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10113 results found for tag:"prosa".
2310015455978
De gatos y guantes
10/01/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/Q/Resulta%20apetecible.pdf Pero, ¿no es cierto que resulta apetecible y enormemente cómodo echar mano del sabio, del maestro, y decirle “aquí tienes mi vida, vívemela, que para eso tú sabes, y, cuando me la hayas dejado que me siente como un guante, me la devuelves”? ¿Pero y sí, como ese viejo dicho de que gato con guantes no caza, el guante nos obstaculiza el forjar, con nuestras manos libres, esa vida propia? La nuestra, de cada uno, que ofrecer al maestro, entonces sí, y decirle “gracias”, por haberme guiado, pero no llevado en brazos como una carga. Que se dice muy pronto, ya lo sé. Pero resulta tan delicioso, ¿verdad?, que te lleve en brazos quien sabes que no te dejará caer. Si soy sincera he de reconocer que a veces pido, de manera más o menos explícita (o taimada), "¡¡¡llévame en brazos!!!". ------------------ En comentario al párrafo 20.8 del libro 49 respuestas a la aventura del pensamiento. http://www.aventurapensamiento.com/
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2310015455930
De vuelta a las cavernas
10/01/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/B/devueltalascavernas.pdf Que luego, pensando más despacio, considero que a lo mejor no sería tan malo: volver a las cavernas, olvidarnos de tantos siglos de civilización y de tantos cachivaches y trastos de que en nombre de ella, esa supuesta civilización, nos hemos ido poco a poco rodeando y dejando esclavizar; y volver a salir de las cuevas desnudos, con todos los recuerdos borrados, y empezar de nuevo a construir un progreso distinto basado en cimientos diferentes, encaminado a otros fines quizá menos mezquinos. Y terminará por suceder, de algún modo; y lo mismo que civilizaciones anteriores que parecían del todo imbatibles quedaron reducidas a la nada sin más rastro de su existencia que unas cuantas piedras que acuden a mirar los turistas en sus chanclas, con sus pantalones cortos y sus cámaras de video al hombro, esta cultura nuestra del asfalto y las máquinas y tanto movimiento y tanto ruido, y tantas palabras pronunciadas para no decir absolutamente nada, desaparecerá igualmente… o de otra manera y, total, para dar paso a otra época que se volverá a aniquilar a sí misma… ¿Y así siempre? Nunca he entendido, y ello es quizás porque me falta cultura, por qué a lo largo de la Historia, pueblos muy distintos y distantes de otros tanto en el espacio como en el tiempo han caído en idénticos errores con independencia de cuales hayan sido sus creencias, sus dioses, sus héroes o sus pensadores. Existe pensamiento filosófico en todas las latitudes del planeta, de todos los colores, y tan bien argumentado y planteado el que nos dice “todo es, nada cambia” como el que asegura que “nada es, todo cambia”. ¿Cuál, de entre dos afirmaciones tan dispares, es la verdadera? Tal vez lo que ocurre es que ambas tienen un algo de cierto; pero en tal caso no parece necesario que ni quienes elaboraron una teoría ni los que alentaron la contraria se tomaran la molestia de discurrir nada… No hace falta ser filósofo para darle al coco, ni ser religioso para tener un criterio personal de qué es correcto o incorrecto, bueno o malo; ni ser legislador para decidir qué es admisible y qué es intolerable. Es sí intolerable que la conciencia renuncie a su derecho delegándolo en qué dictan las leyes que mejor se acomodan al momento, y que las gentes obvien su criterio propio, o el que deberían tener como seres no sólo pensantes sino también sintientes ― no únicamente de sus propias sensaciones o apetencias o debilidades o inclinaciones sino del latir de la vida en todo lo que no forzosamente piensa pero sí con seguridad siente ― ante lo que no estaría mal que fuese enjuiciamiento limpio y desprovisto de argumentaciones mentirosas y sesgadas de sus propios actos… Así matar es malo; y todo el mundo está de acuerdo en que lo es pero. Y ese pero abre las puertas a condicionantes que puede que tarden en arraigar, sí, pero terminan por instalarse en las mentes, y en las almas, hasta hacernos comulgar con la idea de que bueno, tal vez debamos ser comprensivos para con el crimen en según qué casos y transigir, como algo normal, con la pena de muerte, o con la aniquilación de tanta vida que acarrean las guerras, o con el asesinato de criaturas no nacidas porque, de un día para otro, alguien decide que aquello no es una persona; y al amparo de la ley prescindimos, por comodidad o por egoísmo, de qué íntimamente sabemos ― sin la sombra de una duda y por mucho que argumentaciones engañosamente científicas nos quieran persuadir de lo contrario ― como incuestionable porque… vamos a ver, que alguien me explique por qué si aquello alojado en el vientre de una mujer no es vida puede crecer y desarrollarse. Y así matar a un criminal no es delito, y masacrar a las gentes porque hay una declaración de guerra de por medio tampoco lo es, y que millares de mujeres asesinen a los hijos que estaban gestando porque resulta que antes de no sé qué semanas un feto es nada más una masa informe se ha convertido en un derecho. Me he desviado del tema... ¡Pero para eso estoy en mi página y en un mundo en el que se proclama que se tienen tantos y cuántos y tales o cuales derechos!
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2310015455855
Dicho y hecho
10/01/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/D/dichoyhecho.pdf Existirá, seguro que existe en el mundo tan grande, algún ser solitario, o no tan solitario, para quien la principal motivación para tirar de su vida ―o para intentar entender ese mundo grande, o los pequeños mundos de sus congéneres o el suyo mismo― sea el crear; lo que sea, pero crear. Crear justamente aquello a lo que se siente impulsado y para lo que aún de forma un tanto subjetiva se considera capaz. Y se pone a ello. Se pone sin mayor ambición ni inquietud ni expectativa que aplicar a su obra todo su poco o mucho saber hacer, sin más propósito que, una vez terminada la obra, poder decirse a sí mismos “ahora hay en el mundo una nueva creación que es lo mejor que he sabido crear”; y a ello dedican su tiempo, su esfuerzo, sus desvelos y, ya puestos, su aceptación de que la labor a la que con tanta pasión se aplica bien puede ser que sea ignorada o, caso de no ignorada pero sí enjuiciada por cualesquiera criterios o sensibilidades distintos de la suya, calificada de mala, de carente de valor alguno. Si el ser solitario, o no tan solitario, se para a hacerse la consideración de que tal vez su pequeña hazaña ―pero “Magna Obra” a sus ojos y a su juicio, que para eso son los suyos y está echando el resto― va a correr tan negra suerte, ¿qué hará?, ¿abandonar aun antes de haber empezado porque total a quién va a importarle? Puestos en esas tampoco va a importarle a nadie si el ser solitario, o no tan solitario, respira o no respira; ¿y dejará por eso el ser solitario (o no tan solitario, ya; que me lo salto por no repetirme) de respirar? Lo que pasa es que hay otra cuestión, que, esa sí, tiene su miga. A saber: Hay que ganarse la vida. Pero aquí me asalta la pregunta ―que a lo mejor al ser (y ya no entro en si solitario o no, que no quiero ponerme pesada) también―, o, mejor, dos preguntas. Una ¿Qué es ganarse la vida? Otra ¿Cómo ganársela? Y otra más ―anda, mira, me están saliendo tres― ¿Para qué ganársela? Y, una cuarta ―que empieza una y se lía, se lía― ¿Qué vida no hay que perderse para ganarse la vida? Y como hacerme las preguntas sé, pero contestarme se me da peor, no se me ocurre mejor cosa que preguntarle al ser (el de marras, ya digo), que para eso está ahí y lo mismo hasta para eso me lo he inventado yo, que qué diría él. Y, a la primera, va y me salta con ―que, de verdad, por qué tendría yo la ocurrencia de pedirle ayuda― que a qué me refiero; porque, dice, que si estamos hablando de la inmortal o de procurarse el sustento. Y como veo que conteste lo que le conteste va a seguir sacando punta al tema con que si sustento para el alma o para el cuerpo, me hago la loca y le digo bueno, mira, déjalo aunque sea y pasamos directamente a la segunda. A esa, el “cómo”, contesta más deprisa; que me suelta con enorme desparpajo que es muy fácil, que para ganarse la una no hay mas que sacrificar la otra. A la tercera, el “para qué”, me suelta que depende de lo ambicioso que se sea, y que si se es mucho se sacrificará la del sustento, y que si se es menos pues la otra. Y que como cuánto soy yo de ambiciosa. Pero, yo, bajo el pretexto de que no estoy muy segura de que en su respuesta no se haya liado, o querido liarme y cruzado los términos, le digo bueno déjalo y vámonos a la cuarta. Entonces es él el que se zafa argumentando que le parece que me estoy alargando mucho, que incluso ―me sugiere― podría resumir y quitar paja. Entonces voy y me pico y le digo que lo resuma él ya que es tan listo. Y, sí, me lo resume con un breve discurso en que me cuenta (a grandes rasgos, que es en síntesis) que, y que por cierto ya lo dijo Serrat muy bien cantado, no hay que confundir valor y precio. Y que, si el precio es verdad que lo puede determinar un experto, no menos verdad es que el valor de lo que no tiene más precio que el valor que tenga a bien el darle (por sensibilidad o por criterio) quien no tenga qué ganar ni qué perder con ello no tiene precio. 19 de mayo de 2018
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2310015455718
El movimiento
10/01/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/E/elmovimiento.pdf El movimiento, es algo tan normal. Todo lo que tiene vida se mueve, incluso los caracoles aun en su lentitud. O las hojas de los árboles, en esos días calmos en los que se dice al mirar por la ventana, “no se mueve ni una hoja”. Y creciendo; cualquier animal o planta va ocupando más espacio a medida que crece, luego ese espacio de afuera que se ve tan paulatinamente invadido “sabe” que eso que está ahí se mueve y lo… distorsiona. La cotidianidad está toda llena de movimientos no quizá intencionados pero sí consentidos; aceptados sin cuestionarlos porque son necesarios para la simple subsistencia. Hay que llevar la mano a la boca para comer, por ejemplo, aunque sólo en el caso de los humanos. El resto de los animales come llevando su boca (o pico) a la comida. Excepto los elefantes, a lo mejor, que me figuro que comerán con la trompa. Hay también movimientos inocuos, que se ejecutan sin intención de hacerlos pero tampoco se aplica voluntad en evitarlos; son prescindibles pero tampoco pasa nada porque estén, y se los deja permanecer y repetirse. Otros movimientos no son en sí propiamente voluntarios, y muchas personas si se imaginaran observadas mientras los ejecutan se sentirían humilladas; pero se transige con ejecutarlos, como ineludibles, aun a sabiendas de que se vivirá siempre con la vergüenza, el peso de la culpa, del “pude no hacerlo” (porque puede no hacerse y comprobado, por extraño que parezca), aunque justificándolo, escudándose, en que ha sido como mal colateral e inexcusable para la realización de cualquiera de tantos actos — innobles y groseros, y grotescos, por más que a veces (muchas veces) se los disfrace de poesía — a que los humanos, tan orgullosos por otra parte de vuestra libertad, estáis, como los galeotes de la antigüedad, amarrados al duro banco… Hay otros movimientos que, esos ya sí, bajo una apariencia a la que a simple vista no hay nada que objetar son decididamente perversos y dañinos. Se pueden ejecutar en público y nadie reparará en ellos; quien nos vea hacerlos no se sorprenderá ni se sentirá agredido ni ofendido ni encontrará que estamos haciendo algo raro; si alguien nos viera sonrojarnos y preguntara por qué se quedaría pasmado si le dijéramos que porque ese movimiento que terminamos de hacer es tan… Y, ‟ ¡pero si no es nada!”, diría, alguien, y hasta podría sonreír. Pero sí pasa. Y mucho. Son esos movimientos que si se cede a la tentación de realizarlos nos estarán abocando a la derrota y al fracaso; y tirarán por tierra quién sabe si todo lo conseguido a lo largo de un proceso y de un trabajo que puede en ocasiones llegar a sentirse agotador o insufrible. Un trabajo hecho a base de quietud, de estar alerta a no mover ni un músculo que, por una contracción de más o de menos, por insignificante que sea, puede estar (y lo está, y bien dispuesto y con frecuencia) abriendo la puerta a toda una cohorte de demonios o algo muy parecido. Los demonios no es que vayan a renunciar a su presa así como así; pero tendrán que buscarse otras mañas y otras vías. 29 de octubre de 2012
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2310015455619
En 1020 palabras
10/01/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/E/en1020palabras.pdf Se viene hablando, pero ya desde hace años, de que los jóvenes leen poco; tantos años que desde que comenzó a comentarse hecho tan lamentable somos muchos los que hemos ido poco a poco dejando de ser aquellos jóvenes que ya leíamos bastante poco entonces… La literatura es o debe ser, ante todo, un arte. Y como todas las artes ha de evolucionar, transformarse y ― del mismo modo que un día la pintura dejó de ser figurativa ― dejar de ser la recreación de un mundo y de unos hechos que no precisan ya de ella, ni de su descritibilidad ni su secuenciabilidad, para mostrarse. Otras artes han crecido, o madurado, y han ido haciéndose adultas, distanciándose e incluso independizándose y a veces hasta renegando de y aun traicionando a la tangibilidad, la audibilidad, la visuabilidad en que se apoyaron y que fueron los respectivos porqués de sus orígenes. Hoy, a un cuadro ― y sobre todo a un buen cuadro de hoy ―, no es ya sólo que no se le exija mostrar la realidad tal y como la vemos, es que ni siquiera se espera de él semejante inmediatez tan previsible; es más, se le valora en más si se limita a que todo cuanto haya de expresar o trasmitir se concentre en el color por el color mismo, o en la textura por la textura misma, o en… No voy a meterme en más dibujos porque salta a la vista que entiendo muy, pero que muy poquito, de pintura. No es imprescindible, sin embargo, dominar esto o aquello para darse cuenta de que si los tiempos cambian por qué la literatura ha de permanecer tan anquilosada. Hasta hace relativamente pocos años todo cuando quedaba fuera de nuestro entorno, nuestras costumbres, nuestros hábitos, nuestros colores, nuestros sabores, nuestro país, nuestra ciudad o incluso nuestro barrio resultaba lo bastante exótico y lejano como para que mereciese la pena el permanecer embebecidos empapándonos de la descripción que minuciosamente, paso por paso, palabra por palabra, se nos daba de un lugar o de una circunstancia o de un acontecimiento que, para resultar no ya un poco sino muy asombroso, necesitaba nada más salirse un poquito ― con apenas ‟un poquito” bastaba ― de lo corriente o estar sucediendo en algún punto del planeta donde dábamos por seguro que el destino no iba a depararnos el, ni en sueños, poner jamás los pies. Hoy casi todo el mundo ha puesto ya los pies en casi todas partes. Y hemos paladeado sabores lejanos, e incorporado a la cotidianidad rasgos y colores de razas de otras gentes con las que nos codeamos como cosa normal en los trasportes públicos, y aceptado como un hecho corriente la incorporación de un bombardeo con su sangre y sus correspondiente cuerpos desmembrados al café de la sobremesa… de los fines de semana, sólo de los fines de semana, porque entre semana se come ya de pie o sentado en un banco alguna de esas viandas precintadas en plástico que hasta ayer por la mañana mismo eran casi impensables, aquí, en esta nuestra tierra ― de madres esforzadas que aliñaban cocidos, y nos planchaban la raya del pelo, y nos daban para él si nos pasábamos de la, y nos freían a prevenciones y advertencias, y llegaban pese a todo a tiempo a todo porque aun alcanzando apenas para tanto como había y con tan pocos medios que sacar adelante él, el tiempo, corría o parecía correr bastante más despacio ―, y allá, en cualesquiera tierras de cualesquiera otros hijos de madres tan esforzadas y tan diferentes de las esforzadas madres nuestras. Pero todas aquellas diferencias se han acortado, y el mundo imaginable es mucho más pequeño y el tiempo corre infinitamente más rápido; y el mundo inimaginable ya lo han plasmado en imágenes directores de películas tan taquilleras como Harry Potter o El señor de los anillos o La guerra de las galaxias (que hablo por hablar, o ‟escribo por escribir”, porque no he visto ninguna, de ninguna de las partes, de ninguna de las tres). Y, sí, es cierto que antes de llevarlas al cine existió la novela en la que cada una de ellas se basó; pero los textos de todas ellas hubiesen podido nacer directamente como guiones cinematográficos sin que nadie que llame literatura a la literatura las echara...
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2310015455527
En su frente tan alta
10/01/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/E/eltactodulzon.pdf El tacto dulzón de las olas rompiendo filas a reír helado de hienas contra vientos mareadas y vacías para volver, de inmediato, a la guarida y esperar que cunda — crecido como la espuma — el tiempo por llegar acompañado de todo su séquito y, a los lados, jalonando el camino alfombrado de voces enmudecidas que dejaron de escucharse para dejar oír no en su lugar perdido sino en tierra de nadie que no se desvivirá por entenderlas ni traducirlas a otras lenguas ora de fuego (como las bíblicas) ora muertas de frío o aburrimiento, descalzos y en harapos los escasos astutos que sobrevivieron; se desliza, sin demorar su azul en verdes esperanzados ni grises mugrientos, parsimonioso y luciendo, en su frente tan alta, el brillo oleaginoso de una unción rala y rayana con la más baja de las líneas que separan (ya por la fuerza ya con buenas razones) nunca ni para siempre aquí el bien allá el mal. 11 de abril de 2012 Soliloquios
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2309295439112
Entre desechos
09/29/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/L/lavidadesga.pdf La vida desgarrándose en instantes y la muerte estúpida negándose a qué negar el nada ya que queda de vivirse ni el qué será lo que en no viviendo se resiste a ya no ser más que olvido de unos huesos y un poco más de un algo de amasijo de qué sé yo qué intestinos, ni qué venas, ni qué sangre ni qué humores que transitan de la nada del ya a un del todo irrecuperable qué pudiera; y sigue sin saber por qué ni adónde, y sin querer ni vivirse ni dejarse, y sin dejar que quien vive a duras penas a penas no menos duras dé el portante. Y, dicen, que hay otras cosas, por ahí dentro; y que, en algún rincón entre desechos, un destello de un algo inexistente que, cuentan, es inmortal y que se llama por lo visto alma. Dicen, también, que existe la esperanza. 19 de noviembre de 2012 Soliloquios
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2309295439068
Espejito, espejito
09/29/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/C/cuandomemiroalespejo.pdf Cuando me miro al espejo y el espejito me dice “cuando los otros nos miran creyéndose estarnos viendo no imaginan que nosotros los miramos y creemos que, lo mismo que nosotros, ellos piensan que sabemos que apenas somos las sombras lo mismo que lo son ellos de lo que nunca vio nadie ni en su mirar ni en el nuestro” yo le contesto “espejito, espejito no me mientas, no me mientas espejito que sabes que te estoy viendo”. Y si el espejo responde “qué importa que me estés viendo si termino de decirte que me ves porque te pienso” yo me quedo sin palabras, sin palabras ni argumento para explicarle “espejito, espejito tú me piensas porque me miras creyendo que al imaginarte pienso que, lo mismo que los otros e igual que imaginan ellos, te crees que cuando me veo no sé que me estoy mirando en el espejo que creo”. 11 de septiembre de 2015 Soliloquios
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2309285434363
La voz y la palabra
09/28/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/L/lavozilapalabra.pdf La voz y la palabra La voz, las palabras, las inflexiones, la entonación, las pausas, los gestos de que se las acompaña, la forma de mirar al pronunciarlas. Todo ello lo tiene cada cual guardado, en su caja de herramientas. Sólo hay que, en cada momento, saber elegir las más convenientes, combinarlas bien y en consonancia con lo que se esté deseando trasmitir al que las escucha. Algunas personas manejan con habilidad las herramientas, y resultan convincentes. Y logran los resultados que buscan. Algunas personas no saben manejarlas. Y saben que no saben manejarlas ni distinguir cuál es ante cada situación la más adecuada, la que mejor encaja con el resto de los componentes del elenco que representará lo que quiere decirse y cómo quiere decirse. Pero saben sí que son peligrosas con sus dobles filos y sus inflexiones y sus pausas y sus gestos y la manera de mirar al pronunciarlas. Y tratan de evitarlas. Algunas personas no saben manejarlas, pero creen que saben manejarlas. Algunas personas saben jugar con ellas, con la voz y las palabras; pero saben también que como sólo se trata de un juego no hay que tomarlas demasiado en serio. Los silencios, en cambio, son más reacios a prestarse a trampas y a juegos. Más directos y más elocuentes. La única verdad que cada ser humano puede regalar a sus congéneres lleva siempre y en todo lo alto, a modo de adorno, un lacito de silencio. 18 de septiembre de 2017 Soliloquios
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2309285434332
Ligera, como una pluma
09/28/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/H/habiaperdidoeltiempo.pdf Había perdido el tiempo, un zapato, y la oportunidad de rectificar. Lástima de zapato, pensó, rascándose el entrecejo entreverado de recuerdos tan angulosos que las uñas captaron al vuelo que no iba a ser necesario ser Pitágoras para entender que piezas tan irregulares sería mucha casualidad que pudieran encajar. Consideró la conveniencia de sentarse a descansar, en una piedra, la primera que encontrase al doblar la esquina de la calle erizada, por alguna enigmática razón, de redondeos en su contra siempre; pero hubo de conformarse con dejar caer, cuan larga era y en absoluto corta, aquella habilidad tan suya para ―desprogramada, si, y a lo mejor hasta un poco herrumbrosa; pero que siempre había pesado en las almas de sus detractores no más, pero si lo suficiente, y aun necesario, como para obligar a que anduviesen ellas un poco escoradas, siempre del lado contrario al del avance calamitoso pero pacífico y bastante locuaz de un desconsuelo cargado de puntualizaciones y advertencias tanto, a ratos, de que podía no resultar del todo procedente dar un no por respuesta (acompañado sí de una sonrisa, y envuelta en una amabilísima polémica), tanto, a otros, de que no cabría, por más que se la ajustase y recortara, posibilidad ya de perdón ora de enmienda―, una vez deshechos los nudos con infinita paciencia y atado, con dos lazadas de cordón el zapato que sí le quedaba, despojarse una por una y con gesto metódico, pausado, de todas aquellas prendas que la adornasen cuando aun desconocía que no eran de ella. Y se sintió ligera como una pluma. ¿Por qué, tonta, has esperado tanto; tan fácil como era? 29 de marzo de 2019 Soliloquios
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Mi corazón y el mar
09/28/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/m/micorazony.pdf Como los peces se habían ido a los bocadillos del sermón de la montaña ya estábamos solos mi corazón y el mar comiéndonos, nerviosos y bastante cohibidos, las respectivas uñas y buscando ― él a su manera y yo a mi modo ― por entre las conchas de coquinas verdinegras arrastradas en su batir cansino hasta la orilla, un tema del que hablar o en torno al que, caso de no encontrarlo o de no haberlas, guardar algún silencio que no fuese a la larga, muy larga de nudos en la garganta espera, avergonzarnos el haber elegido conservar, salvar, hurtar a la extrañeza. Parpadeó y, uno pequeño, rezagado, de escamas opalinas que pensamos había seguido la partida de su raza, le dio irritado en su extremo casi-nada-ser un coletazo que lo hizo, desatendiendo los latidos de éste, estremecerse en toda la profundidad de sus ignotas simas que, arrojando en un profuso vomitar de espumas laceradas no perlas sino sapos y culebrillas angostas y errabundas y sin nácar, lo dejó como inerme o estrambótico y, al que en mí por alentar se denodase, apenas con arrestos para sin enajenación de su obturado acuerdo de ser hasta su fin latido mío, cantarle, sin pudor ni estertor, un bolero o las cuarenta o la gallina de pico romo y como al sesgo en crípticos requiebros o cumplidos, completos, saturados, de rodares de ruedas de molinos que giran y se agostan y se espantan y horadan el insomne estrangular de mil vinilos. Latió al fin, y pestañeó en su arrastrar su desganado ritmo el mío herido ya por un rayo escondido, de azul, que se escurrió estafado, aullando en el instante agudo del cuclillo, inmolador, innombrable, atenazado, clavando en sus palmas las agujas de cientos de pequeños amorcillos de nadas, de estampidas, de galopar en alto de estandartes, de escindidos azares de holocaustos, como fines, como estráticos amaneceres de amantes que se esquivan, como arranques ralos de flores secas al borde de senderos que desvían la recta sinuosidad de lo oprimido y, en el fondo, atardeceres a la espera, espesa, decorada de bruñidos acordes de fragmentos de otros tantos dislocándose y dejando, en su decrepitar, la carne en vivo retrato, escorzo, bosquejo desteñido de oblongas, amoratadas madreselvas o hinojos o rododendros o escotillas; como llamas que lamen y que matan a los muertos que escarban en sus vidas de agosto, ya sin brotes, sin hijos que mecer en cunas sin orígenes, ni cuentos que contarles ― al amor o al olvido que se infiltran o expanden ― de oleajes de calostros manando de sus pechos y sus manos que hacen trizas los restos calcinados de octavillas consignando que, ayer, cuando despiertes, será el día. Guárdate de mí; le musito a mi oído. 29 de septiembre de 2010 Soliloquios
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2309235392484
Mujeres en la residencia de (algunos) estudiantes
09/23/2023
Alicia Bermúdez Merino
http://valentina-lujan.es/m/mujeresenlaresid.pdf No voy a negar que lo de “algunos” va con un punto de… digámoslo abiertamente, mala uva (que puedo también y por qué no evitar tanta apertura en el decir) pero es que – siempre lo dije ― y sé que alguna vez se lo comenté a (…) y me argumentó que es que no tuvieron tiempo para… Vale, pero como yo le dije “imagínate un chiquito en su pueblo; muy listo, pero en su pueblo y con de eso que en los pueblos se llamaba antaño pocos posibles. Como el chaval vale, porque vale, los padres rompen la hucha y, ataviado él con su mejor traje (el de los domingos) maleta de cartón llena de vituallas en ristre, se dispone a tomar el tren camino de la capital. − Pero, y digo yo ― la madre ―, nosotros no tenemos familia en Madrid ¿Dónde va a vivir el chico? − Qué cosas tienes ― el padre ― ¿No va a ser estudiante? ¡Pues se hospedará, que la palabra lo dice pero tú no te fijas, en la residencia de estudiantes! − Ah ― la madre ― Qué tonta soy. Pero el chico no se hospedaría en la Residencia de Estudiantes por más que, con muy buena lógica, lo diga la palabra. No hay más que ver el palmarés de los que en ella residieron. Bien es verdad que muy posiblemente fuera el tipo de formación recibida allí lo que los colocara en vías de llegar, como llegaron, a ser célebres cada cual en su disciplina; que no fuera necesario llevar el apellido que a la larga les confiriese la notoriedad de que, tal vez, antes de su paso por la Residencia y la celebridad el apellido no gozaba, un apellido (puede) de no más poderío que cualquier otro apellido. Pero es cierto, y creo que incuestionable, que quienes podían permitirse el acceder a tal institución eran de familias al menos acomodadas, cuando no decididamente de clase alta. Así que por eso lo de la retranca, si es que algo dicho con tanta (aunque no del todo abierta del todo) retranca se puede decir en puridad que vaya con retranca. Bueno. El caso es que esta tarde estuve viendo ahí, en la Residencia de Estudiantes, la exposición Mujeres en la residencia de estudiantes. Ellas, las señoritas, pertenecientes todas a muy buenas familias ― extranjeras muchas (o eso se desprende del video que puede verse al final del recorrido), por cierto, que no inmigrantes como sucede ahora ― aunque han alcanzado menos fama (creo, o al menos para mí eran hasta hoy desconocidas) que los Miró, Buñuel, Dalí, Altolaguirre, Alberti, Lorca y otros, hicieron cosas que me han parecido francamente bonitas. Por ejemplo, este cuadro de Maruja Mallo. Claro que también las hubo, como Joaquina Zamora, Francis Bartolozzi, Victorina Durán, Menchu Gal, Juana Francisca Rubio, Delhy Tejero (escucho contar a la persona que explica en visita guiada a la que no me sumo que su verdadero nombre era Adela, que Delhy lo adoptó por algo que no he alcanzado a oír relacionado con la ciudad de la India), Ángeles Santos, Marisa Roësset Velasco, Adela Ginés y Ortiz ― y puede que alguna otra que no haya apuntado en las notas de mi móvil, que parece que las nombro con un cierto desparpajo aunque, ya digo, no me sonaban de nada ―, que destacaron en diferentes ramas de las artes; pero de eso no he podido enterarme, que los letreritos eran muy pequeños y, de tanto cambiarme de gafas, me mareaba y tuve que desistir. Pero que, vamos, me ha gustado y me han gustado. 11 de marzo de 2016 Soliloquios
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Incauta
09/23/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/S/saberadquirir.pdf Saber adquirir quisiera la riqueza que me diese poder adquirir caudales que en vereda me pusieran para aprender que en viviendo como rezan las perversas glorificadas consignas que acribillada me tienen y ni respirar me dejan no llegaré a parte alguna donde la pena merezca y sí solo a la que encuentre dónde llorar la torpeza de haberme vendido incauta por moneda que es de cambio mas no el cambio que debiera ser el que ha de ser tan sólo cambio que mude consciencias. Se oyó, pensar, a sí misma. Soliloquios
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Seamos objetivos
09/23/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/S/seamosobjetivos.pdf Seamos objetivos A ver si me marco una pequeña disertación; y a ver, también, qué tal me sale. Acerca de la subjetividad, quiero decir. Tengo la impresión (subjetiva, claro) de que la subjetividad está actualmente mal vista. El fácil escuchar, en conversaciones, “seamos objetivos” o, en un contrastar de pareceres u opiniones, “no estás siendo objetivo” Siempre he entendido por objetividad la virtud (o cualidad) consistente en, a la hora de encarar cualquier tipo de cosa, idea, objeto, o lo que sea, percibirlo en toda la limpieza – o “esencialidad”, que si percibo una fregona sucia y la percibo con toda su suciedad puesta la estaré percibiendo en toda su limpieza – que le es incuestionable e inherente. La subjetividad, sin embargo, es (y también desde mi punto de vista) algo denostado que en cierto modo nos afea y que sería conveniente que nos despojásemos de ella. No sé si depende de las corrientes, como en las modas, que imperan en cada momento. Recuerdo que hace años, quizá por la década de los ochenta, no acierto a centrarla bien, todo el mundo, cada persona, quería ser diferente del que tuviese al lado de modo que, tanto por sus aspectos como por su qué expresaban y trasmitían, todo aparecía (a mis ojos siempre, claro, pero no lo repetiré a cada paso) envuelto en un cierto encanto multicolor y multiforme. Años después, y en ello estamos – aunque me empieza a dar la sensación de que la cosa va perdiendo fuerza — algo cambió y a voluntad o de forma inconsciente todo el mundo empezó a tender a querer parecerse a todo el mundo; de manera que, en contradicción con esas “libertades” de que se llenaban tantas bocas, no ir a la moda uniforme y despersonalizada era una especie de estar “fuera de onda”, y qué decir de lo que fuera o fuese osar abrir el pico para soltar algo que no fuera o fuese lo consensuado No sé si es eso lo que lleva el nombre de “pensamiento único” Pero el mundo, si estoy leyendo bien el texto del autor , es un lugar plano y bastante anodino si lo privamos y nos privamos de las subjetividades respectivas y, también, del no menos denostado individualismo. No sé por qué se le adjudica una similitud con el egoísmo. ¿Pero por qué ha de ser (si es que en verdad lo es) así? ¿No es imprescindible que el individuo exista, y se reconozca individual, para configurar una sociedad? Lo que cada individuo aporta de sus peculiaridades al entorno irá, en la medida que sea, modificando ese entorno desde el que cada uno de los otros individuos lo ira modificando a él; que no dejaran ni el él ni los ellos de ser subjetivos por ello, desde luego, pero sí que en las respectivas subjetividades se habrá entreabierto una nueva puerta desde la que, atisbando desde la rendijilla, se seguirá explorándola y explorándose. Seamos objetivos Y ya seremos objetivos cuando estemos en posesión de la verdad absoluta. “Posesión”, he escrito. Alguna trampa de mi subconsciente (subjetivo), como si hubiera de ser conquistada como se conquista un territorio. Pero quizá sí; quizá todos queremos tenerla y exhibirla como un trofeo que “¡mira, ésta es la mía y es además la verdadera!”. Hala. Ya he disertado. 4 de agosto de 2015 Soliloquios
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Tiempo muerto
09/23/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/T/tiempomuerto.pdf Cuántas veces al abrir un armario se encuentra uno algo que hace años que no utiliza y que lo único que está haciendo es estorbar; pero se lo deja, seguir estorbando y continuar ahí exhibiendo desolado su inutilidad, nada más por no vencer la apatía y decidirse, de una vez, a desprenderse de ello o buscarle, al menos, una ubicación en la que deje de ser un incordio. Hoy, la tabla de planchar y un tendedero plegable. De buena gana los hubiera sacado, sencillamente — ah, y una silla, plegable también pero muy buena y muy parecida, por cierto, a otra igual de nueva y de buena que encontré un día en el cuartillo de las basuras y que como una urraca, esa sí, lo que hice fue agarrarla y meterla en el trastero sin saber para qué —; sacado sencillamente y dejado en la acera. Pero no, hay que ser civilizado y si uno va dejando en la acera todo lo que ni necesita ni quiere las aceras terminan pareciendo chatarrerías y las ciudades tomando un aspecto muy cutre, y más ahora que con la crisis el ayuntamiento suprimió (bueno, que ya hace meses) el “servicio de recogida de muebles y trastos viejos”. Pero es que, además, no siempre el trasto es en sí tan trasto ni está viejo o inservible; ocurre sólo que uno no le encuentra utilidad, pero es seguro que alguien en alguna parte se pondría tan contento si se encontrase con eso mismo que nosotros no queremos. Y, luego, que uno se los queda mirando y… La tabla de planchar, por ejemplo. La tabla de planchar con su soporte, de aluminio, sus tornillos, su mecanismo para extenderla, la funda que cubre lo que es propiamente el tablero (también de aluminio, como un enrejado) sobre el que luego se colocará la prenda que vas a planchar… Todo eso ha sido ideado y atornillado y armado y fabricado por personas que un día se estaban levantando de la cama a toque de despertador y renegando porque era su obligación, levantarse y lavarse y vestirse y desayunar para acudir a trabajar a una fábrica que hacía tablas de planchar. Y esa persona, mientras colocaba las piezas de aquello que terminaría siendo una tabla de planchar (o le daba al botón o al resorte que de forma mecánica ensamblaba las diferentes partes, que no lo sé, nunca he visitado una fábrica de tablas de planchar) no estaba, como es natural, todo el rato pensando en la tabla, pero sabía (aunque tampoco lo estuviera pensando adrede) que el madrugón y la pereza vencida a regañadientes, y los empujones soportados en el metro, y el estar renunciando a un tiempo que con gusto hubiese utilizado en cualquier otra actividad más de capricho, estaban teniendo como finalidad el proporcionarle un sueldo con el que comprar, a lo mejor (y entre otras cosas), un tendedero plegable tan práctico cuando hay necesariamente que lavar pero resulta que está siendo una temporada muy lluviosa, y esperar a que mañana a lo mejor escampe es nada más posponer el problema; así que sí, esa persona que fabrica tablas de planchar utilizará parte de la ganancia en adquirir un tendedero plegable, o una silla, plegable también y también tan práctica cuando, de repente, por motivo de una celebración o de lo que sea, resulta que faltan sitios en los que sentarse y, ah, la silla plegable, voy a por ella. Y así, de a pocos, las cosas se van de alguna manera impregnando de las gentes que por cualquier motivo tuvieron que ver algo con ellas; y luego, el siguiente, el que un día adquiere esa cosa y se la lleva a su casa y la saca del embalaje se encuentra frente a unos cartones (el embalaje) de los que hay que desprenderse, no va a ir uno dejando amontonados cartones de embalar por los rincones; cartones que a su vez fueron fabricados para exactamente contener aquello que venía dentro e ideados de tal forma que su estructura sirve nada más y justamente para dar cabida y albergue a… pues la tabla de planchar, por ejemplo. Y para construir ese embalaje que luego no va a servir más que para tirarlo alguien se levantó una mañana, maldiciendo y a toque de despertador, y se lavó y se vistió y desayunó y aguantó los empujones en el metro para acudir puntual a una fábrica de embalajes para tablas de planchar pensando (aunque no adrede ni conscientemente) que con parte de las ganancias obtenidas de su trabajo como montador de embalajes compraría zapatos para sus hijos, por poner por caso, que a la larga se romperían o se les quedarían pequeños y habría que terminar tirando además de, eso también, haber requerido para su más cómoda manipulación y almacenado las cajas correspondiente que, antes o después, terminarían también desechándose… Este tipo de cosas he pensado mientras bajaba al trasterillo del sótano la tabla de planchar y el tendedero y la silla plegables. Y no he querido pensar cosas más profundas porque habría podido llegar a reflexionar sobre cuestiones que, no sé por qué, me han dado no sabría si decir pereza o miedo. 8 de mayo de 2012 Soliloquios
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El nacimiento de un personaje
09/23/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/Guia/elnacimiento.pdf (continuará) Que así lo dijo, y así lo escribió, entre esos paréntesis que pueden verse así, a simple vista, en esa letra Calibrí 11 y que es esta misma en la que escribo yo y con esa voz tan suya, pero no mía, no quiero confundir a nadie, que era prueba inequívoca de que decía la verdad o, al menos, eso también puedo afirmarlo con absoluta certeza, prueba inequívoca de que en su ánimo estaba instalada la firme decisión de continuar. Por eso yo sé, sin la sombra de una duda, que estaba diciendo la verdad. Y, aunque no hubiera sido por eso, la verdad, que aunque yo jamás lo hubiera sabido, sólo podía decir la verdad por la razón, tan simple y tan sencilla, de que nunca supo mentir. No aprendió. Parecerá una tontería, pero es así, por más que se esforzó y por más presiones y reprimendas, e incluso castigos, que recibió, no hubo forma ni manera de que aprendiera a mentir. Yo se lo decía, sus mayores se lo decían, sus amigos se lo decían, todos los que le profesaban alguna suerte, clase, de cariño se lo decían. – Échale un poquito de valor. Propóntelo y verás. No puede ser tan difícil. Pero no veía. O no veía, que es a lo que voy y a lo que nadie más por lo visto iba, lo mismo ni de las mismas formas y colores, texturas incluso, que veíamos los demás. Y que el problema era, decía, ese y ningún otro y que si es que nadie sabíamos darnos cuenta. – Eso sí que debería — protestaba — no ser difícil. Y que más, añadía, cuando allí estábamos todos para aplicarnos a la tarea que, entre tantos y bien repartida, no íbamos a tocar seguro a mucho. (continuará) Visiones
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Admoniciones asténicas
09/22/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/A/admoniciones.pdf Admoniciones asténicas aderezan adorables adminículos adscritos con denuedo de adoquines a la adversidad que advierte por demencia o por desquicie de dosificar denuncias dolosas por admisibles pero discapacitadas para ser adelantadas a la dadivosa argucia pergeñada por desquite de diletantes adultos abducidos por el dócil desamor de los andamios a la ductilidad férrea de la devota aquiescencia de reversos de visiones desterradas de antitéticos dilapidados desvelos. 7 de noviembre de 2017 asténico, ca: 1. adj. Med. Perteneciente o relativo a la astenia. 2. adj. Med. Que padece astenia. U. t. c. s. adminículo: 1. m. Aquello que sirve de ayuda o auxilio para una cosa o intento. 2. m. Objeto que se lleva en prevención para servirse de él en caso de necesidad. U. m. en pl. doloso, sa: Engañoso, fraudulento. Diletante: 1. adj. Conocedor de las artes o aficionado a ellas. 2. adj. Que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional. 3. adj. Que cultiva una actividad de manera superficial o esporádica. (Definiciones de la RAE) Visiones
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Allí aquel día
09/22/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/A/alliaqueldia.pdf …desde la orilla no parecía tan grande, ni que sus contornos estuvieran tan bien definidos o tan artísticamente diseñados entre las franjas ajustadas de los albayaldes que, desdoblados en distintos preludios anunciando la entrada de una nueva columna de gris (tan similar al cierzo del sur) escoltaban a los que habiendo conseguido al fin — y balanceándose, tan sólo, en uno de los estribos de modo que habrían podido hacer pensar que se apoyaban sobre sus propias extremidades — reemplazar para fecha más memorable las pequeñas trampillas herrumbrosas por verdaderas trampas (sólidas e infinitamente más seguras) se reían, satisfechos ahora, de haber engatusado con sus pequeños apóstrofes tan similares a los alveolos de ciertas especies extinguidas hace tal vez milenios al encargado de fijar las vallas publicitarias y a los aficionados a tirar de objetos que no eran propiamente trineos pero ellos desplazaban sin más fin que el sencillamente colocarlos de forma que no quedasen paralelos frente a las construcciones estrelladas sino formando dibujos bastante caprichosos a la sombra de una de las ramas más pobladas del eucalipto pequeño, el que solía decirse que no era — más por costumbre, en realidad, que por conocimiento de su verdadera procedencia — un eucalipto sino un arce y, además y, para marcar más las diferencias por si no eran de antemano bastante evidentes no un arce de Manchuria o de Heldreich sino un arce de papel para, descorazonados al instante siguiente sin una solución de continuidad adecuada con que darles cauce prorrumpir en hipidos y moqueos no logrando explicarse unos a otros por qué no al fabricante de manijas para la siega ni a las invitadas — tan de punta en blanco ellas para ocasión tan de recibo — a abandonar aunque nada más fuese de manera provisional y con la promesa (entre paréntesis) de ser readmitidas y, entre comillas, “por última vez”, tan pronto se indultara a los morosos la zona comprendida entre los más torpes y los más contumaces de los tiradores de flechas sin punta como espacio de alto riesgo pero bajo, bajísimo rendimiento. 9 de junio de 2011 Visiones
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Mujer en el alfeizar
09/22/2023
Afrodita
https://valentina-lujan.es/m/mujerenelalfeizar.pdf Sé que no estoy durmiendo. He terminado justo de acostarme y escucho la radio. Siento un poco de frío y me cubro, sobre la colcha, con la mantita roja que tengo siempre a mano sobre el escabel que hace ya mucho tiempo me regaló Elena. Sigo despierta y escuchando, no sé si prestando atención pero sé que sí despierta y me imagino, sin quererlo ni saber por qué, envuelta en la mantita roja durmiendo, tranquilamente, en el alfeizar de la ventana a la altura de los quince metros que debe de tener, más o menos, el piso en el que vivo. Veo que la "yo" que duerme no tiene miedo. Yo, en cambio, la que piensa a la que duerme, siento pánico. Un pánico tan espantoso que me incorporo, en la cama. Subo el volumen de la radio y enciendo la luz. Pero aun contra mi voluntad la imagen sigue, ahí, en el alfeizar, tranquila, de costado, tan real como si fuese verdadera. Sé que no es cierta, que mis ojos de verdad no están viendo a esa mujer en el alfeizar. Pero la sensación que me produce la imagen que ha forjado, por su cuenta, mi cerebro, es tan verdadera, tan angustiosa como si la imagen fuera real. Mi razón quiere tranquilizarme "no te preocupes, sólo es una sensación, estás en tu cama". La emoción me contesta "no te preocupes, estoy muy tranquila, sólo soy la sensación de estar en el alfeizar". Y razón y emoción se comprenden perfectamente la una a la otra. Pero no se invalidan mutuamente, ni se neutralizan. Caminan en paralelo, tan amigas, como si la "identificación" de mí misma, la consciencia del yo en la que se alojan, estuviera dividida a su vez en dos consciencias diferentes pero también amigas. Y el pánico no cede. Y la razón no ceja. Hasta que, por fin, mis consciencias y yo nos quedamos dormidas... en mi cama, imagino. 20 de febrero de 2016
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Sánchez
09/14/2023
Afrodita
http://valentina-lujan.es/S/sanchez.pdf Ayer, cuando dormía en el sofá a la caída de la tarde, soñé contigo. No pude verte bien porque una mujer joven, a quien yo no conocía — tenía el pelo largo, de color castaño, y llevaba un vestido de flores pequeñas de falda con mucho vuelo — te llevaba en sus brazos mientras subía por una escalera que se enroscaba, como de caracol, alrededor de una torre circular que se iba estrechando, según ascendía, hasta terminar casi en punta. Eras más pequeño de lo que fuiste nunca y la mujer te llevaba acurrucado, contra su pecho. Tú ibas callado, o estabas dormido, y yo supe que cuando la mujer llegase arriba abriría los brazos y te dejaría caer desde lo alto. Miré entonces hacia abajo y estabas encima de mi cama, sentado y con la cabeza baja. Te dije Sánchez y, muy despacito, como si te estuviese costando un esfuerzo tremendo, levantaste hacia mí tus ojos tan tristes. Entonces me di cuenta de que la mujer no podía hacerte ningún daño. 5 de octubre de 2011
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