Se observa, desde hace ya un tiempo, entre las transformaciones que ha sufrido buena parte de la sociedad educada (es decir, una parte significativa del subconjunto de la población que de un modo u otro pasó por niveles formales de instrucción) un progresivo declive en algunos aspectos socioculturales que, en otro tiempo, fueron distintivos de ese segmento poblacional y fueron, también, valorados positivamente. Voy a nombrar sólo algunos: el deseo de superación, el cuidado de ciertas formas, el afán por incrementar el capital cultural, el interés por mantener la armonía en la convivencia. En efecto, se advierte este declive en las prácticas sociales tanto de jóvenes como de adultos: en las formas de expresión, en la falta de interés por doblegar los obstáculos, en las maneras de plantear y resolver los conflictos, en la búsqueda de los caminos más fáciles para alcanzar metas que requieren algo más que el ejercicio de la astucia, en el trato interpersonal y en los estilos de presentación ante los otros. En suma, tomados todos estos aspectos en conjunto, podríamos agruparlos dentro de la categoría “prácticas culturales”.
Este artículo se propone abordar el problema de la relación entre el progresivo borramiento de los límites que acotan las formas de prácticas culturales en los procesos de interacción y el deterioro en los sistemas de socialización de la sociedad contemporánea.
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