Atractiva, con temperamento… Su nombre de batalla era Aranzazu y su mérito fue formar parte del comando Donosti. Fue la única mujer policía infiltrada en las filas de ETA. Esta es su historia.
Contaba apenas veinte años cuando los ojeadores policiales se fijaron en ella; era guapa, con desparpajo, con temperamento. Nadie tuvo que convencerla. Era una convencida. La captaron, la adoctrinaron, le enseñaron a chapurrear el euskera. Se movió en los entornos de movimientos antisistema y paso a paso se fue convirtiendo en una habitual del mundo abertzale de San Sebastián. Hasta que le llegó el toque. Quien contactó con ella fue Kepa Etxebarria, un liberado de ETA. Necesitaba piso para esconderse y coche y chófer para moverse con seguridad. Aranzazu dijo sí a todo. Abrió la puerta de su casa y la convirtió en el piso franco del comando etarra. Una casa sembrada de micros y controlada en tiempo real por los servicios antiterroristas se mostraron eufóricos. El comisario que la captó montó un despliegue de seguridad en el que participaron una decena de agentes con un único objetivo: blindar a la infiltrada.
En medio una historia de celos entre los miembros del comando que se enamoraron de ella, una lista interminable de nombres de integrantes de ETA que pudo dar y un gran golpe final; logró hacerse con los planes y objetivos que este comando tenía previsto llevar a cabo en el momento en que ETA diera el pistoletazo de salida y rompiera la tregua. Fue la caída de Kantauri, detenido en Francia, lo que volteó el tablero. Todos los que estaban bajo su control trataron de huir. Y entre ellos, el comando Donosti. En su intento fueron detenidos los dos etarras, Polo y Etxebarria.
Aranzazu fue puesta bajo protección inmediatamente. Una medalla de plata de la Policía fue el gran reconocimiento que le hizo el Estado. Durante años, su fotografía, como en los carteles del lejano oeste, estuvo en todas las herriko tabernas… «Se busca».
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