Cuando miras a Madrid desde fuera, hay un momento en el que se para el tiempo y el mundo. Desde lo alto del Cerro del Tío Pío —al que todo el mundo llama «parque de las tetas» por sus ondulados promontorios envueltos en hierba—, se abarca toda la villa, desde los rascacielos de Chamartín hasta el viejo y maltratado río, que ahora es nuevo y cuidado y reluciente y lleva pegado la palabra Madrid.
Recostado contra el oeste, el sol avanza lentamente, repta oblicuo al horizonte y al final, en un ray
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