Sabía que eran sus presentes los que configuraban, lentamente, poco a poco, de manera casi imperceptible, su propia identidad. Una identidad a la que, a veces, abrazaba sin objeciones mientras que otras abjuraba de ella con la vehemencia y el dolor de quien se siente traicionado por si mismo.
Tenía la certeza de que era quien sentía que era, lo que imaginaba sobre si mismo, tal vez lo que siempre había deseado ser, lo que quería llegar a ser, lo que podría ser.
A veces, sintió lacerante e insoportablemente el deseo de cambiar quien era, quien había sido, tal vez lo que sentía o había sentido. Por eso, en cada instante, su único viaje era el que le permitía construir nuevos presentes en los que ser posible, en los que habitar libremente.
Siempre tuvo miedo a que esa necesidad de mostrar su identidad mutase en una maldición que le impidiese vivir en plenitud. Esa fue la razón por la que decidió ser quien era en cada momento. .
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