pdf por causa, sin duda, de esa natural tendencia de la condición humana a ― ya sea por salir aunque nada más sea de manera ilusoria de la rutina tan tediosa, ya por gusto innato o aprendido de meter las narices en lo que a uno no le importa ― engolfarse, quedarse boquiabierto y embobado, ante todo cuanto promete ser morboso. Versaciones
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2308205093963
Innato o aprendido
08/20/2023
Sergio Escalante
https://valentina-lujan.es/alicia/innatoapre.pdf en el que no me voy a detener porque como dice mi amigo ya tengo “con lo que te espera por delante tajo suficiente” como para poderme permitir el lujo de no tener que meterme (so pretexto tan socorrido siempre para el escritor como lo es el hurgar en los pasados de sus criaturas en busca de quién sabe qué viejas, emponzoñadas heridas sin cerrar que justifiquen caracteres conflictivos o aspectos, a veces tan detestables, de personalidades que no habiendo encontrado por el recto camino la manera de expresarse derivan, de manera inconsciente, hacia formas de proceder muy perniciosas) en filosofías y menos ahora, precisamente ahora que había logrado recordar y sin esfuerzo alguno tras largas semanas de infructuosa lucha, cuando regresaba anteayer en el autobús a media tarde de comprar unos útiles de bricolaje y, al mirar por la ventanilla, toparon por casualidad mis ojos con unos geranios color rosa que me obligaron a, sobresaltado, bajarme en la parada siguiente para tomar el metro e ir a regar los tiestos de mi tía ― que me había recomendado que no se me olvidase cuidárselos mientras hacía un pequeño crucero por las islas griegas ni poner, eso me lo recomendó sobremanera, su agua y su comida al periquito ― tras diez o doce días de irlo dejando ora y entre tantas preocupaciones, ¿verdad?, como todos tenemos por una cosa ora por otra pero con la tranquilidad de que, desconfiando de mi mala cabeza, el animal estaba en mi casa, en su jaula, perfectamente atendido con su cotidiana ración de semillas y su agua siempre fresca… ¿Por qué me había, en tal caso ― querría saber mi amigo, que se pone a veces muy exigente con los detalles; pero preferí imaginar que ya discurriría una razón irrefutable en cualquier otro momento en que estuviese menos excitado o, al menos, no tan inspirado como para no tener meridianamente claro que lo peor que podía hacer ante situación tan venturosa era perder la serenidad ― sobresaltado? Las respuestas podrían ser múltiples y variadas, pero la que ganó frente a argumentos no menos fútiles que la en extremo peregrina idea de que mi tía ― mujer de temperamento adusto que jamás sintió el menor interés por visitar las islas griegas ― amase (por no entrar en pormenores ni caer en la tentación de ensañarnos dando cuenta de cuánto hubo de sufrir el buen hombre, que era un bendito aunque de escasos posibles pero la adoraba pese a que el abuelo lo había advertido “usted verá, pero tiene un temperamento horrible”, durante las cuatro décadas que se demoró Dios en llamarlo a su diestra) los periquitos fue, contra por un lado todo pronóstico y mi voluntad por otro, algo tan del todo extravagante como que ya tenía ― “¡Pero, coño! ¿Es que no lo ves?”, me gritó ― la solución al porqué de no poder terminar de encauzar lo que venía diciendo cuando, por cualesquiera de las diversas variopintas circunstancias aleatorias que pudiéranse por ventura o desventura terciar o por cualquier otra que no acertase yo a prever, alguien se había equivocado de mujer. Traté por todos los medios de persuadirlo de que eso era impensable o, para expresarme con mayor precisión al objeto de disipar todas sus dudas, que tan sólo podía pensarse a modo de diver… – ¡Divergencia! ― Me interrumpió, muy alterado ―: divergencia entre la realidad y la ficción ¿Pero qué importancia tiene eso pudiendo ser diver… – Divertido; sí. Es justo lo que estaba tratando de decirte. – Decirme, ¿qué? ¿Qué puedes decirme cuando sé de sobra que tu única tía padece ornitofobia? ¿Cuánto puede importar eso si… – No sé, pero es cobalfobia. – ¿Cobalfobia? – Sí. – ¿De veras? – De veras. – ¡No jodas! ― Y que es, dice entre carcajadas, para descojonarse de la risa pero que, recuperando la seriedad, puede ser divertido. – Para mí, sí ― le digo ―; mientras lo pensaba y eso… Pero a la hora de, pues como que no lo veo. Dice entonces que me deje de melindres... ---- Había enviudado, pobre mujer, recientemente; y su psicólogo le había encarecido lo enormemente beneficioso que le resultaría cambiar de aires y ver cosas bonitas. mientras regaba los tiestos, por ejemplo, o colgaba algún cuadro o reparaba un grifo con cualquiera de los utensilios que, ¡maldición!, había olvidado en el asiento de al lado, del autobús, con el sobresalto.
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2308205093918
expte8549237g
08/20/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/expte8549237g.pdf Que es el que Gutiérrez me trajo cierta mañana al objeto de que procediera yo a hacer determinadas comprobaciones imprescindibles para que se pudiera proceder a un desahucio pero, para mi sorpresa — lo que desde luego no habría ocurrido si se hubiese tratado de una comprobación rutinaria , pero, al tratarse de un tema bastante delicado contra el que al parecer ya se habían, según supe por compañeros que lo conocían de antiguo, interpuesto innumerables recursos y el caso, además de estar trayendo cola (véase si no el número de expediente tan antiguo y lo amarillenta que está la hoja), era no poco atípico me alargué, como cosa excepcional, un poco más —, el folio nº3 era este, esta página que puede verse a la derecha; página que no habría tenido nada de especial ni de alarmante si no fuese porque lo reconocí, nada más verlo, como inequívocamente redactado por mí, pero, he ahí lo curioso y muy posible causa de la perplejidad de Lola que, ahora lo entendía yo, debió de ser sin dudo el motivo de su visita, yo no es sólo que no lo hubiese escrito todavía, es que no tenía, ni había tenido jamás, noticia alguna de los tristes sucesos que en él aparecían relatados. Versaciones
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2308205092645
Es quizás la última vez
08/20/2023
Felipe Ledesma
https://valentina-lujan.es/alicia/esquizaslaul.pdf porque la del tercero, el uno, se mudó a casa de la hija y ahora vive lejos y está según dicen muy mal de las piernas de modo que es posible que, un día por otro y tan integrada como estaba, con su silla, en el descansillo, vaya posponiendo el volver y, la otra, la de al lado que enviudó, tan puerta con puerta que se podía haber hecho cargo sin grandes trasiegos de su Yumma y de todas sus cosas, quedó tan afectada, la pobre, tras la muerte del marido, que tiene la cabeza bastante perdida y don Arnaldo, tan meticuloso, prefirió no contar con ella por miedo de que se confundiera, de piso o en memoria (como lo adoraba y era tan despistado) y nos organizase, sin intención de armarla, tan buena que fue siempre, algún desaguisado que a ver cómo se enderezaba luego conservando la distribución de los espacios y los tiempos de forma que las piezas encajaran sin necesidad de variar demasiado las estaturas ni las edades y teniendo cuidado de conservar las voces porque Cándida, en cuanto una no le suena, sigue dormitando como si tal cosa, sin reaccionar ni importarle qué diga ni hacer preguntas de si es mejor la elección de tal palabra o de cual otra o cuál es la forma más acertada de distribuirlas dentro de la frase que les da cobijo, y dejándonos sumidos, en su somnolencia ella, a todos en un mar de dudas en el que manoteamos, desconcertados, ignorando si a la deriva o sin rumbo o si lo correcto estaría siendo decir “desorientados” porque, como muy bien decía la señorita Acracia, las palabras son muchas y bulliciosas y suelen pelearse unas con otras para ser ellas, cada una, la que acapare el significado de en qué quien las dice está pensando o qué quiere trasmitir a quienes lo escuchan, y terminan armando tanto ruido y un barullo tan grande que el presidente, desesperado, amenazó en la última sesión con que si tales hechos volvían a repetirse mandaría desalojar la sala. Podrás imaginarte la conmoción que esto causó en todos los ánimos y de qué manera cundió la alarma que, sobresaltada no esperando una salida tan intempestiva, se disparó y causó muchos destrozos que en tanto no sean reparados hacen inviable el utilizar el recinto habitual; pero ya se han puesto manos a la obra Gervasio, el de la sastrería, y el nieto pequeño de doña Celedonia, tan habilidoso, de manera que es muy posible que todo esté arreglado para la junta siguiente y, por tanto, que es por lo que te digo que quizás y etc., retomemos el sistema habitual de que los exámenes sean orales ya que a las señoritas suelen gustarles más porque incluso las más torpes atrapan los errores sobre la marcha, al vuelo — que es normal, claro, porque sólo preguntan lo que ellas se saben — y se evitan el tener que andar corrigiendo las faltas de ortografía. Espero no haber puesto muchas ni haber escrito nada que pueda molestarte. Un abrazo y hasta la próxima avería. Fin De una de las tantísimas versiones que, al igual que este Apuleyo ―don, porque era clérigo (hermano, por cierto, de la querida del pescadero que tenía su puesto enfrente del de las Gongordiola) ― dieron, en su momento y en su día, otros tantos participantes en el juego de los motes como, por poner un par de ejemplos, Felipe Ledesma o Sergio Escalante; alumnos, ambos dos y un largo etcétera, de distintas señoritas ―entre las que podemos mencionar, Violeta, Berta, Marcela u Oriana― o de diferentes profesores como, por poner otro par de ejemplos, don Cliptemestro* o don Sisenio. *En pie de página Versaciones
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2308205092348
Eso era impensable
08/20/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/esoeraimpens.pdf pero no ― a nadie se le vaya a ocurrir imaginar semejante disparate ― porque mi tía fuera ni muchísimo menos el prototipo de mujer inconfundible sino porque mi tío, su marido, un individuo corpulento y con unos bigotes imponentes cuyo aspecto desmentía con creces la condición de desdichado cónyuge apocadillo y sin arrestos (además de con escasos posibles) que su destino cruel le había asignado y que no debe olvidarse era un bendito y la adoraba era, sin embargo, un tipo tan enormemente distraído y hasta tan extremos tan insospechados que, y aun pese a quererla como a las niñas de sus ojos, se pasaba la vida equivocándose de esposa cuando la acompañaba a comprarse guantes o sombreros y salía del vestidor de los grandes almacenes (en que él indefectiblemente se perdía) alguna otra señora que él, en su despiste, en absoluto ni remotamente reconocía como costilla propia e inherente a su constitución ni a su para nada noble – aunque tampoco, entendámonos, del todo deplorable ni merecedor de ser tildado de atrabiliario o algo casi peor (si es que cabía) ― linaje; pero mi amigo me recomendó reservar esta historia para otro momento cuando, si en alguna ocasión se me quedaba la mente en blanco o las musas (que por lo visto son terriblemente caprichosas, dice él, y tiene mucha experiencia) me abandonaban, ahí estarían, el tío y la tía aguardando y encantados de que el mundo entero conociese su enternecedor romance; pero que por favor, me rogó, no ahora y “cuando además tienes pendiente” ― encareció ― el asunto del papel para envolver (no “bacalao”, y que a ver si iba a confundirme; no “bacalao” sino “regalo”) y dejar, zanjado de una vez por todas, el asunto del pingüino del señor Ramírez padre.
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2308205088747
En mi despacho
08/20/2023
Felipe Ledesma
http://valentina-lujan.es/alicia/enmidespa.pdf mirando aburrido a través de los cristales como el hombre accionaba sin aparente esfuerzo su enorme y complicada máquina mientras que yo me sentía sobrepasado, cansado, agotado y asqueado, allí, sentado tranquilamente — diría mi madre, que el trabajo intelectual lo ha valorado siempre en muy poco y, si alguna vez me he querido quejar del esfuerzo mental que requiere, la concentración que es necesaria, lo muy duro que es el trabajo del escri… − El escribano, ya — ella, que nunca me deja terminar las frases — ¿Y qué hacéis total los escribanos más que dar fes y poner sellos? − Y timbres, mamá — que no sé para qué le explico nada —; los escribanos, como tu dices, también ponemos timbres, pero yo no… − Ah. O sea — como nunca me deja terminar —, que tú ni siquiera eso… Anda que, si tu padre levantara la cabeza, tan trabajador que era… − Pero, mamá, mamá, que no te estoy hablando de eso… − No, claro; si tú, con tal de cambiar de tema y no tener nunca una conversación en condiciones con tu madre cuando quién mejor que ella para comprenderte y aconsejarte… − Que no, mamá, que es que yo, si me dejaras… − Pero si bien dejado estás, ¿o no haces lo que te da la gana? − No, mamá… − Ah, ¿Qué no?... Pero, no, claro que no; tu haces lo que te manda ese amigote tuyo que, ese sí, te tiene, y tú sin darte cuenta, trabajando como un negro y, a mí, en cambio, un halógeno fundido en la cocina desde hace tres meses nunca tienes tiempo de venir a ponérmelo… Pero, ¿sabes qué?, que hoy no tengo ganas de discutir, y además estoy agotada porque he estado tres horas, tres horas en la modista probándome el traje para la boda de tu prima… − Pero, ¿qué prima? — salta, con lo furioso que me pone que se coloque a mi espalda y los ojos fijos en la pantalla como un búho, bisbiseando —, ¿qué prima si tu única prima es sobrina de tu padre y sabes que no nos hablamos desde hace un montón de años… Que, para una vez que parece que la cosa se encarrila, con personaje nuevo y todo, tanta ilusión que me hacía estrenar un personaje y las sorpresas que podría darme y tanta vida como podría yo darle… − Pues haberle dicho — mi tía, Luisa, que ha vuelto de su viaje y viene a recoger a Indalecio; y que se lleva por cierto fatal con ella —, y la habrías dejao chafada, que hablabas de la del coche. − ¿Y tacho la de la boda? − La del coche, hombre, la prima del seguro del coche. − Pero si no tengo coche. − Ay, mira, hijo, sobrino… Tu madre que no tienes prima y tú que no tienes coche. Y que pero qué desastre de familia es esta y qué poquito y que mal nos comunicamos cuando, precisamente, ella sólo venía por ayudar, por aportar alguna idea, pero, que, en fin, se marcha… − ¿Y no se lleva a Indalecio? — mi amigo. − ¿Y porque iba a llevarse a Indalecio? – María de los Dolores. Pero es que María de los Dolores, como es tan nueva o tiene poca confianza todavía, se ve que aun no ha fisgoneado en mis papeles…. Que me paro a mirarlos, por cierto, y, pues, oye, no se ha dado tan espeso como me sentía mal la mañana hoy, que como quien no quiere la cosa casi dos. Le pongo el capuchón al boli y me marcho a comer, que son las tres. Versaciones
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2308195087867
No continuará, lo juro
08/19/2023
Sergio Escalante
http://valentina-lujan.es/alicia/elsemuest.pdf Él se muestra sorprendido y quiere saber el porqué; no de su sorpresa sino de mi desánimo. – Pues… ― Y sé que lo miro con cara de que a mí sí . – Sí ― insiste, sin prestar la menor atención a si lo miro de una forma o de otra ―, cuando apenas si, como quien dice, has empezado. – Mira ― respondo. Y, por aquello de que una imagen vale más que mil palabras, le tiendo los folios. Él los toma rezongando, en tono zumbón, así como de mñe, mñe, mñeñe “una imagen vale más que mil palabras… ¡gilipolleces!”; y los baraja. – Seis ― dice, levantando una ceja y arrojándolos sobre el tablero ― ¿Es una guarrería de seis folios una derrota en condiciones? – Ni siquiera te has dignado leerlos ― protesto, débilmente . – ¡“Ni siquiera te has dignado leerlos”! Los agarra de nuevo y se pone a leerlos, fumando, de medio lado en la silla me parece que sin muchas ganas; yo, mientras tanto, hago dobleces en una servilleta de papel… – ¿Algo importante? – pregunta, mirándome un poco de reojo. Ya me parecía a mí que… – No creo ― respondo, sin alzar la cabeza. – ¿Seguro? – Casi seguro ― y sigo doblando… – No sé ― dice ― pero… Dice; y que a veces se hacen las cosas sin pensar y, luego… – Está bien ― digo, y dejo la servilleta a un lado ― ya veo que no te interesa. Y alargo lo mano, decidido a arrancarle los papeles de las suyas y hacer una pelota, o romperlos… – ¿Por qué estás tan…? ― se para, y resopla, y posa los folios sobre la mesa y se mete los dedos entre el pelo; y que si lo que tengo es un secreto, que perdone… – ¿De qué hablas? – De nada, de nada… Olvídalo. Es sólo que pensé que, a lo mejor, ahí estaba la clave; algún rastro, indicio, alguna anotación… tal vez. – Pues no ― y vuelvo a la servilleta, a doblar otra vez… – Oye, por cierto, ¿cómo es el tweed? – ¿El tweed? – Sí. – Y yo qué sé… ¡El tweed; qué me importa a mí el tweed! – No… Ya… ― dice ― si es una tontería; pero que se me ha ocurrido de repente… De esas cosas que se le quedan a uno ahí, en la cabeza; cómo cuando no consigues poner la cara, o el nombre a alg… Pero, bueno, déjalo… – ¿En un bolsillo? ― Pregunto, intentado recordar vagamente. – No, no, déjalo… – ¿El derecho? ― Perseverando, no sé si erróneamente, en mi posiblemente muy desmañado intento. – Déjalo te digo… ¿Qué más da? – ¿Una americana gris? ― Sigo indagando… Porque como yo sé que tengo ese vicio, esa manía, y que puesto a ahondar en un asunto me gusta llegar hasta el final por mucho que pueda disgustarme, me planteo que el utilizar como recurso estilístico un defecto con el que me noto tan identificado, que vivo como tan mío por más que me mortifique, puede hacerme sentir si no propiamente feliz en mi recién estrenado rol de escritor sí, por lo menos, medianamente cómodo… – Gris; sí… – No tengo ninguna americana gris; de tweed, quiero decir . Y si la tengo tampoco yo sé si es de tweed. Lo que pasa es que… bueno, pensé que podía tener su gracia… – ¿Más gracia que si fuera de franela, o de pata de gallo? – No. La misma… No sé ― me quejo ― a qué viene ese tono burlón, esa retranca… – Bueeeeno ― dice ―: sólo era una broma, una manera de tratar de sacarte de esa actitud en que estás hoy tan… ¡Qué coño te pasa! – Está bien ― y me avengo resignado a hacer un ridículo que, como siempre he sido un fracasado, ya veremos si no me sale hecho una… un desastre ― ¿Te acuerdas cuando hablamos aquello, lo de los expedientes? – ¿Las margaritas? – Sí, pero ― rectifico ―: eran petunias. – Ya, bueno, pero que… Y gladiolos. – Sí ― porque eso sí era cierto ―. Pues, se me ocurrió, pensé que… Basándome en la idea, no sé si me entiendes… Rizando, como si dijéramos, un poco más el rizo… No sé si lo ves… – Más o menos. Pero no sé si lo noto yo muy… – Pues se me ocurrió que… Porque hay mañanas, en el ministerio, de muchísimo trabajo y… pensé… --- entendámonos; pues ya que no escritor, que a la vista está, seré sí cuidadoso incluso con los pequeños detalles. De que a mí sí me sorprende… su sorpresa; claro está. Lo cual me hace suponer que es algo que puede ser obviado, sin interés alguno ni importancia ni trascendencia para lo que ha de suponerse será el meollo del relato. versaciones
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