Miro pasar los hombres, ídolos de agua.
En sus acuáticos músculos te reflejas. Sus miradas de fuego: tus cenizas.
Palpo tu torso etéreo epidérmica imagen, rostro de arena derrumbado.
Ya no más confundirte con las olas, con el hiriente coral de mano salada, con la muralla en ruinas que de ti me aísla. Sazón en su punto consumido. Sangre vencida, piedra sonora.
Sabes dónde, entre licores y orquídeas, mi invierno arde.
Sé donde encontrar la eléctrica paz de tus ojos como gemas.
Pero me quedo
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