Releyendo estos poemas de Cuando creímos saberlo todo, me doy cuenta de la tragedia que sobrellevaba y a la que sobrevivía la movida madrileña, también la zaragozana, la de todo el país. Escrita desde el desgarro del romanticismo opaco, los duendes del desamor, el resplandor de las drogas y la tragedia de la muerte cercana inspiraba letras oscuras, rotas, de almas atormentadas. También muy sabias. En plena reconstrucción de las libertades, los movimientos culturales oscilaban como un péndulo desde el desenfreno de la liberación del yugo fascista, hasta la continencia, el dolor y la tortura narcótica de la angustia íntima, intimista y vulnerable de los conflictos de identidad. Creíamos saber mucho y al final, de una forma más amable, ha resultado en lo mismo. Una jauría de hombres grises, ejecutivos de bancos y multinacionales, dándonos de comer mentiras y esperas.
Eso fue lo más peligroso de entonces y sigue siéndolo hoy. Creímos saberlo todo, y eso fue lo que al final nos condujo al sentimentalismo velado, turbio y artificioso, al desamor y al desencanto, a las drogas cada vez con más diseño, más peligrosas y cercanas, tan próximas como lo está la muerte.
No hay nada más arriesgado que lo que creemos saber y entonces, creímos saberlo todo.
Madrid, a trece de noviembre de dos mil veinticuatro
All rights reserved