Queman su piel los primeros rayos de sol. Abriendo sus ojos, poco a poco, abandona el velo de oscuridad que los cubre, acostumbrándose a la luz. Su cuerpo se despoja de la soledad que lo acompaña durante la noche, sin rozar su desnudez, que duerme dándole la espalda. Abandona su gélida habitación. Necesita descongelar los sentimientos, que le ahogan atravesados en su garganta, pugnando por salir. Todo ha terminado.
El amanecer devuelve la tibieza a su cuerpo. Se refugia en el bálsamo de su
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