Tan pronto como dejó de llover, bajé las ventanillas para inundarnos con olor a tierra fértil y a flores supervivientes; la esencia de la vida enganchándonos para continuar. Habíamos permanecido callados durante horas, con la música a todo volumen amplificando el lenguage de la naturaleza, como en un poema épico. “¡Ya estamos de vuelta! Hogar, dulce y… amargo hogar! Murmuró John.
Cuando éramos pequeños confiábamos en aquellas praderas, nos pasábamos las tardes corriendo por ellas en todas las
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