Dicen que los niños y los borrachos son los únicos que dicen la verdad. Los primeros porque todavía no han aprendido lo prácticas que son las mentiras; los segundos, porque no están en condiciones de medir lo peligroso que es ser sincero.
Todos mentimos a diario. Algunas son pequeñas mentiras sin importancia, como cuando le decimos a nuestro jefe que hemos llegado tarde a trabajar por culpa del tráfico; y otras son de mayor gravedad, como ocultar un cadáver en la nevera.
Carlos, nuestro protagonista, mentía moderadamente, como todo hijo de vecino, hasta que sufrió en sus carnes los efectos devastadores de una gran mentira y decidió erradicar las mentiras de su vida. Y se hizo Poligrafista.
Pero vivir sin mentir no es fácil. Que un empresario requiera de tus servicios profesionales parece una buena noticia… Hasta que te enteras de que el empresario en cuestión es narcotraficante.
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