Seguía caminando sin descanso, sin que el desánimo hiciera mella en su alma, con destino pero sin camino escogido. Caminaba porque era de aquellas quienes se sienten en la obligación de construir presentes acogedores. Presentes sobre los que descansar antes de seguir su camino hacia los futuros que acogerían nuevas vidas.
Sintió la necesidad de gritar su destino, en voz alta, sin argumentarios, sin premisas impuestas, sin testimonios impostados. Sintió la necesidad de dar voz a su alma obligada al silencio durante más tiempo del que a veces pudo soportar. Por eso se propuso que cada año, el día de hoy y todos los días, alzaría la voz recordando a quienes emprendieron el viaje hacia la libertad, hacia la igualdad de hecho y no llegaron a su destino, recordando a quienes soñaron con crear un universo posible en el que las diferencias sólo fueran señas de identidad y no barreras.
Siempre fue consciente de la herencia recibida, de su obligación por mantener un discurso de igualdad, sin violencias bastardas, sin temores imposibilitantes, sin argumentos ilegítimos.
Era consciente de que debía seguir caminando sin límites, sin fronteras, en plenitud, en la búsqueda de compañeros de viaje.
Así lo hizo.
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