Hubo un tiempo ya pretérito en el que, cuando veía tu cara, veía todo. Ese todo me llenaba, me daba la vida, me hacía feliz. Tu sonrisa, compuesta de unos labios pequeños pero extrañamente carnosos y atractivos y una dentadura recta, blanca y brillante, suponía un inequívoco síntoma de que todo iba bien entre nosotros. No importaba nada más, nuestras diferencias, nuestras chocantes ideas, nuestros estilos de vida. Todo iba bien, porque había amor. No obstante, llegó el día en el que, al preocupa
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