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Herminio
11/23/2022
Antonio Guerra Alvarez
Algunas veces, pocas, se detenía y miraba de reojo hacia atrás con la desconfianza de quien teme profundamente volver a convertirse, una vez más, en estatua de sal. Con el miedo de aquél que no desea enfrentarse a los campos de batalla atravesados y que ahora ofrecían la visión cruda de las víctimas que habían quedado en el camino. Estaba convencido de que su sola mirada le haría revivir el dolor de las heridas recibidas, la soledad de los destierros a los que había sido condenado o el frío soportado en los largos inviernos que vivió. A veces en pleno verano.
Hasta ahora no había tomado conciencia de que, tal vez, siempre había habitado el universo que ahora habitaba. Un mundo preñado de sueños que ahora, al ser aceptados, iban materializándose poco a poco, uno a uno. Un espacio que hoy iluminaban colores que, a pesar de haber existido siempre, adquirían al ser conjugados en modo presente su verdadero brillo. Un universo en el que se hacían sólidos en cada mirada, en cada gesto, en cada caricia, los vínculos que había intuido desde siempre.
Era ahora cuando al tomar conciencia de él mismo pensó que tal vez había vivido demasiado tiempo negándose una realidad objetiva. Una realidad que adquiría carácter de verdad absoluta cuando las sensaciones se transformaban en emociones al atravesar su alma.
Por un momento recordó aquellas discusiones filosóficas de otro tiempo: “¿Hacía ruido un árbol al caer si no había nadie alrededor que lo escuchase?”. Fue en ese momento cuando decidió ser testigo de su propia vida y escuchar siempre los latidos de su corazón.
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