Magdalena corría por las calles de Zaragoza, a oscuras, ninguna luz había encendida a altas horas de la madrugada. Pensaba que alguien la estaba siguiendo y continuó un poco de trayecto con un ahogo en el pecho que no la dejaba respirar. No veía a nadie por allí, solo el resplandor de la luna que la guiaba en su camino hasta la estación de tren.
Al llegar a aquel recóndito lugar sonó un toque de trompeta, que anunciaba que el tren iba a salir en menos de cinco minutos, así que ella corrió con
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