Estabamos preparados para casi todo excepto para lo que sucedió. Un reducido grupo de trabajadores que parecían astronautas, muy madrugadores, enfundados en trajes amarillo fluorescente y armados con mangueras y escobas, dobló la esquina y nos desalojaron de la plaza en apenas cinco bostezos. Perplejos, tuvimos que volver a la sucia realidad cotidiana. Detrás quedó una amalgama de esperanza, ideas, carteles, proclamas, gritos, ilusión, y toneladas de nada hecha añicos
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