Generaba podredumbre allí donde tocaba, con sus yemas, infectas, convirtiendo toda caricia en martirio, en tortura, incluso para su piel, ponzoñosa, que gritaba con alaridos de ardor frente a sus dedos virulentos. No fue de extrañar, pues, que si toda flor arrancada de su tierra nativa terminaba marchita entre sus palmas nocivas, antes de convertirse en grisácea ceniza, todo buen sentimiento que quisiera rozar acabase escupiendo bilis infesta y purulencia tóxica, corrompido por esa carroña viva
Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives 3.0