Durante muchos años, más de los que me gustaría reconocer, relegué mi disfrute en el sexo a un quinto plano. Antepuse el disfrute de la otra persona, antepuse también mis inseguridades, mis miedos, y la arcaica regla de que todo acaba cuando él acaba. Me costó años atreverme a reclamar lo que era mío, el derecho al placer en el sexo. Pero de verdad, no esa sensación de ‘ ay, qué bien que quiere acostarse conmigo y parece que lo pasa bien‘, sino la de ‘ joder, qué bueno ha sido el sexo‘, sin impo
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