Decidió que viviría, de ese momento en adelante, con la cabeza en las nubes. Ahora conocía cuál era su estado natural, la mejor manera de no perder la razón en los universos caóticos, disonantes y átonos en los que había habitado hasta entonces, desde que era capaz de recordar.
Un universo en del que tantas veces había abominado. En el que el uso de la razón, los actos de contrición y las penitencias no merecidas se diluían en los presentes efímeros.
Su vida era la realidad reflejada en un universo en el que la razón nacía y moría en cada instante vivido. En un espacio sin ayer, ni hoy, ni mañana. Sin pasado, sin presente y sin futuro, en el que el tiempo solamente estaba canonizado por la emoción.
Esa era su área de seguridad, ese era su refugio, ese era su riesgo asumido.
Por eso, aprovechaba cualquier ocasión para sentirse parte de una realidad que solo existía en ella.
All rights reserved