Londres, 1899. La joven pintora Eliza Atherton aparece muerta en su estudio, rodeada de lienzos, óleos y un poema arrugado a su lado. Aunque todo parece apuntar a una muerte natural, la escena deja tras de sí una inquietud difícil de ignorar. La investigación recae en Marius Sterling, inspector de Scotland Yard, un hombre metódico y escéptico que pronto se verá obligado a atravesar una red de silencios, rivalidades familiares, ambiciones ocultas y afectos envenenados.
Pero la muerte de Eliza no solo abre una pesquisa criminal: también resquebraja la percepción de quienes la rodearon. Entre ellos destaca Esmeralda Winterbourne, una anciana de sensibilidad extraordinaria, cuya mirada sobre la pérdida, la memoria y lo invisible introduce una dimensión psicológica en la que la frontera entre la cordura y la sugestión empieza a borrarse, en el límite entre la intuición y la necesidad humana de encontrar sentido allí donde la razón no basta.
A ello se suma la voz de la propia Eliza, que observa desde el otro lado cómo los vivos reconstruyen su historia, la deforman, la recuerdan o la traicionan. Entre la intriga, la tensión psicológica y una atmósfera victoriana cargada de sombras, La dama que pintó su propia tumba disecciona los vínculos entre el arte y la muerte, entre la verdad y la representación, y entre lo que vemos y aquello que preferimos no mirar.
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