¿QUÉ FUE DE ARREGUI?: Nunca estuvieron entre la élite de los grandes empresarios, no se hicieron millonarios y pasaron a formar parte de la clase que mira al resto de sus mortales con el desdén o la suficiencia de los que saben que pertenecen a un reducido grupo de gente para el que no hay más lealtad que el beneficio puro o duro. Ni mucho menos, siempre fueron pequeños empresarios de su pequeño lugar en el mundo que apenas hicieron otra cosa que aprovechar el momento que vivía su país, donde todo parecía que estaba al alcance de los más osados con sólo proponérselo, que no había más voluntad que la derivaba de un buen bajo de billetes, que el que no se subía al carro era porque no podía o no sabía, no valía en todo caso, no era un emprendedor como ellos, palabra mágica de una época con la que muchos creyeron haber llegado a lo más alto de la escala social, a la modernidad incluso, adonde había que llegar para ser algo en la vida, Luego la realidad ya se encargo de ponerlos en su sitio, y sobre todo de evidenciar que apenas fueron otra cosa que negociantes o simples propietarios de bienes, como lo fueron sus mayores allá en el campo con el ganado y las tierras, metidos a empresarios de relumbrón, y todo ello gracias a las facilidades que otros pusieron a su alcance para que medraran todo lo que pudieran y, en especial, aprovechándose de una manera de hacer las cosas en las que honestidad era un concepto algo más que relativo, fluctuante, era una gran pamema a la que se acogían cuando les convenía para poder seguir creyendo que actuaban, si no de acuerdo a la ley, al menos no siempre, al menos sí a un código de conducta en los que los valores seguían siendo los de siempre, los que se habían traído del pueblo, apenas otra cosas que un narcisismo de barbecho, algunos con un par de letras en la sesera incluso osaban llamarlo liberalismo en alpargatas. Y así les fue cuando estalló la crisis, cuando estalló todo, no cayeron en lo más hondo, ellos nunca lo hacen, pero acaso sí en la depresión de descubrir que todo había sido un espejismo, que ni habían subido tan alto, ni eran tan listos, tan especiales, como el mero acopio pecuniario les había hecho creer. Y entre tanto, a lo largo de ese relato de ascenso a la vanagloria y caída a los infiernos de la decepción, el conflicto generacional entre el pragmatismo rústico del tío entrado en años y experiencia y el sobrino idealista, ilustrado e ingenuo que cede una tras otra a los embates de una realidad personal, familiar y económica que le conduce por caminos que nunca antes había creído y querido transitar, uno más a la deriva en eso de la lucha por la vida. Y también, también, el desfile de todo tipo de personajes de una época con los que el relato resultante acaba oscilando entre el realismo más crudo al surrealismo esencialmente chusco, el país en suma. Y cómo no, por encima y a lo largo de toda la historia, entre los tiras y aflojas de unos y otros, el relato de un modo de hacer las cosas que sólo puede dar en el sarcasmo, las peripecias viajeras con sus poco o más de aventura y exotismo, la picaresca con su trama de pillos y juzgados, la presencia omnímoda de Arregui, el banquero.
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