(Imagen de la red)
Dejé de soñar con doce años. Padre, portero de una hacienda, se encargó de ello. Era ludópata y su afición al póker se llevó los ahorros, su reloj, las alianzas, la cadena de oro de mi comunión, los pendientes de la abuela. Hasta mi posibilidad de estudiar, quedó sobre alguna mesa.
Madre dejó de oler a lilas para hacerlo a lejía y jabón de escamas; trabajaba a destajo en casas de los señoritos. El sueldo de conserje era humo y los pocos duros del esfuerzo de mamá ni rozaban
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