¡Qué desconsiderado! El nunca hace lo que debe, solo lo que le apetece; por eso le ha dicho que la quiere. Le ha tomado las manos con la respiración contenida y, mientras descansaban en un banco del paseo, ese que está junto al rosal, la ha mirado a los ojos como si pudiera bucear en su azul y se lo ha dicho, tal cual.
Ella no va a poder olvidarlo y, a sabiendas o no, no ha hecho sino añadir inquietud a sus noches de insomnio. Pobre niña, la tortura por puro afán de jugar; ¡no puede ser amor un
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