Mi nombre es Linda, Linda Guacharaca.
Sobreviví a un brutal atropello que me destrozó el tren trasero; a tres meses sin alimento abandonada a mi suerte; a una tentativa de envenenamiento por parte de un habitante de la calle; a diferentes cepas de parásitos intestinales desconocidos para la Ciencia hasta que llegué a las garras de mi primer veterinario; a dos infecciones transmitidas por garrapatas que hacen que mi sangre se asemeje al agua; a una plaga de pulgas de las que requieren de fumigador; y a un atentado de mi abuelita, que me dejó sola en la casa, con mi arroz cocinándose a fuego lento, durante ocho horas.
Como dice mi mamá, no soy una perra normal, soy una perra milagro.
Hoy, con la espalda en forma de «S», varios dedos rotos, y una pata suelta, no solo tengo el tumbao más sexy del parque, sino que viajé hasta Europa, y peregriné a Santiago de Compostela, en compañía de una nómada empedernida, cuyo conocimiento del universo canino se limitaba –hasta el momento en que nuestros caminos se cruzaron aquella noche en una gasolinera de los Llanos orientales–, en un par de informaciones que había leído en la sala de espera del dentista, en algún número atrasado de la revista perruna «Animaladas».
Con estas palabras espero haber despertado tu curiosidad…
¿Te atreves a conocer mi increíble historia?
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