Tus ojos, encerrados en una jaula de cristal
siempre me recordarán a los de una anaconda
vil y traicionera, preparada para atacar
en cuanto se abra el cristal.
Había lágrimas, desesperación y pasión.
Había sueños, estrellas para tocar.
Y sí, había una pajarraca que grajeaba
cuerva, y con deseos de fastidiar.
Puede que me pidas perdón a lo que es mi sinrazón
o, que ya te hayas cansado del pregonero
y, ¿vienes a mí en plan pelotero
para inspirar tus juegos garabateros?
Sí: paz y bien, hermana.
Si
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