La novela Saga de ciegos está escrita a tres voces narrativas, cada una de ellas señalada en el encabezamiento de cada capítulo, repartidas entre dos miembros de una misma familia: un padre, ya fallecido, y su hijo. Además, aparece una cuarta voz narrativa en el epílogo, identificable con el punto de vista de otro personaje: Vladimir Bezúkhov.
La primera de ellas narra los cuatro capítulos titulados “De ultratumba”. Es la historia de un marino vasco, Simón Ibaialde, que experimentó las vicisitudes de su vida en el marco de la Guerra Civil, la II Guerra Mundial y la postguerra, hasta su fallecimiento al principio de los años sesenta. Él las cuenta en primera persona y, además, proyecta, a través de sus comentarios, su visión de la realidad actual desde una perspectiva diferente de la que tenía antes de morir: la de alguien cuya alma sigue viva en otro plano de la realidad, es decir, desde “el otro mundo”, por así decirlo.
Esa primera persona se apoya en una segunda persona, la de su nieto, Harkaitz Ibaialde, un joven que acaba de morir en un accidente de tráfico y que, en el otro mundo, se ha encontrado con su abuelo antes que Patricio Ibaialde, hijo póstumo de Simón. El joven recién fallecido o, mejor dicho, su alma es a quien se dirige su abuelo, pues es el destinatario de la parte de la novela señalada como “De ultratumba”. Esa interlocución con su abuelo le permite, no solo conocer a Simón, sino también tener noticia fidedigna de su padre, de quien, en cierto sentido, él también fue huérfano pese a no haberle sobrevivido.
La segunda voz es la del padre de Harkaitz. Se trata del narrador en primera persona de los seis capítulos titulados “Hablar por no callar”. Así, Patricio Ibaialde da, en clave autobiográfica, un testimonio personal sobre los últimos años del franquismo en el País Vasco y los llamados “años de plomo”. La conexión con la figura de Simón es constante, pues se propone, ya en su edad adulta, conocer más sobre su padre y rendirle el tributo que merece. El hecho de su biografía que centra más su atención es el haber sido aquel prisionero en el campo de concentración de Marlag und Milag Nord y en el campo de trabajos forzados de Farge Valentine durante la guerra. Un episodio central, en este sentido, es la participación de Patricio en un homenaje a las víctimas del nazismo realizado en Alemania, coincidente en el tiempo con el asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA.
La tercera vuelve a corresponder a un narrador en primera persona que da cuenta otra vez de la vida del marino vasco. Sin embargo, se presenta como una novela dentro de la novela, en el afán de Patricio por escribir la historia de su padre. Desde el comienzo, el narrador de “Hablar por no callar” había declarado su intención de crear un relato de la vida de Simón Ibaialde más o menos basado en lo que sabe de él, bajo el artificio literario de relatarla desde el punto de vista del protagonista. De tal manera, los seis capítulos titulados “Fabular para vivir”, han de ser leídos con la distancia y el juicio crítico al que invita un texto del que se predica que es el invento de un escritor. Aunque se despliegue dentro del mismo marco histórico asumido por los otros dos narradores y, naturalmente, coincida con estos en algunos sucesos, es notorio que proyectan diferentes visiones de la realidad y responden a distintos posicionamientos ideológicos.
El nexo que conecta el periplo vital de Simón con el de Patricio es Vladimir Bezúkhov, un compañero de fatigas de Simón en sus singladuras, las profesionales de marinos mercantes y las que atañen a la vida personal. Vladimir aparece como personaje en los tres hilos narrativos de esta obra y, después de muerto, como narrador encubierto del capítulo final, titulado “Éxodo”. Es el portador de un mensaje sanador, más que para Simón y su hijo, para la sociedad a la que pertenecen. La convulsa historia del País Vasco a lo largo de la mayor parte del siglo XX, más que un telón de fondo, es el asunto más relevante del que se trata en esta obra. Estamos ante una novela centrada en un personaje colectivo, que es el pueblo vasco, del que los dos personajes principales son testigos. La saga, que aparece en el título, hace referencia a la familia Ibaialde, desde luego, pero también a varias generaciones de vascos que se negaron a ver su futuro en los términos expresados por Vladimir Bezúkhov: la unidad de la humanidad sobre las bases espirituales que definen la condición humana, desembarazada del lastre del nacionalismo.
All rights reserved