Hubiera bastado el roce de una pluma sobre su pecho, para que su corazón astillado, frágil, reseco no de sangre, sino de lágrimas, se desmoronara infinitamente en el tiempo. No lo astilló la envidia, ni la codicia, lo astilló el tiempo, la indiferencia, el desamor. Lo astillaron los sueños, y las realidades; por tan maravillosos […]
All rights reserved