En la hora incierta en la que los desvaríos del sueño se derriten, me encontré con aquel oriental que, desde el vano de la puerta de mi habitación, me ofrecía una bolsa de Doritos con expresión compungida en un alarde de «yo pasaba por aquí». Congelado entre el impulso de salir corriendo, aunque el intruso bloqueaba la única salida, y el de abalanzarme sobre él en legítima defensa, los jadeos de mi corazón me despertaron de nuevo. Todo estaba igual, excepción hecha del asiático fruto de mi imagi
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